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La Galatea – Tercero Libro

Acercándose ya el término del desafío, y viendo Timbrio serle inescusable aquella jornada, determinó de partirse, y, antes que lo hiciese, escribió a Nísida una carta tal, que acabó con ella en un punto to que yo en muchos meses atrás y en muchas palabras no había comenzado. Tengo la carta en la memoria, y, por hacer al caso de mi cuento, no os dejaré de decir que así decía:

TIMBRIO A NÍSIDA

Salud te envía aquél que no la tiene,
Nísida, ni la espera en tiempo alguno
si por tus manos mismas no le viene.
El nombre aborrescible de importuno
temo me adquirirán estos renglones,
escriptos con mi sangre de uno en uno.
Mas, la furia cruel de mis pasiones
de tal modo me turba, que no puedo
huir las amorosas sinrazones.
Entre un ardiénte osar y un frío miedo,
arrimado a mi fe y al valor tuyo,
mientras ésta rescibes triste quedo,
por ver que en escrebirte me destruyo,
si tienes a donaire lo que digo
y entregas al desdén lo que no es suyo.
El cielo verdadero me es testigo
si no te adoro desde el mesmo punto
que vi ese rostro hermoso y mi enemigo.
El verte y adorarte llegó junto;
porque, ¿quién fuera aquél que no adorara
de un ángel bello el sin igual trasumpto?
Mi alma tu belleza, al mundo rara,
vio tan curiosamente que no quiso
en el rostro parar la vista clara.
Allá en el alma tuya un paraíso
fue descubriendo de bellezas tantas,
que dan de nueva gloria cierto aviso.
Con estas ricas alas te levantas
hasta llegar al cielo, y en la tierra
al sabio admiras y al que es simple espantas.
Dichosa el alma que tal bien encierra,
y no menos dichoso el que por ella
la suya rinde a la amorosa guerra.
En deuda soy a mi fatal estrella,
que me quiso rendir a quien encubre
en tan hermoso cuerpo alma tan bella.
Tu condición, señora, me descubre
el desengaño de mi pensamiento,
y de temor a mi esperanza cubre.
Pero, en fe de mi justo honroso intento,
hago buen rostro a la desconfianza,
y cobro al postrer punto nuevo aliento.
Dicen que no hay amor sin esperanza;
pienso que es opinión, que yo no espero,
y del amor la fuerza más me alcanza.
Por sola tu bondad te adoro y quiero,
atraído también de tu belleza,
que fue la red que amor tendió primero
para atraer con rara subtileza
al alma descuidada libre mía
al amoroso ñudo y su estrecheza.
Sustenta amor su mando y tiranía
con cualquiera belleza en algún pecho;
pero no en la curiosa fantasía,
que mira, no de amor el lazo estrecho
que tiende en los cabellos de oro fino,
dejando al que los mira satisfecho,
ni en el pecho, a quien llama alabastrino
quien del pecho no pasa más adentro,
ni en el marfil del cuello peregrino,
sino del alma el escondido centro
mira, y contempla mil bellezas puras
que le acuden y salen al encuentro.
Mortales y caducas hermosuras
no satisfacen a la inmortal alma,
si de la luz perfecta no anda a escuras.
Tu sin igual virtud lleva la palma
y los despojos de mis pensamientos,
y a los torpes sentidos tiene en calma.
Y en esta subjeción están contentos,
porque miden su dura amarga pena
con el valor de tus merescimientos.
Aro en el mar y siembró en el arena
cuando la fuerza estraña del deseó
a más que a contemplarte me condemna.
Tu alteza entiendo, mi bajezá veo,
y, en estremos que son tan diferentes,
ni hay medio que esperar ni le poseo.
Ofrécense por esto inconvinientes
tantos a mi remedio, cuantas tiene
el cielo estrellas y la tierra gentes.
Conozco to que al alma le conviene,
sé lo mejor, y a lo peor me atengo,
llevado del amor que me entretiene.
Mas ya, Nísida bella, al paso vengo,
de mí con mortal ansia deseado,
do acabaré la pena que sostengo.
El enemigo brazo levantado
me espera, y la feroz aguda espada,
contra mí con tu saña conjurado.
Presto será tu voluntad vengada
del vano atrevimiento desta mía,
de ti sin causa alguna desechada.
Otro más duro trance, otra agonía,
aunque fuera mayor que de la muerte
no turbara mi triste fantasía,
si cupiera en mi corta amarga suerte
verte de mis deseos satisfecha,
así como al contrario puedo verte.
La senda de mi bien hállola estrecha;
la de mi mal, tan ancha y espaciosa,
cual de mi desventura ha sido hecha.
Por ésta corre airada y presurosa
la muerte, en tu desdén fortalecida,
de triunfar de mi vida deseosa.
Por aquélla mi bien va de vencida,
de tu rigor, señora, perseguido,
qu’es el que ha de acabar mi corta vida.
A términos tan tristes conducido
me tiene mi ventura, que ya temo
al enemigo airado y ofendido,
sólo por ver qu’el fuego en que me quemo
es yelo en ese pecho, y esto es parte
para que yo acobarde al paso estremo;
que si tú no te muestras de mi parte,
¿a quién no temerá mi flaca mano,
aunque más le acompañe esfuerzó y arte?
Pero si me ayudaras, ¿qué romano
o griego capitán me contrastara,
que al fin su intento no saliera vano?
Por el mayor peligro me arrojara,
y de las fieras manos de la muerte
los despojos seguro arrebatara.
Tú sola puedes levántar mi suerte
sobre la humana pompa, o derribarla
al centro do no hay bien con que se acierte;
que, si como ha podido sublimarla
el puro amor, quisiera la fortuna
en la difícil cumbre sustentarla,
subida sobre el cielo de la luna
se viera mi esperanza, que ahora yace
en lugar do no espera en cosa alguna.
Tal estoy ya, que ya me satisface
el mal que tu desdén airado, esquivo,
por tan estraños términos me hace,
sólo por ver que en tu memoria vivo,
y que te acuerdas, Nísida, siquiera
de hacerme mal, que yo por bien rescibo.
Con más facilidad contar pudiera
del mar los granos de la blanca arena,
y las estrellas de la octava esfera,
que no las ansias, el dolor, la pena
a qu’el fiero rigor de tu aspereza,
sin haberte ofendido, me condemna.
No midas tu valor con mi bajeza,
que al respecto de tu ser famoso,
por tier[r]a quedará cualquiera alteza.
Así cual soy te amo, y decir oso
que me adelanto en firme enamorado
al más subido término amoroso.
Por esto no merezco ser tratado
como enemigo; antes, me parece
que debría de ser remunerado.
Mal con tanta beldad se compadece
tamaña crueldad, y mal asienta
ingratitud do tal valor floresce.
Quisiérate pedir, Nísida, cuenta
de un alma que te di: ¿dónde la echaste,
o cómo, estando ausente, me sustenta?
Ser señora de un alma no aceptaste;
pues, ¿qué te puede dar quien más te quiera?
¡Cuán bien tu presumpción aquí mostra[s]te!
Sin alma estoy desde la vez primera
que te vi, por mi mal y por bien mío,
que todo fuera mal si no te viera.
Allí el freno te di de mi albedrío,
tú me gobiernas, por ti sola vivo,
y aun puede mucho más tu poderío.
En el fuego de amor puro me avivo
y me deshago, pues, cual fénix, luego
de la muerte de amor vida rescibo.
En fe desta mi fe, te pido y ruego
sólo que creas, Nísida, que es cierto
que vivo ardiendo en amoroso fuego,
y que tú puedes ya, después de muerto,
reducirme a la vida, y en un punto
del mar airado conducirme al puerto;
que está para conmigo en ti tan junto
el querer y el poder, que es todo uno,
sin discrepar y sin faltar un punto;
y acabo, por no ser más importuno.

»No sé si las razones desta carta, o las muchas que yo antes a Nísida había dicho, asegurándole el verdadero amor que Timbrio la tenía, o los continuos servicios de Timbrio, o los cielos, que así lo tenían ordenado, movieron las entrañas de Nísida para que, en el punto que la acabó de leer, me llamase y con lágrimas en los ojos me dijese: “¡Ay, Silerio, Silerio, y cómo creo que a costa de la salud mía has querido granjear la de tu amigo! Hagan los hados, que a este punto me han traído, con las obras de Timbrio verdaderas tus palabras. Y si las unas y las otras me han engañado, tome de mi ofensa venganza el cielo, al cual pongo por testigo de la fuerza que el deseo me hace, para que no le tenga más encubierto. Mas ¡ay, cuán liviano descargo es éste para tan pesada culpa, pues debiera yo primero morir callando porque mi honra viviera, que, con decir lo que agora quiero decirte, enterrarla a ella y acabar mi vida!” Confuso me tenían estas palabras de Nísida, y más el sobresalto con que las decía; y, queriendo con las mías animarla a que sin temor alguno se declarase, no fue menester importunarla mucho, que al fin me dijo que no sólo amaba, pero que adoraba a Timbrio, y que aquella voluntad tuviera ella cubierta siempre, si la forzosa
ocasión de la partida de Timbrio no la forzara a descubrirla.

Miguel de Cervantes Saavedra

Poesía de Cervantes

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