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…Que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más. (DQ II, 30).

Ya le he dicho que se va a romper usted el cuello como siga durmiendo en esta butaca. Apenas comenzaba a clarear y sentí los poderosos dedos de Violeta, negros por fuera, blancos por dentro, cómo recomponían mi espalda con fuerza y tacto. ¿Y dónde voy a dormir si no?, me preguntaba yo en el espeso silencio de la amanecida.

Comenzaba a verme al final de un túnel en el que Don Quijote ocupaba la cama de mi madre y a veces era yo el moribundo, sin haber aprendido nada de la doctrina quijotesca del amor. No, al revés, me lo sabía todo, lo que pasaba es que no me servía para nada.

Esto le reanimará un poco, que se le ve muy cansado. Un brebaje de mi pueblo, de la selva, ya sabe. Y me acarició la barbilla, con sus dedos negros por fuera y blancos por dentro.

De todo lo que había aprendido lo que más me gustaba era el contrasentido de la innegable fuerza de un tipo permanentemente derrotado. Cada vez que caía maltrecho en una de sus múltiples desventuras, se alzaba dispuesto al nuevo combate y lanzaba elevadas jaculatorias de amor a su virgen inmóvil. ¿De dónde le venía esa fuerza de ánimo al caballero? A pesar de sus constantes derrotas jamás se le ve derrotado. Quizá la única vez que duda, confesándose al lector, es ésta con la que se inicia este artículo. La paliza sufrida en el Ebro tras las grandes expectativas que había puesto en ese gran río, le deja tan desconcertado que, efectivamente, lo hace dudar. ¿Dudar de qué? ¿De su misión de caballero andante? …el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas… (DQ II, 32).

Sí, me sentía vencido y convencido por la filosofía del caballero, su espíritu de lucha y superación, su capación de reponerse tras las derrotas, la confianza en la fuerza de su brazo y de su espíritu para acometer las más atrevidas aventuras, pero… la cuestión de la dama me tenía algo intranquilo, o, para ser más exacto, profundamente inquieto,…Porque el amor necesita abrazar, en un solo y mismo gesto, a la idea y el objeto, (E. Morin. La Alemania romántica). Esto es lo que decían los románticos alemanes, para los que Don Quijote fue maestro indiscutible. Yo siempre me sentía muy alemán en este parecer, pero el caballero no me daba ninguna pista sobre esa necesidad del amor de abrazar, no ya la idea, que parece obvio, sino sobre todo y fundamentalmente el objeto. Y además tampoco bastaba un sucedáneo u objeto transitorio, como le va a suceder a Don Quijote en el castillo de los duques. Al revés, Don Quijote convierte toda tentación en un estímulo para reforzar su honestidad en ofrenda a su virgen soñada: es el famoso y ya citado antes dormir vestido que consentir que nadie me toque.

Total, tenía ante mí un cerrado amanecer de incomprensiones que no me dejaban progresar. Tiré del brebaje selvático de Violeta mientras dejaba clarear con la fiereza de agosto y un sueño inviolable y justo se apoderó de mis miembros y mi mente: descansa y comprende, me pareció entender.

Era prácticamente mediodía cuando desperté. Comenzaban a repartir el almuerzo. Doña Angustias me destacó una mirada de reprobación inapelable que no necesitaba explicaciones. Pasó Violeta envuelta en su bata apretada de sudor con una sonrisa de diente blanco y mirada cautelosa. Pensé en La Tosca que llevaba días de vacaciones e hice un esfuerzo de poeta abandonado para salir a la calle ante la ira contenida de doña Angustias: Voy a desayunar, mamá. Y a mí que me den morcilla, la oí mascullar mientras le servían una suculenta sopa de pescado cocido y un filete de pollo del siglo anterior.

Mi arrebato andariego, algo motivado por el brebaje de Violeta, me llevó a Rosales buscando el único fresco posible del lugar. Me las apañé sin churros pero sí con té frío y me decidí a tomar cartas en el asunto de mi oscuro penar tras las huellas amorosas de Don Quijote.

A pesar de mi exacerbado romanticismo tenía claro que mi principal antihéroe enamorado era el joven y desgraciado Wherter. Y estoy seguro que, de haberlo conocido, Don Quijote hubiese pensado lo mismo. Pero, hombre, ¿cómo estando enamorado como un perro, como lo estás, se te ocurre pegarte un tiro? Un mal tiro, además, para no morirse rápido y educadamente. Todos estos románticos que a mí me entusiasmaban cuando Santa Cruz, Gabriel o Rodrigo Cid nos leían sus versos en nuestras arrebatadas tertulias literarias, tenían, decía yo, un defecto de fábrica que no me convencía mucho y que quizá con el tiempo fue el motivo de mi discreta desafección por ellos. Bajo mi punto de vista practicaban un culto innecesario a la muerte, bien fuera a la de sus héroes literarios, bien a la suya propia. El más gracioso de todos, por decirlo de alguna manera, siempre me pareció Heinrich Von Kleist, que necesitó a una buena amiga, Henriette Vogel, para pegarse un tiro después de haberla liquidado a ella, consentidamente, a orillas del Havel una feliz tarde de otoño de 1811.

Esto no era mi Quijote, ni mucho menos. El caballero será un modelo de amor, pero jamás un pedagogo del suicidio, y menos por amor. Aunque sea ciegamente y sin objeto, Don Quijote ama para vivir, vive para realizar hazañas que descubran a su amada la fuerza y el valor que el amor por ella le inspira. Lo consiga o no, ése es al menos su propósito. Y además se blinda ante las tentaciones y…viéndose apretar de requiebros alzó la voz y dijo: ¡Fugite partes adversae! Dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos. Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que los suyos me avasallen y rindan. (DQ II, LXII).

No es de extrañar que, con estos decires del caballero para rechazar a las damiselas que le requiebran en el sarao que organiza la señora de don Antonio en Barcelona, los románticos se dejaran avasallar y rendir por una pasión tan pura y potente, en este caso la de Dulcinea, que no consiente que ningún deseo, más que el suyo, domine y rinda el corazón del caballero enamorado.

Bonito, era muy bonito recitarlo. Pero ¿quién vive, o se mata, como aquellos enloquecidos románticos, por un amor de oídas, como diría el propio caballero? Yo, sí, me desanimaba ante aquel galimatías existencial, pero algo me decía que la solución no estaba lejos.

Arturo Lorenzo

Milán, junio de 2017.


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