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Zoraida y el cautivo

La belleza es irresistible. Ya lo hemos dicho en capítulos anteriores de esta historia de Don Quijote cautivo enamorado.

Cervantes, con su asombrosa inteligencia, se muestra a todo lo largo de su obra como un fino y entusiasta celebrador de la belleza femenina. Curiosamente, en todas sus obras se trata de mujeres fuertes, incluso en su crueldad, como en el caso de Altisidora, o, en el extremo opuesto, cuando se trata de seres angelicales como Marcela o la más terrenal, pero no por ello menos angélica, de Dorotea. Y eso sucede en toda la obra de Cervantes, no sólo en el Quijote, aunque entonces yo no lo supiera. Quizá por un capricho de fantasía se me ocurrió pensar que necesitaba otra mujer quijotesca, descartada Dulcinea, para componer un póker de mujeres con el que yo me sintiera, si no ganador, al menos con suficientes triunfos en la mano. Y me propuse enamorarme del amor del Cautivo. No aguantó ni la primera lectura. La mora Zoraida estaba hecha de otra pasta. Muchísimos años después encontré un artículo de mi bien amado Márquez Villanueva  que me dio toda la razón para no haberme enamorado de ella. Pero eso es materia de otro mundo. Entonces creía yo tener suficientes datos como para componer la mujer irreversible que fuera digna de mi amor. En la desnortada desazón de esa adolescencia prolongada en que vivía envuelto en los aromas y quejas hospitalarias, jamás se me ocurrió preguntarme qué prendas debía poseer yo para ser digno del amor que buscaba. Creo que el ansia de amar lo llenaba todo, hasta volverle a uno ofuscado y patético.

El caso es que, bien pertrechado con aquel paquete de referencias que Cervantes me había procurado sobre la excelencia de la condición femenina, se me ocurrió la más disparatada de cuantas ideas pudieran darse en un candidato a enamorado. Era una noche de plenilunio que se reflejaba sobre las baldosas constantemente abrillantadas del pabellón de enfermos en que yo me debatía contra el sofoco pertinaz del agosto madrileño. Mi Dña. Angustias canturreaba “Una noche triste nos conocimos junto al lago azul de Ypacaraí…” Consideré que era el momento perfecto para abandonar a los moribundos y salí a la calle, aunque no fuera más que para confirmar que el aire era tan espeso fuera como dentro. Creo que fue mi primer pitillo, al menos el primero consciente y en soledad. Pero el plan estaba hecho. Tiré de nomenclátor de mujeres conocidas para ver si alguna de ellas se aproximaba al cuadro perfecto que me había descrito D. Miguel. Muchas se aproximaban. Ninguna tenía voz. Ninguna sabía hablar. Excepto una: María José Cordero.

En la poltrona que regentaba junto al lecho doliente de mi madre, mientras seguía susurrando “Mis noches sin ti”, diseñé el plan de ataque perfecto. O eso me parecía a mí.

En cuanto apareció la patrulla de enfermeras comandadas por Violeta, me arrojé a la calle. Ya le he dicho que no abren hasta y media, me espetó Violeta con cierta ternura y algo de reproche en la voz. No, ya, sí. Lo sé. Lo que no se me había figurado, ni por un momento, que no eran esas horas de hospital las de llamar a nadie. Y menos en agosto, todos de vacaciones.

Aguanté trasteando por bares, cafés y quioscos hasta las once. Gabriel, ¿Me puedes atender un momento? Y se lo conté todo. Mi plan perfecto y equilibrado. Mi ataque definitivo a María José Cordero.

¿Estás en tus cabales, tío? Anda, espera antes de hacer el capullo que el martes tengo que ir a Madrid. Me han llamado de la imprenta. No hagas nada hasta entonces. ¿Me entiendes? Son cuatro días ¿Te da el cuerpo para esperar?

La imprenta era una clave, claro. Ninguna imprenta, en su sano juicio, trabajaba en agosto en aquel Madrid. Así que, a regañadientes, esperé.

En aquellos interminables cuatro días no tuve más remedio que volverme a refugiar en Dorotea: Yo soy aquella labradora humilde a quien tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya; soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió vida contenta hasta que a las voces de tus importunidades y, al parecer, justos sentimientos abrió las puertas de su recato y te entregó las llaves de su libertad. (…) Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que aunque ahora quieras que no lo sea no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señor mío, (…) tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: no te queda lugar ni acogida de llamarte a engaño; y si esto es así, como lo es, (…) ¿por qué tantos rodeos dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me hiciste en los principios? Y si no me quieres por lo que soy, que soy tu legítima y verdadera esposa, quiéreme a lo menos y admíteme por tu esclava; que como yo esté en tu poder me tendré por dichosa y afortunada. (DQ I 36).

Confieso que esta última frase me tenía algo desconcertado. ¿Que Dorotea se quiere hacer esclava? A lo mejor, pensé yo, las esclavas tenían armas secretas con las que controlar a sus señores mejor que las legítimas. ¿Cuáles serían esas armas? Se me vino a la cabeza Las mil y una noches, claro está. ¿Cuál es el truco del alejamiento continuo de la muerte en el cuento de cuentos oriental más famoso? No hay duda: la palabra. Dorotea no acaba aquí su discurso, su reclamo de amor ante D. Fernando. Dorotea lleva hasta el máximo la representación teatralizada de su amor y de las responsabilidades adquiridas por D. Fernando tras la seducción. Tal es así que D. Fernando, como en un descuido, porque no me parece nada convincente, dice: Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas. (DQ I 36). O sea que más que un enamorado parece un acorralado. Cervantes lo va a acabar haciendo pasar más que por un héroe, por un simple caballero que acaba por aceptar su propia palabra. Casi un poco a regañadientes, diría yo. Capítulos más adelante, Cervantes lo encumbra gracias a los apoyos que da a Don Quijote. Esto me hizo pensar que Cervantes no quería para Dorotea un mentecato o un pusilánime y recompone a D. Fernando en el título de nobleza de ánima que como segundón le corresponde.

¿Necesitas algo, mamá? Que no me despiertes mientras duermo. Severo correctivo para un alma inquieta como la mía.

Volví a mi poltrona turca de mis sueños espectrales y no se me ocurrió otra cosa mejor que preguntarle a D. Miguel, de Unamuno, claro, qué cosa tenía que decirme sobre Dorotea.

A D. Miguel, de Unamuno, claro, no se le ocurrió ni una sola frase.

Arturo Lorenzo

Milán, enero de 2017.


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