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Levantaos, señora mía, le dice por fin don Fernando a Dorotea, que no es justo que esté arrodillada a mis pies la que yo tengo en mi alma (DQ I 36). Como habría dicho mi madre, éste también miente más que habla. Después del gran discurso enamorado de Dorotea, después del intento de agresión de don Fernando a Cardenio, después del nuevo arrebatado discurso de Dorotea arrodillada y sujetándole por las rodillas para que el mundo vea que tiene contigo más fuerza la razón que el apetito, tiene que ser el cura y los demás los que le hagan entrar en esa razón que le niega el apetito de Luscinda, y de su amor propio de niño mimado. Esgrimen, el cura y los suyos, como argumento mayor, la belleza, arma capaz de romper las barreras de la sociedad estamental: …que es prerrogativa de la hermosura, aunque esté en sujeto humilde,… poder levantarse e igualarse a cualquier alteza. (DQ I 36).

A mí  me parecía un falso, don Fernando. En realidad ha sido pillado por sorpresa en una emboscada perfecta, trazada hábilmente por el autor, de la que no puede escabullirse. Por eso sus palabras suenan falsas: …viendo yo en vos la fe con que me amáis os sepa estimar en lo que merecéis. Este hombre me parecía un pusilánime, inútil, incapaz de ver lo que yo estaba viendo en Dorotea. Pero no acaba aquí la visión de Dorotea. Antes de terminar este jugoso capítulo, por si el lector no había caído en ello, Cervantes insiste en uno de los más preciados dones de Dorotea: …con breves y discretas razones, contó todo lo que antes había contado a Cardenio, de lo cual gustó tanto don Fernando y los que con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo: tanta era la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. (DQ I 36).

Pues sí, quizá como tantos otros lectores acelerados, yo, que había devorado varias veces los capítulos de Dorotea, no había sido capaz de reconocerle el más fascinante de sus dones: la palabra. Una palabra capaz de enamorar.

Para nuestra generación, desde la universidad, el arte mayor era la palabra. Nos debimos juntar, como nos juntamos, en la universidad, porque ya previamente, cada uno según su camino, veníamos de adorar la palabra escrita. Éramos aficionados lectores de poesía y prosa, por lo tanto no era de extrañar que nos apiñáramos, incluso para hacernos lecturas mutuas de nuestros modestos escritos o de los que considerábamos nuestros maestros. Pero una vez juntos, yo al menos, descubrimos el valor de la oralidad, de la voz y su eco, su musicalidad y su resonancia. Empezamos a disfrutar de los discursos organizados, de las razones bien expuestas, de la capacidad de contar con gracia, como Dorotea, nuestras desventuras. Con un matiz añadido, igual que en el Quijote: el que tenía la palabra era respetado hasta el final de su discurso. Así se entienden las razones. Así se hacen amistades.

Entre nosotros había buenos oradores, cuya destreza les convertía invariablemente en líderes en algún aspecto, aunque no fuera más que en el de la conquista femenina, pero, cosa curiosa, chicas, casi ninguna. Casi ninguna era buena oradora. No era de extrañar con la educación recibida hasta aquella época. Pero, ¡qué sorpresa!, las tres chicas de Cervantes que hemos manejado, Altisidora, Marcela y Dorotea, saben hablar. ¡Y cómo! Diríase que su fuerza mayor, al final, era la palabra, la capacidad de narrar aventuras, de expresar emociones, de configurar sociedades y conciencias, como en el caso de Dorotea que es capaz de recriminar a don Fernando que si no cumple su palabra, no será ella ni nadie quien le persiga, sino su conciencia. Para mí que Cervantes se había enamorado, posiblemente no sólo una vez, de la mujer con voz propia. Nada de Vírgenes mudas. Eso era lo que tenía que hacer yo: buscar una Dulcinea que hablase tan bien como Dorotea. Ante tan convincente revelación abandoné la poltrona y me encaminaba corredor adelante cuando oí: No por mucho madrugar amanece más temprano. Ya. Voy al café, mamá. Pero, hijo, espera que venga Violeta para la limpieza. Es que tengo prisa. Hice un gesto de llevarme las manos a  las tripas y salí casi a la carrera. ¿Adónde va tan deprisa a estas horas? Violeta, ¡cómo no! No se me ocurrió pensar que me espiaba, sino que era una materialización de mi propia conciencia culpable. A La Tosca. No abren hasta y media. Pues daré una vuelta mientras. ¿Y su madre? ¡Ande, vaya usted con Dios, mi niño! Ya me ocupo yo.

El laberinto en el que yo sólo me había ido metiendo en busca de un amor perfecto e imposible, de repente, se me había presentado como un eje de coordenadas con vectores complementarios. Las coordenadas eran la belleza y la palabra, los vectores complementarios todas las virtudes con las que Cervantes había dibujado el perfil de Dorotea. ¿Dónde encontraría yo eso? Estaba seguro que Cervantes había tenido en su mano a ser tan celestial y terrenal como el que describe, o bien, como en el caso del viejo Homero con Helena de Troya, había dispuesto a todas las mujeres en una sola, preservando el amor taurino y señorial de Don Quijote por Dulcinea, y dejándome a mí, con la desnuda piel de mi breve inteligencia, indagar en el texto y navegar por él para caer rendido ante un ser maravilloso, verosímil e irreal.

Casi todos mis amigos se habían casado o aliado con mujeres hermosas. El amazónico Luna, el primero. No podía concebir que sus novias no fueran dando espectáculo por la calle. Pero, ¿decir? ¿Qué decían las novias de mis amigos? Incluso Isa, nuestra gran poeta, aparte de sus poemas, solía observar pronunciados silencios en público y sólo se le soltaba la lengua en el mano a mano con las historias de los machos que la cortejaban, por las que dejaba descubrir el aburrimiento, el cansancio e incluso el odio al permanente e impune acoso de los hombres. Tiempos difíciles. Nuestras tres heroínas del Quijote apenas sufren acoso. Dorotea la única. Y cuando lo sufre, lo resuelve con solvencia: o tira por el barranco al acosar, o lo casa con ella misma. Y en el caso de Altisidora, dentro de una tramoya cruel, pero revestida de lógica perversa, la acosadora es ella. La pastora Marcela prefiere no ser de este mundo. Pero, qué casualidad, las tres hablan en seráfico.

La Tosca se demoraba en abrir, así que removido en mi conciencia de mal hijo volví al tufo entre mentol, lejía y sangre por derramar de mi galera turquesa donde mi santa Dña. Angustias gobernaba implacable el corto recorrido de mi destino: ¡Qué! ¿Otra vez vienes del bar? Tanto va el cántaro a la fuente… Y ándate con ojo, que dos de la vela y de la vela dos…

No sólo tenía por delante desentrañar el entramado retórico y conceptual de D. Miguel, sino que mi madre me obsequiaba a cada paso, siempre con fin recriminatorio, con su florilegio de refranes que ya le hubiesen gustado escanciar a Sancho, si es que no bebían de la misma fuente.

Arturo Lorenzo

Milán, diciembre de 2016.


 

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