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Llevo semanas tratando de averiguar/recordar qué pasó, o mejor, qué me paso en ese verano de mediados/finales de los setenta en que mientras el país ardía, no sólo por el apretado calor que sobre él se dibujaba, sino por la tensión que producía la lenta liquidación del Régimen y la tímida aparición de una democracia titubeante, yo andaba, como pato embalsamado en su propia salsa, tratando de resolver el universal dilema de si tenía sentido para mí adoptar una amada como Dulcinea. Creo que los hechos sucedieron aproximadamente como a continuación relato.

PASTORA, ALREDEDORES DE MADRID. L’Espagne, de Baron Charles d’Avillier. Ilustración de Gustave Doré.

Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra. (DQ, II, 54)

No recuerdo ningún pasaje, por muy apaleado y maltrecho que se encuentre, en que Don Quijote solicite la muerte a manos de su contrincante, como si fuera un vulgar romántico, excepto el arriba mencionado. Y en este caso no sólo es lo lógico, sino que es lo coherente, lo que corresponde a la moral y la ética caballeresca. En la deontología del caballero andante sólo se concibe, en nombre de la dama, el éxito rotundo o el infortunio de la muerte por no haber estado a la altura de las circunstancias. Que quede claro: Don Quijote no habla de morir de amor no correspondido, sino de morir por no haber estado a la altura del héroe que a sí mismo se consideraba.

El oponente, el caballero de la Blanca Luna, no es sino su vecino Sansón Carrasco que, por supuesto, no se da a conocer. Aparte de resarcirse de su primera derrota en el encuentro de ambos, el buen vecino sólo tiene un propósito que los amigos/vecinos comparten: devolver a Don Quijote a su pueblo para tratar de sanar su desvarío caballeresco.

¡Por fin llega el niño! Anda, garrulo, vete a hablar con Violeta. A voz en grito, para conocimiento de galeotes, enfermos y condenados, doña Angustias vociferaba mis culpas. Cierto que me había dejado llevar por mis devaneos quijotescos y volví a la galera a punto de servir la cena.

Me volví y estaba allí, con sus ojos de acero clavados en los míos de alambre. Su madre ya está bien. La infección nos ha retrasado un poco pero mañana podrán irse a casa. ¿Está usted seguro de poder atenderla solo? Si no, yo tengo empleadas que…

La boca de Violeta, que era lo único que yo era capaz der ver delante de mí, me devoraba en cada fonema. Y de pronto, como si nada más salir de una galera me destinaran a otra por falta de rescate, me vi en casa, a solas con doña Angustias, preparando caldos más o menos valientes. ¿No es un poco pronto para volver a casa?, me atreví. Hable con la doctora Mur.

No se puede, en el siglo de un segundo, tratar de comprender la filosofía amorosa del caballero andante y el cenizo porvenir inmediato que a uno le espera. Solo, en casa, ¿con mi madre convaleciente y quejumbrosa? ¡Viva el butacón penitenciario del hospital! Pero, “alea jacta est”.

Doctora Mur: Su madre se ha recuperado muy bien de la intervención y de la posterior infección. Si observan estrictamente las normas de alimentación en cuatro o seis meses, más o menos, estará totalmente fuera de peligro.

Cuando regresé, para mi consuelo, doña Angustias dormía plácidamente.

¿Qué buscaba yo en tan procelosa materia como la del amor con maestro tan disparatado como Don Quijote? Está claro que buscaba un modelo que nunca llegó porque no podía darse. Su función, la del modelo Dulcinea, era ésa: ser un modelo. Digamos que su función, la del modelo Dulcinea, repito, era algo así como el bien con mayúscula: una tendencia del alma, del corazón, de la rígida, pero elegante, norma de la caballería. Dulcinea no existía nada más que en la voluntad enamorada de Don Quijote, que anhelaba la suma perfección en el amor como la anhelaba en el conjunto del comportamiento ético y moral recogido en las normas ideales de la caballería andante.

Resulta conmovedor ver cómo, hacia el final de su vida, Cervantes ha asumido plenamente ser mortal, por mucho que quiera ser reconocido en vida y en eterna fama, y acepta, una tras otra, las cornadas que le da la vida, o las que da a sus criaturas de ficción, sin acritud, sin lanzar cuchilladas al aire, o contra los cuerpos de otros, como haría Quevedo, o como hizo él mismo en su juventud. Cervantes parece un sabio y además un buen hombre. De esos que eran capaces, sin alaridos ni estridencias, de ir componiendo la modernidad. Quizá por eso deja que su caballero andante sueñe con regalos femeninos que tientan su imaginación, bien sea con la antojadiza Altisidora, bien sea con las pastoras inventadas.

Es su última noche. Venga, que descanse un poco mejor. Violeta me llevó a su minúsculo despacho donde todo era blanco, como su bata, sus dientes o el blanco de sus ojos. Túmbese en la camilla, a ver si con un masaje le ponemos esa espalda de mal lector en su sitio. Atemorizado, como si estuviera a punto de cometer un delito, me tumbé boca abajo en la camilla. ¡Pero hombre de Dios, la oí protestar desde el fondo de la pequeña sala, quítese al menos la camisa y los zapatos, que es un masaje!

En un momento me dormí y en otro desperté para entrar con la tropa higiénica en la nave de los desahuciados. Doña Angustias estaba ya casi vestida. Nunca es tarde si la dicha es buena, me recibió. Se enganchó a mi brazo derecho y emprendimos la huida. Dos horas en la recepción rellenando papeles dieron a mi madre el aire más cetrino de sus peores días. A las once estábamos en el taxi camino de casa. Mi madre abrazada a mi brazo derecho, y con Don Miguel de Cervantes y Don Miguel de Unamuno abrazados a mi brazo izquierdo. No sabía yo lo que me esperaba.

Mira, Sancho, iba yo leyendo en el taxi de vuelta, como iba de vuelta Don Quijote a su lugar de cuyo nombre nunca sabremos. Y ahí le traza un plan de prejubilación con unas pastoras para el año que le toca estar ausente de las armas de caballero.

…querría, oh Sancho, que nos convirtiésemos en pastores… Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre peras podremos escoger sus nombres… (DQ, II 67).

Se corrige enseguida pero, de pronto, me entró un vértigo nuevo. ¿La derrota frente al caballero de la Blanca Luna y el año de asueto al que estaba condenado le daban a Don Quijote licencia para ser amante de una o más pastoras?

Arturo Lorenzo

Milán, julio de 2017.


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