Etiquetas

, , , ,

Está uno embobado aún por la reciente relectura del Persiles, y más aún por el atrevimiento de haber escrito en la pasada entrega que el Persiles es algo así como un cuento para adolescentes comparable al mago Potter o a los héroes de El Señor de los anillos, cuando se tropieza con varias y diversas circunstancias que le obligan a volver sobre el asunto, aún a riesgo de aburrir a la inmensa grey que se concita para diagnosticar que el Persiles es, como se decía castizamente antes, un pestiño. Es decir, que hoy no hay quien lo lea.

Así que, para empezar a entrar en materia, cito al maestro Francisco Rico en un librito recopilatorio de artículos que ha ido dando a la estampa mientras era el caso de los cuatricentenarios. El susodicho libro se titula Anales cervantinos. Notas al margen de un centenario (Barcelona, 2017), y en su último artículo dice, entre otras cosas, refiriéndose al Persiles, ni más ni menos que esto:

Y, en efecto, en los primeros tiempos el Persiles rivalizó con el Quijote y aún lo superó en estima y fama.

Hoy por el contrario, lleva una vida renqueante. Injustamente, porque es un legibilísimo libro de aventuras, con una fantasía perfectamente actual, capaz de satisfacer igual a los lectores de J.K. Rowling y C.S. Lewis que a los sesudos varones que aprecien cómo Cervantes “se atreve a competir con Heliodoro” (Quijote, II, Dedicatoria), vale decir, con el máximo ejemplo novelesco (¡y en griego!) de la Antigüedad clásica.

Dice el maestro que es un legibilísimo libro tanto para sesudos varones como para los lectores de best-sellers de aventura, es decir, lo que en mi artículo anterior llamaba yo adolescentes. Me alegro coincidir con el maestro Rico porque parece evidente para cualquier lector ingenuo, naïf o simplemente desprejuiciado, que en el Persiles hay potencial suficiente para montar una larga serie de aventuras audiovisuales -potente cine de acción- si se extrae un guión a la altura del autor y se cuenta con una capacidad de producción hollywoodiense. Ya dije en algún momento que Cervantes había sido un claro precursor de muchas cosas, entre ellas de las grandes producciones de Hollywood. Y que conste que no lo digo en broma.

Lo que sí sería una broma sería tomarse el Persiles a chirigota. O pensar, como dijo nuestro gran don Marcelino Menéndez y Pelayo, que es una obra producto de su desvarío senil. Flaco favor hizo el maestro al genio, pues contribuyó con su prestigio de mago de la crítica a hundir más en el olvido y la incomprensión la obra que el propio autor consideraba como el culmen de su capacidad de creación. Un muro de desconocimientos, una falla colmada de olvidos se ha abierto entre la obra y la atención que le ha dedicado la posteridad, errando sistemáticamente en su interpretación. Lo menciona Rico en la cita anterior: el Persiles llegó a gozar de más fama (seis ediciones en el S. XVII) que el propio Quijote. Pero ya el primer biógrafo de Cervantes en 1737, Mayáns y Ciscar, se atreve a decir que la obra no está a la altura del genio del autor del Quijote. Y de ahí en adelante, todo, o casi todo, incomprensiones.

Quizá, ayudados por otros maestros, podamos meternos otro día en el piélago de causas del olvido y reinterpretaciones constantes de la obra. Hoy, como todos los días, me gustaría animar al ingenuo lector (es posible que si un lector no se presenta constantemente como ingenuo es porque ya sea más bien un crítico de la literatura que un auténtico disfrutador de ella), a que, paso a paso, como quisimos con el Quijote, se aproxime a esta obra llena de maravillas sorprendentes y disfrute, o rechace, los párrafos, las páginas, las aventuras en función de su propio gusto, de su comprensión del texto, de la empatía que genere con los personajes, principales o secundarios, o simplemente se deje llevar por la prosa poética de este gran poeta que no supo serlo.

Lo primero es la lengua. Amable lector, si ya eres lector por afición, como te imagino, no puedes quedar indiferente ante el soberano manejo que nuestro don Miguel hace de la lengua para poner nombres a las cosas, dar voz a los personajes o encabalgar las historias secundarias con la principal.

Dejemos aparte, por razones evidentes, la brevísima y genial dedicatoria a don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos. El libro empieza así: Voces daba el bárbaro Corsicurbo a la estrecha boca de una mazmorra, antes sepultura que prisión de muchos cuerpos vivos que en ella estaban sepultados. (P. I,1).

Creo que los estructuralistas rusos, o el mismísimo reverendo padre Saussure, no debieron reparar en este arranque de narración de una suculenta novela de más de 500 páginas, pero desde el alambicado nombre del bárbaro que da voces, y desde dónde las da, hasta que la narración comience por ese sustantivo plural femenino, pasando por la más que sutil diferencia entre mazmorra y sepultura, es posible que hubiesen podido darnos un máster doctrinal sobre cómo hacer que de una novela no pases de la primera frase, como, por cierto, a muchos les sucede con el Quijote.

Posiblemente, es la única explicación plausible que se me ocurre, a don Marcelino M. Pelayo se le encasquilló, laringe, tráquea, conductos auditivos o vaya usted a saber dónde, esta primera frase, y a partir de ahí la peregrinación de esos falsos peregrinos sobre los que Cervantes cuenta sus historias, fue creciendo, como una brucelosis intelectual que le incapacitó para atinar con un juicio equilibrado sobre una obra que a don Marcelino se le iba de las manos vía dogma, porque cada vez que los protagonistas invocan los sacrosantos deberes y mandamientos de la Santa Madre Iglesia, y son muchas veces, parece que se trate más bien de un conjuro anti meigas que de una convicción religiosa.

Don Marcelino se debió quedar perplejo, brucelótico perdido, ante el hecho, inexplicable, de que los peregrinos que cumplen su destino de llegar a Roma, no se den, ni siquiera un paseo por los altares del Cristo romano ni se avengan a rendir un mínimo grado de pleitesía a Su Santidad.

Pero estábamos con la lengua. Dice así Cervantes de los mares del Norte: Están todos aquellos mares casi cubiertos de islas, todas o las más despobladas, y las que tienen gente, es rústica y medio bárbara, de poca urbanidad y de corazones duros e insolentes; y con todo esto, deseaban topar alguna que los acogiese, porque imaginaban que no podían ser tan crueles sus moradores que no lo fuesen más las montañas de nieve y los duros y ásperos riscos de las que atrás dejaban.(P. I,11).

Como verá el ingenuo y amable lector no se puede decir más con menos: sobre el paisaje, sobre las gentes que lo habitan, sobre los héroes sobrecogidos por el temor a lo desconocido…

Todo el Persiles es así. Iremos entresacando datos, despacio, y trataremos de ver por qué Persiles no va contra Persiles, sino que se trata más bien de una monstruosa incomprensión acrecentada por la autoridad de las voces que han contribuido a engrandecer la incomprensión en vez de la obra.

Pero eso sí, evite el lector darse un atracón. Es una obra para leer por capítulos o, como mucho, por núcleos temáticos. No es buena la prisa, sino el deleite. La aventura acaba bien y los buenos ganan, como no podía ser de otra manera. Pero no es eso lo que importa, sino saber cómo y qué ganan.

Y nos despedimos hoy con otra perla: …comenzaron a enviar muertes en las flechas de unas partes a otras.(P. I,4).

Arturo Lorenzo

Madrid, febrero de 2018

Anuncios