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Nunca ha quedado claro si para la fecundidad y grandeza del genio escritor es mejor una vida de tranquilidad, estudio y reflexión o, por el contrario, que una tumultuosa sucesión de hechos extraordinarios venga a fructificar en una obra escrita que deslumbre a la humanidad y la lleve a los altares de eso que se ha dado en llamar clásicos. Es de suponer que hay ejemplos para todos los gustos, pero Rimbaud había descendido al Infierno mucho antes de pisarlo en África. Y no se sabe qué grado de inspiración, en Lepanto, le pudo llevar a Cervantes a esa arcadia manchega sobre cuyo desolado solar el Caballero de la Triste Figura cuenta y vive lo mejor y lo peor de la condición humana.

Con harta frecuencia el lector no se ocupa de la vida de los autores. Todo el mundo ha leído Rojo y negro o Cien años de soledad, pero pocos, salvo críticos y profesionales, se aventuran a desentrañar la vida de los autores. Bastante es ya con desentrañar la vida de los protagonistas de la narración y del efecto que sus andanzas o meditaciones causan en la vida de los lectores.

Se podría decir que tenemos la fortuna de carecer de una auténtica biografía de Cervantes para así no preocuparnos por el autor y zambullirnos directamente en la obra. A pesar de que los investigadores rastrean al milímetro los archivos y poco a poco van descubriendo y publicando detalles de su vida, es cierto que la mayoría de estos detalles hacen referencia a su vida material: trabajos, pleitos, encargos reales, rendición de cuentas, etc. Lo jugoso de su vida, el quién es, o fue, Cervantes, sigue apuntado en su propia obra, y no sólo en varios de sus famosos prólogos, como tantas veces se cita, sino en sus propios textos de creación, especialmente en el Quijote. Alguna vez se dijo que el Quijote era la autobiografía anhelada por Cervantes. Si eso es imposible, lo cierto es que el valor moral de D. Quijote, la grandeza de su alma y la defensa de unos ideales puestos al servicio de la colectividad, no parecen en nada ajenos a lo que Cervantes cuenta de sí mismo. La verdad es que leyendo sus obras, Cervantes nos da idea de ser un Caballero bueno. Bueno en el sentido machadiano del término. Bondad que en época cervantina se medía en términos de discreción y comedimiento.

Cervantes representa un caso particular de escritor y plantea a estudiosos o simples aficionados una paradoja casi irresoluble que definió muy bien Marguerite Yourcenar: Cervantes vive durante la mayor parte de su vida con la angustia del escritor que no escribe.

Cervantes nace escritor, de eso no hay duda. Nace tocado por la divina providencia del dios de las letras, que desde su Olimpo inaccesible deja que discurra la vida del poeta sin alcanzar el más mísero reconocimiento de la generación literaria a la que pertenece. ¡Suprema afrenta para la época! El reconocimiento popular tras la publicación de la primera parte del Quijote, si hubiese venido acompañado de un reconocimiento económico, habría aliviado algo los agrios años finales de D. Miguel, al menos desde el punto de vista material.

Nace escritor porque con apenas 20 años, su maestro en Madrid, Juan López de Hoyos, presenta los versos que Cervantes dedica a Isabel de Valois en sus exequias. Nadie se hubiese arriesgado por un desconocido, con ligerísima formación, en la Corte madrileña donde las palabras eran dardos, si el maestro no hubiese advertido en él una madura vena artística a pesar de su juventud. Y decimos ligerísima formación, porque de su infancia y adolescencia sólo tenemos suposiciones. No hay datos fidedignos que nos permitan apostar por un tipo concreto de formación, ni básica ni universitaria, así que si con 20 años tiene el apoyo literario de su maestro, sólo podemos deducir que, en efecto, Cervantes nació elegido por los dioses para dejar escrita una obra descomunal.

Pero, primer desorden conocido, primer tumulto en la vida de un aspirante a escritor de Corte: un duelo, una herida y el destierro. Tiene apenas 22 años. Tardará casi 11 en regresar a España, cuando es ya un adulto con demasiados tumultos en el cuerpo: la Corte de Roma, los Tercios en Nápoles, Lepanto, las campañas de Navarino, Túnez o La Goleta, la vida y las letras italianas, de las que tanto aprendió y de las que tanto se apartó, y, por fin,… el cautiverio de Argel. Regresará a España a finales de 1580. Prácticamente 10 años sin escribir nada, o casi nada. Desde luego no estamos ante un escritor precoz. La vida se ha interpuesto sacrificando la pluma a la espada y a la derrota del cautiverio. O así parece.

A partir de 1581, acuciado por los problemas económicos busca triunfar en la corte, no tanto como poeta, sino como funcionario de la Monarquía. Sí, tiene algunos momentos literarios, especialmente con sus primeras obras de teatro y la publicación en 1585 de La Galatea. Pero, él mismo nos lo confesará casi al final de su vida, ante las dificultades de hacerse un hueco en el mundo de las letras madrileñas, se convierte en un hombre de negocios. Negocios de variada fortuna que le llevarán a disponer de un peculio, cuya liquidación algunos atribuyen a su afición al juego, hasta momentos de encarnizada pobreza que dan con sus huesos en varias cárceles, especialmente famosa la de Sevilla, donde él mismo levanta la sospecha de que en ella inició su Quijote. Para un escritor que había pretendido las prebendas cortesanas del reconocimiento y servicio público, no puede uno imaginarse nada más lejos del glamour al que accedía la clase literaria consagrada. Consciente o inconscientemente, Cervantes se sitúa en la más baja esfera de la sociedad, quizá en parte debido a su innata modestia, quizá en parte imaginando que el primer triunfo de su obra estaría básicamente vinculado a las clases populares.

Por decisión propia, y llevado por las circunstancias, Cervantes se aparta de la vida literaria pública durante más de 20 años, hasta que se instala en Valladolid, siguiendo a la Corte, en 1604 y dando los últimos toques, imaginamos, a esa primera parte de D. Quijote que aparecerá publicada en enero de 1605. Esa voluminosa primera parte del Quijote, ¿dónde la concibió? ¿Dónde la escribió? ¿A lomos de su mula? ¿En los carros de los arrieros que atravesaban el país? ¿En las fondas de los tahúres, borrachos y chicas del partido? ¿O lo llevaba todo en la cabeza (difícil imaginar ningún tipo de archivo o cuaderno de notas) y de una sentada en Valladolid lo dejó listo en unos cuantos meses?

Conviene tener en cuenta dos hechos determinantes para comprender cómo la vida ofició a favor o en contra de la obra cervantina. En primer lugar conviene señalar que durante esos 20 años, todavía envueltos en muchos misterios, Cervantes trabajaba. Era un contratado público con oficios verdaderamente ingratos que le causaron innumerables quebraderos de cabeza. O sea, si fue escribiendo o apuntando cosas para el Quijote y tantas otras cosas como publicaría después, lo hizo en su tiempo libre. ¿Cómo se lo distribuiría?

Segundo y fundamental, esos 20 años los pasa básicamente en tierras de La Mancha y Andalucía. Y aquí, no cabe duda, la vida le fue muy propicia. Su contacto con el pueblo le permite un conocimiento profundo del hombre y la sociedad de su tiempo, que en su pluma se convierte en un conocimiento antifolklórico y profundamente filosófico, envuelto siempre en un humor y una ironía que dan al libro ese toque de modernidad e inteligencia inagotables.

Tampoco se puede descartar el hecho de que a pesar de su incesante nomadeo, Cervantes no estuviese en contacto con la “intelligensia” local, que en aquel tiempo no era poca. Sus obras destilan un conocimiento de la cultura clásica más que notable para un hombre que no pasó por la Universidad. Pero domina igualmente la cultura de su tiempo, y no solamente la literaria, como demuestra en el “Parnaso”, o el ya citado dominio de la cultura italiana que vivió en primera persona. Durante esos años de exilio interior, Cervantes no deja de frecuentar a los más diversos autores y de tomar conocimiento de lo que se hace en medios literarios, filosóficos y científicos. De ahí que no le tiemble el pulso, especialmente en el Quijote, al opinar sobre los divino y lo humano, sobre las armas y las letras o sobre la conmoción nacional que se alumbra en el horizonte y por tanto sobre las causas del mal gobierno y sus remedios. Siempre, eso sí, con ese comedimiento, con esa ironía inimitable que lo mantiene al margen de cualquier sectarismo.

También es cierto que en ese feroz y desigual combate que mantiene con la vida, Cervantes, a pesar de su exilio voluntario, no pierde contacto con la Corte, con los literatos, con los letrados, con todo el mundillo que gira en torno a la monarquía, de tal manera que en 1590 se atreve de nuevo a solicitar un puesto en la administración americana, puesto que le es convenientemente denegado. Es decir, en su vida, nunca pierde el contacto total con el centro del poder hispánico. Otra cosa es que apenas saque de él más que rechazos y sinsabores. Está claro que su pretensión siempre fue, desde su vuelta de Argel, la de ganar como funcionario y vivir como poeta.

Cabe plantearse una pregunta irresoluble: ¿qué habría sido de un Cervantes americano? La mayoría de los críticos apunta a la idea de que nos hubiésemos quedado sin el Quijote. Por el mismo razonamiento cabe pensar también que podríamos haber tenido la gran epopeya americana de la mano de un Caballero genial.

Se despide de Sevilla en 1600 y lo volvemos a encontrar en Valladolid en 1604, a punto de publicar la primera parte del Quijote que el público conocía ya por los manuscritos. Se publica a principios de 1605 y el éxito es fulgurante e inmediato. Y a partir de aquí, en apenas 10 años Cervantes publica hasta más allá de su muerte. Así aparecerán las “Novelas ejemplares”, “El viaje al Parnaso”, la segunda parte del Quijote, y, como obra póstuma, en 1617, el “Persiles”.

El escritor que no escribe esperó a que la vida le quitase todo y ponerlo en las puertas de la más extrema indigencia y vejez para que al fin tejiese sobre el papel, para regocijo de los lectores, eso que hemos dado en llamar obra maestra.

La vida pudo con el hombre, porque es ley de la propia vida. Pero la vida no pudo con el artista que hizo realidad aquello que mucho más tarde diría un admirador suyo: Escribo para vengarme de la realidad.

Arturo Lorenzo

Milán, augusto de 2017.

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