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(…un aire frío, un viento malo…
J. Santa Cruz

Amable lector:

Sí, un viento frío me ha tenido al margen de estas páginas un tiempo que se me hace infinito. Recobradas algunas fuerzas, armado de todas mis armas, vengo de nuevo a nuestro “cautivo de amor” tratando de retomar el hilo de una historia antigua e imposible: el amor en un adolescente guiado por un caballero andante.)

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Danos, Señor, una sola muerte, beatífica y serena.

Entre todos los candidatos a muerto que en aquel terrible pabellón del Hospital Clínico de Madrid se postulaban, el único sereno, el único candidato sin remordimientos, era yo. Todos los moribundos quieren no morir. Y yo era el único que estaba dispuesto a hacerlo sin aceptar reproches, envidias ni olvidos. Era el único sano de aquella galera turquesa de heridos que reclamaban un poco de tiempo para ponerse a bien con el tiempo de sus creencias. Ser un descreído es una batalla inútil. Estás enterrado antes de poner en claro tus planes. ¿Tienes planes cuando estás a un paso de morir? ¿Qué sería del soldado Cervantes en la galera sometido a fiebres incontroladas cuando al frente tiene la mayor armada imperial turca? Aquel anónimo soldado que más de treinta años después escribiría el Quijote.

Yo me veía solidario, y solo. ¿Cómo acompañarte cuando no pude estar contigo en la más alta ocasión que vieron los siglos? Y ahora me vienes tú, D. Miguel/Quijote, a decirme que todo es nada y que el amor por una ilustre desconocida, Dulcinea, es todo.

Si sólo una vez hubiera podido acabar con el dolor de los sueños incumplidos, si me hubiera dejado poseer por un ápice de razón, si hubiese tenido verdadera voluntad de cuidar el alma enferma y el cuerpo a la deriva, habría encontrado en el propio Don Quijote, en la obra maestra de D. Miguel, ánimo y estrategias suficientes para abandonar la senda equivocada. Pero así es la falta de luz cuando más se la necesita.

La brutalidad de los sueños de una adolescencia incomprendida por su propio protagonista es como las dudas del héroe por su propio destino. El sueño de amar la perfección se convierte en la tortura de no ser capaz de cumplir con el plan que te ha sido encomendado, que no sabes cuál es y que tendrás que ir descubriendo con los dudosos pasos que des en la vida.

Gabriel y Rebeca, que me conocían a la perfección, me lo habían resuelto todo, según ellos, claro. Rebeca Mardones no tuvo el detalle de saludarme, ni de preguntarme por mí o por mi madre. Apareció el domingo casi de amanecida frente a la poltrona y me amenazó claramente. Tú lo que necesitas es salir de aquí. Y si quieres dulcineas, en mi estudio tengo legión. Era un taller de expresión corporal donde la feminidad desbordaba. Y yo lo conocía.

¿Qué es eso de ponerte a buscar madres divorciadas con experiencia profesional? Rebeca no necesitaba dos palabras para comprender a la primera. ¿Qué haces aquí?, me dijo con voz de rayo. Mi madre, dije yo, señalando la cama adyacente. Se cruzaron una mirada incendiaria que explotó en la mía. Tu madre está más viva que tú. Sal de aquí y ven a por las dulcineas que te tengo preparadas.

¡Ah!, me dijo cuando se iba en un revuelo de capas sutiles bajo un sombrero fucsia, y lee los capítulos de Ana Félix que, al menos, es una mujer guerrera.

Así que intenté meterme en la última aventura del Caballero. ¿Quién era ésa?, me preguntó Dª. Angustias. Una amiga, mamá. Pues para amigas así, no hacen falta enemigos.

Yo, dúctil como soy y obediente como era, me metí en Ana Félix. Quiero decir, para que se comprenda bien, que me hice un viaje por los penúltimos capítulos del Quijote en los que me vi con Ana Félix, la hija de Ricote, en el puerto de Barcelona.

Imagen tomada en el Palacio de Laredo de Alcalá de Henares (Paseo de la Estación, 10). Vestido de ETRO, adorno de pelo, cinturón y collares, todo de BERBERIA; y joyas de SAN EDUARDO. Foto: Félix Valiente

Vamos a ver, Ana Félix es una chica estupenda que además entroncaba claramente con las heroínas del cómic que yo leía por aquella época. Ana destilaba un erotismo militar, cosa que parece un contrasentido pero no lo es para quien ama los uniformes, que tenía algo de galáctico, es decir, de ciencia ficción, que eso eran los cómics que me gustaban. En resumen, dejando atrás la historia de la familia de Ricote sobre la que algún día podríamos volver, Ana Félix es una mujer armada, travestida en hombre, asunto tan caro a la tragicomedia del Siglo de Oro, de la que en el siglo XX era difícil enamorarse, aunque fuera a finales del siglo. Rebeca era, en aquellos tortuosos años, una feminista radical “avant la lettre”, y por eso imagino que le hacía gracia una mujer guerrera que se propusiera conquistar una república de machos aguerridos como era la de Argel, en aquellos tiempos de principios del XVII. Pero mi generación estaba harta de guerras. O por lo menos algunos de aquella generación estábamos hartos de guerras. Nuestros padres habían disfrutado de una guerra civil que pesaba ominosamente en la conciencia de todos nosotros. El cine y la tv nos servían a cada momento imágenes de la gran guerra universal del 14 o del 39 y Corea, Vietnam o Belfast nos amenizaban todas las sobremesas. Luego llegaría el lamentable episodio de ETA. En resumen de resúmenes: estábamos bien hartos de guerra, y por tanto Ana Félix era una cara del amor que no me interesaba explorar para nada. Rebeca había intentado hacer explotar ante mí una mina antipersonal que no yo no estaba dispuesto a pisar.

Ana Félix es prácticamente la última “obra” femenina de Cervantes en el Quijote. No puede parangonarse con las otras heroínas en las que Cervantes se deleita poniéndolas frente a la sagrada imagen de Dª Dulcinea para gran desasosiego de nuestro héroe. Sin embargo, después del equívoco que supone el disfraz de hombre/militar/marino, Cervantes no puede dejar de sucumbir al encanto de Ana Félix como le ha sucedido con las principales criaturas femeninas que ha ido creando a lo largo de la obra. Y justo antes de su derrota frente al Caballero de la Blanca Luna en la playa de Barcelona, no puede evitar dejarnos una pincelada sobre los encantos (belleza y discreción por encima de todo) que adornaban a la intrépida joven:

La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibió grandísimo contento de ver a Ana Félix en su casa. Recibióla con mucho agrado, así enamorada de su belleza como de su discreción, porque en lo uno y en lo otro era extremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana tañida, venían a verla. (DQ, II, 64).

Arturo Lorenzo

Milán, abril de 2017.


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