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_ Mi señora_ le respondí bajando la voz_, aún no ha nacido la doncella que me ate a semejante pira y prenda la llama. Provengo de una tierra donde el pozo del amor auténtico corresponde a los villanos y a los caballeros sólo se nos permite completar la alianzas del linaje para garantizar la mejor de las posiciones a nuestros vástagos. (Enrique de Castilla. Margarita Torres, Barcelona 2003).

Miles de años después, en otra vida de las muchas que tenemos, cuando había olvidado el hospital donde simulaba agonizar mi madre, cuando había olvidado al adolescente que fui y a su santa Dulcinea, cuando no sabía ya quién era el Quijote ni apenas era capaz de reconocer a Cervantes por el nombre de una calle o un libro perdido en la estantería del comedor, entonces, y sólo entonces, me topé con esta frase de Margarita Torres en un libro apasionante sobre la épica vida del hermano de Alfonso X el Sabio: Enrique de Castilla.

Luego, o antes, o mientras, o después, o siempre, o ya no sé cuándo, o siempre que me ha interesado el Quijote (difícil decir cuándo no), creo haber leído cosas similares, cosas que me hubiesen podido poner en la pista de que mi cuestionamiento sobre el amor en base al relato del Caballero Andante, no dejaba de ser una pedantería de niño bien, desocupado, sin otra tarea que la de atender a una madre que se burlaba de él tanto como de su enfermedad, sin otro propósito definido, con tal de no abandonar la adolescencia, que el de explorar, por lo menos en teoría, las normas no escritas que conducirían al amor verdadero, aquel que nos consentía imaginar un paraíso en el que la verdad, la bondad y la belleza formaban el lecho conyugal que compartir con la amada virgen inmóvil. El teatro de operaciones de la cultura europea, incluso en época de Cervantes, estaba lleno de modelos a imitar. Había modelos concretos, Beatriz a la cabeza, Laura, Polia, Laureola, Ginebra, tanto por sus propios valores, como por el sagrado sentimiento que inspiran a sus enamorados. Pero lo que en realidad había que imitar viviéndolo era el concepto en sí mismo, el modelo general que inspira a esas clases de caballeros, según Enrique de Castilla, cuya preocupación básica es, por el contrario, en el fondo, sólo pura y exclusivamente económica.

Madrid siempre fue un horno, pero en aquella nave colectiva y moribunda del Clínico, despidiéndose julio yo me sentía plomo, y por las noches plomo derretido. Entre tanto mi madre siempre me procuraba comentarios refrescantes: ¿Qué ha hecho hoy el zángano mayor del reino? Nada, mamá he ido a buscar unos libros a casa de un amigo, con tan mala suerte que no estaba. El único que ha respondido ha sido el perro. Tú ándate con ojo, que a perro flaco todo se le hacen pulgas.

¡Pobre D. Quijote! Así que en su condición de caballero no podría nunca gozar del “amor auténtico”, como corresponde a los villanos, según la confesión del príncipe de Castilla. ¿Sería consciente de ello? ¿Sería consciente D. Quijote que el amor por Dulcinea no era producto de un capricho del deseo, ni siquiera un rito obligado de su compromiso como caballero, sino un destino inexorable del que no se podría librar jamás, aunque por el camino coquetee más allá de lo imaginable?

Andaba yo como en tropel menudo, patrullando mi galera enferma, entre medias de pacientes e impacientes desabridos que soñaban con sus miserias dándolas por buenas, como si fuesen heridas de una grandiosa guerra, baje o suba el turco (DQ, II, 1), cuando, de entre todas las carencias de que disfrutaba, comprendí que había una fundamental que aún me faltaba para convertirla en fuente de conocimiento: en realidad yo no sabía quién era Don Quijote, ni por qué mi comportamiento amoroso debía emparejarse con el de aquel desconocido. Así que con permiso de mi santa madre, de la inquietante y espléndida Violeta y de la masa de convalecientes amontonados en catres de bajel/hospital, decidí volver a los orígenes y empezar por el principio. Pero siempre hago trampa.

Con ánimo de fijar la hechura y personalidad de Don Quijote empecé de nuevo a leerlo, pero por la II parte, que viene bien para tomar distancia de lo que en un principio parece un simple e infortunado bufón entregado a ensoñaciones caballerescas. Y nada más empezar, capítulo I, me reencuentro con un hombre que reclama para sí un puesto en una sociedad, básicamente poética, en el que desea que sucedan estas cosas:

Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. (…); ya no hay caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien sin sacar los pies de los estribos, arrimado a su lanza, solo procure descabezar, como dicen, el sueño, como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que saliendo de este bosque entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril y desierta playa del mar, las más de las veces proceloso y alterado, y hallando en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a las implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y le bajan al abismo, y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se embarcó, y saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las armas, que solo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los andantes caballeros. (DQ II, 1).

¿Esto era y quería ser Don Quijote? Pues yo también. Sólo faltaba la dama soñada.

Arturo Lorenzo

Milán, mayo de 2017.


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