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Como era de temer se nos ha pasado el año del Persiles sin pena ni gloria. Mejor dicho, con mucha pena y poca o ninguna gloria. Era de esperar que, después de dos años de celebraciones en torno a Cervantes con motivo del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote (2015) y de su muerte (2016), el cuarto centenario de la publicación de su libro póstumo, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicado en 1617 por su viuda, Doña Catalina de Salazar, concitase poco entusiasmo, incluso entre las autoridades administrativas, tan proclives ellas a las efemérides. Pero de ahí a que no hayamos tenido la menor noticia hay un trecho tan enorme que no se justifica nada más que por razones del valor que la crítica, el mundo académico y la sociedad en general, atribuyen a la obra póstuma del genio. Un valor, o ausencia de él, que radica en gran parte en el desconocimiento de la obra y en otra gran medida, qué duda cabe, en el deslumbramiento que provoca, más que la obra en sí misma, la fama del Quijote. A ello cabría añadir, en otro comentario, que incluso el Quijote tiene mucha fama y poca lectura. Pero, como dicen los castizos, esto es harina de otro costal.

Pena, sí, de Persiles, porque es una obra maravillosa. Cervantes dijo de ella, y no la pudo ver publicada, que era su obra cumbre. La historia, con buen criterio, le ha quitado la razón. Y esa otra historia de risa y chirigotas que es el Quijote, escrita casi para contarla de viva voz en las ventas de la España profunda, le ha pasado muy por encima, al Persiles y a toda su obra, hasta convertirse en un referente universal. Incluso sin haberlo leído tanto como merece, la fuerza de los personajes y de sus notables aventuras, hechas tanto para escarnio de los protagonistas como para ejemplo moral, ha pasado al acervo cultural de la Humanidad con la misma talla que los dramáticos héroes griegos o los atormentados príncipes de Shakespeare.

El Persiles ha pasado a la historia más por ser la última obra del genio que por lo que en ella se cuenta o por cómo se cuenta. Pena, sí, porque el Persiles es una historia de historias. Evidentemente Cervantes quiso recrear y recuperar el modelo antiguo de relato oriental/bizantino inacabable. El esquema de estos relatos era bien simple: héroes conocidos y estables, pasión amorosa, repartida a la par entre amores lícitos y otros no tanto, es decir, unas buenas dosis de erotismo, y guerra o aventura constante. O mejor dicho, las dos cosas. El héroe no puede dejar de demostrar que él es el mejor en la guerra. Su fortaleza física o sus habilidades para el combate, no son sino el reflejo de una condición moral superior. Por otra parte, la aventura. El narrador, y mucho más un narrador aventajado como Cervantes, sabe que no puede inflar al lector con una colección infinita de batallas. Todo agota, y lo que se busca es una rica variación  de sujetos y casos que no den respiro a la narración, escrita o hablada, y que mantenga la atención sin desmayo.

La aventura frente a la guerra o el combate tiene muchas ventajas. La primera es el resultado. El lector sabe de antemano que los combates los ganará el héroe por mucho que sufra para ello. En todo caso sólo el sufrimiento justifica la prolongación innecesaria del combate. En cambio la aventura se define porque no se sabe por dónde ni hasta dónde nos va a llevar la habilidad del narrador. Y en realidad en eso radica su grandeza. Cuanto más sorprenda al lector más aprecio por la obra provocará en éste. Y eso es lo que sucede en Persiles: la historia son mil historias y a cada paso, en cada página, aparecen nuevos protagonistas, nuevos contextos, nuevas modulaciones del continuo discurrir de la vida.

Y luego queda el cómo, que no es lo de menos. Cervantes sigue siendo Cervantes en esta historia “para adolescentes”, permítaseme que, de momento la califique, así.”…mientras se amenaza, descansa el amenazador”. Dice así D. Miguel al inicio del capítulo XVII del tercer libro. Y a cada instante, a cada párrafo, a cada línea uno va subrayando cosas (…somos lo que subrayamos…), porque Don Miguel no descansa y cada frase es una adivinación que conviene saborear con inteligencia y tiempo.

Me he permitido el lujo – o despropósito- de calificar, líneas más arriba, el Persiles como una historia para adolescentes. Pero contrariamente a lo que una interpretación acelerada pudiera dar a esta frase, no encierra ningún sentido peyorativo. Todo lo contrario. ¿No calificaríamos así a “El señor de los anillos”? ¿O a la saga de Harry Poter? O más recientemente, ¿a “Juego de tronos”? Por mucha violencia y eros que encierren no dejan de ser historias interminables para adolescentes. Y todo adulto que se precia de llevar una vida honrada, honrosa y a la altura de las circunstancias, saca inmediatamente a relucir el adolescente que lleva dentro, especialmente cuando de aventuras maravillosas se trata. ¿Y no es el Persiles una colección maravillosa de aventuras?

Otra vez aquí, igual que en el Quijote, Cervantes vuelve tras sus obsesiones: la belleza -ante todo-, la verdad, la nobleza de corazón, el valor del héroe, la fortaleza de la mujer, la firme defensa de la honra, de los desvalidos, de los culpables, la aventura por la aventura, el riesgo y el desprecio a la propia vida con tal de socorrer a los necesitados… Son todo empeños juveniles, posiblemente los que fundaron la apuesta literaria de Cervantes, incluso cuando él ignoraba aún que sería, tras tanto caminar errante, un gran literato. Cervantes creció, o debió de crecer, con la novela bizantina y los libros de caballería en el cuerpo, en la sangre, en el alma. Y su afán mayor, al final de su vida, parece querer resumirse en resucitar aquello que le deslumbró e hizo feliz en la remota infancia: un libro de aventuras. Cierto que el Persiles encierra una bellísima y compleja simbología que lo conecta con la filosofía y la espiritualidad de la época que para el lector no avisado de hoy puede pasar desapercibida. Pero quizá ahí está su grandeza: sin conectar con el tiempo de Cervantes, Cervantes conecta con el tiempo del lector. Se lo lleva a su terreno y le ofrece lo que el lector, consciente o no, está pidiendo: una grande, enorme emoción.

Sirva un ejemplo entresacado de los centenares de historias que desfilan por las páginas de este desconocido Persiles. En la dulce Francia, ya cerca de la bendita Italia, se nos aparece una historia de la húmeda y siempre verde Escocia: La bella Ruperta se casa con el conde Lamberto de Escocia. Claudino Rubicón, “soberbio y algo enamorado“, no concibe semejante afrenta, la de no haber sido él el elegido, y, sin mediar palabra, cuando, por azar, se encuentra a la bella Ruperta paseando con su marido el conde, Claudino le atraviesa el pecho con su espada.

Ruperta, la viuda enamorada, jura vengarse. Como Claudino muere pronto, sólo podrá ejercer su venganza contra el hijo, Croriano.

Apoyada por escuderos tornadizos, una noche, se esconde en la habitación de Croriano dispuesta a clavarle un puñal en el pecho. Espera a que duerma. Se aproxima, descorre la sábana y la belleza de Croriano la deslumbra de tal forma que la vela derrama cera sobre el pecho que debía ser herido. Croriano despierta, llama a la guardia, se aclaran las torpezas de unos y otros y se proclama el amor inmediato entre la vengadora y el hijo del asesino del marido. ¡Qué lío tan maravilloso!

Y toda la novela es así. Persiles, si lo hubiese escrito un vecino de Shakespeare, por ejemplo, sería hoy una saga conocida en todo el mundo, sobre la que habrían llovido decenas de versiones cinematográficas, televisivas o teatrales.

Pena de Persiles, amigo.

Arturo Lorenzo

Madrid, enero de 2018

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