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Sí, amor constante más allá de la muerte, pero correspondido.

Comenzaba a estar verdaderamente agotado, por no decir harto. ¿Qué hacía un joven de finales del siglo XX persiguiendo fantasías amorosas a la luz del candil del más disparatado loco/amante de los siglos barrocos? La galera turquesa que durante semanas había compartido con los enfermos, sus miasmas y sus lamentos paracelestiales, se había convertido en lo que en realidad era, una nave de condenados llenos de cuitas entre los que destacaba, de forma señera, mi santa madre, con su implacable visión recriminatoria contra su sufrido hijo. El calor, ese calor derretido de los locales cerrados, tampoco era ajeno al desánimo que por días me iba llenando el cerebro con la colección de frases recriminatorias que me habían ido destinando los amigos y que yo había ido endosando sin queja, pero sin piedad ni consuelo.

¿Quién te manda irte tan lejos a buscar modelos imposibles? Insistía Gabriel. Las mujeres, o sea, el amor, no se sueñan, se paladean, se degustan, se exprimen hasta el final en abrazos interminables, me repetía incansable Rebeca. Mis dos únicos amigos en aquella tiranía del calor y de las enfermedades vecinas, estaban dispuestos a ahorrarme, como fuera, lo que ellos llamaban mis sentimientos de papel. Papel literario, me consolaba yo en silencio.

Poco a poco, a sabiendas de que no encontraría solución para mí, iba cerrando el círculo en torno a Don Quijote. ¿De dónde provenía esta alma bendita empeñada en practicar un amor que por la naturaleza misma de su deseo era impracticable?

Me volví hacia don Miguel de Unamuno, que tan a su mano había tenido tentándole con una Dulcinea posible, pero de carne y hueso, y traté de hilar sin apenas hilo, sin nada de conocimiento: ¿Dónde te habías formado en el amor, viejo hidalgo?

Don Quijote, como todo niño, habría sido hijo del relato lúdico de las plazas del pueblo o de las eras cercanas. Hijo de la espada de madera y el escudo de tela, que se abrían paso en la vida a golpe de mandobles incruentos que silbaban en la asfixia del calor enjuto de La Mancha, junto al silencio y la sombra de los pozos. De niño habría aprendido las primeras maldades picantes sobre el bello sexo, para después, a medida que los años castigaban la falta de pudor, ir olvidando en la adolescencia los atrevimientos de la picardía para sustituirlos por las sesudas verdades que circulaban en los libros, religiosos, civiles o de caballerías. Quizá algún tropiezo fortuito con la hermana de la que nunca nos habla y más tarde, mucho más tarde, ese ten con ten con la sobrina sobre el que se han empeñado tantos críticos.

Pero Don Quijote, el Quijote del relato que conocemos, vivió y bebió el amor en los libros. No sólo en los de caballerías, sino en todos, literarios, científicos y religiosos, en los que se recogía puntualmente el qué del cuerpo con otro cuerpo en sus más diversas acepciones. El amor había sido tratado desde la más remota antigüedad. Atravesó la Edad Media revestido de santidad en manos de la Iglesia, de lujuria desatada en las representaciones populares o de arte cortesano en manos de poetas y caballeros. Don Quijote se apuntó a este último modelo, como en realidad se apuntó toda la cultura occidental, con momentos tan espectaculares como el romanticismo o la narrativa amorosa de Hollywood, hasta que en el S. XX un rosario de osados amantes fue descubriendo al mundo las nuevas formas del amor libre.

Don Quijote, cuando sale y se aventura a resolver los problemas del mundo, sale convertido en un esclavo de los ritos del amor caballeresco. ¿Cómo puedes tú, me recriminaba Gabriel, comparar tu libertad de acción con esa rutina de los ritos?

No obstante lo incontestable de su apreciación, no sólo a nosotros dos, sino a muchos de nuestros colegas, nos apasionaba o al menos nos hacía cierta gracia la idea de un caballero velando armas toda la noche si en el castillo/posada dormía una dama. Había algo de aventura inútil en esa actitud. Por lo tanto, de aventura generosamente romántica.

Fidelidad absoluta, constancia, discreción, abstinencia física y moral (ni un solo mal pensamiento), sacrificio físico permanente (velar armas, torneos y desafíos, enfrentamiento con gigantes y vestiglos…) ¡Vaya plan!, el del caballero andante cuyo único premio será que los derrotados se presenten ante la dama para explicar la grandeza moral y física del amante…

¿En qué te pareces tú a todo eso?, machacaba Gabriel. Bueno, hombre, verás… Yo no encontraba las palabras, claro, pero en mi corazón brillaba con luz propia la belleza moral del comportamiento o, al menos, la presunción del comportamiento del caballero Don Quijote: ¡Ser vencedor y ser generoso! ¡Ser victorioso y tener un amor al que ofrecerle tus victorias! ¡Estar enamorado y que el amor te dé fuerzas para vencer! Ser buena persona, en definitiva. ¿Era tan difícil explicar a mis amigos que la fuerza del bien alimenta la belleza, que la belleza enciende e incendia el amor, que el amor en Don Quijote (y en mí en aquel tiempo) era como una ecuación pura, como una energía renovada que alimentaba a su vez de forma incontenible a la propia belleza de la que había surgido?

Aunque sí, era un poco castrante tanto pudor y tanta virtud. Y en resolución, antes dormiré vestido que consentir que nadie me toque. (DQ II, 44). Así le dice llanamente Don Quijote a la duquesa a la oferta de ésta para que unas doncellas lo limpien, avíen y acuesten. ¡Qué más hubiese querido yo en aquella ergástula de suspiros desacompasados, cuerpos en sufrimiento y almas nunca suficientemente arrepentidas.

Don Quijote, Maritornes y Sancho Panza (ilustración: William Strang – DP)

Rebeca no dejaba de meter pullas contra mi actitud de gorrión hipnotizado por la doctrina del caballero: Y además no te creas, que no es tan santo tu señorito. ¿O no se las trae y se las lleva con casi todas las mujeres que se cruzan en su historia? Ahí tienes a Maritornes, a su sobrina, a Altisidora e incluso a la guerrera Ana Félix disfrazada de soldadito.

Señores, perdonen que les interrumpa, pero empieza a ser muy tarde y los enfermos necesitan descanso. Les acompaño a la puerta. La sólida mano de Violeta se aferró a mi cintura y el sólido volumen de su cuerpo presionó sobre el mío para encaminarnos hacia la salida. Unos rápidos adioses en el umbral, hasta que Gabriel, haciéndose el olvidadizo y asegurándose de que ya nadie, excepto yo, le podía oír me dijo con voz taimada: Ah, intelectual del amor, no sabía yo que escondías semejante pantera negra debajo de tu poltrona turquesa.

Arturo Lorenzo

Milán, mayo de 2017.


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