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“Amoris constructor”. No sé si se puede decir así, porque yo lo que aprendí fue un latín de parroquia, pero a mí me suena muy bien. Si yo tuviera un velero seguro que le pondría ese nombre. Don Quijote fue un “Constructor del amor”, aunque, o sobre todo, fuera “un enamorado de oídas”.

Florencio Luna fue el creador de Poliedro, el grupo poético de vanguardia al que nos habíamos apuntado unos cuantos advenedizos de la poesía. Y lo fue no porque fuera el ideólogo, sino porque era el único que tenía sitio para hacerlo. Curiosamente, por extranjero, era el único que no tenía a los padres en la chepa, como lo que nos pasaba a todos los demás. Era un tiempo en el que los padres, aunque tuvieran pisos aseados, se las arreglaban para echar la prole al mundo y que ésta se espabilara.

Florencio, su nombre venía de la capital del Caquetá donde él había nacido, nos brindó hospedaje poético en su humilde pero razonable habitación del colegio mayor donde residía a espaldas de la Plaza de España, es decir, corazón de Madrid, equidistante de casa de todos.

En las acaloradas charlas había más de propagandístico que de poético. Eran años muy duros. El tema mayor era acabar con la Dictadura y, por lo tanto, un poema de amor era algo así como una puñalada en el corazón de la Revolución. Todos éramos conscientes, pero es que también nos gustaban las chicas, y la mano poética se iba por la deriva sentimental con más frecuencia de la que todos hubiésemos deseado. El programa rompedor que nos habíamos propuesto era dar recitales. Y lo hicimos hasta que los tomates y huevos podridos volaron por doquier. No se podía leer un solo poema de amor. Poliedro se fue a la mierda, pero nosotros seguimos reuniéndonos. Quizá dos años más.

Por allí pasábamos los de siempre, Gabriel, Roberto, el propio Florencio, un servidor, Arsenio, un poeta de provincias que compartía habitación con Florencio y que sólo quería volver a su provincia para enseñar poesía a las huestes de infantes  que se apresuraban a convertirse en clientes adictos del botellón, algún magnate consagrado de la poesía que nos daba clases de ética poética sentado en el suelo de la habitación, en fin, una fauna sabrosa a la que Florencio puso un poco de picante presentándonos a de la Cruz e Isa.

A de la Cruz sus padres le gastaron la mala faena de ponerle de nombre Jesús, así que Jesús de la Cruz era conocido en los ambientes universitarios como Cristo, a secas. Bromas aparte, Jesús, exseminarista como Florencio, tenía una formación clásica de caerte. Diez años de seminario dan para muchos libros, y quizá, otras cosas. Fue el primer homosexual que conocí en mi vida. Pero además era putero. Jesús de la Cruz escribía unos poemas de primer orden inspirados en la tradición castellana: un aire frío, un viento malo, que no tenían nada que envidiar a Góngora. Aunque lo que verdaderamente nos atemorizó fue lo que contaba sobre las putas. Muchos años después, en el hospital, con mi madre, me di cuenta de que Cervantes también. También habla mucho sobre las “mozas del partido”. Volveremos.

Pero lo importante fue Isa. Isabel Gimbernat pertenecía a una familia de remoto origen catalán asentada en el barrio del poder de Madrid, Salamanca. Era lo que entonces llamábamos una niña bien, de Serrano, calle emblemática del barrio.

Isa tenía dos problemas: uno que era una señora insuperable, una diosa de belleza y elegancia, aunque luego se tiraba en el suelo como todos nosotros y nos dejaba ver, más allá de su consciencia, los límites impredecibles que se abrían bajo su corta minifalda.

El segundo problema de Isa es que era una gran poeta: el mar es la barca de mis sueños. ¡Alto!, dijo de la Cruz, eso de que el mar sea una barca no lo ha dicho nadie. Y más si es la barca de tus sueños.

Dirá el lector, el amable lector, con razón, que a dónde me ido pretendiendo hablar de Cervantes con estas memorias trasnochadas de ocho o diez años antes de mi suplicio hospitalario. Pero todo tiene su explicación. A pesar de tener en aquel entonces muchas constancias de que las cosas eran así, Isabel Gimbernat fue la escenificación perfecta  de que hombres y mujeres éramos iguales. Por muy deseable que fuese aquel ser, a nadie se le ocurrió propasarse ni un pelo. Lo que allí teníamos era una poeta, era una mujer a la que todos hubiésemos querido poseer, sin lugar a dudas, pero antes que mujer poseíble, era nuestra amiga, una excelente poeta, persona a la que todos hubiésemos defendido de cualquier torpe agresión. Isa podría haber sido una excelente “poliedra”. Casi, por primera vez, en nuestras vidas finiadolescentes, la belleza no era un pretexto de intento de posesión. ¿No le ocurre a Don Quijote con Dorotea? Isa era una mujer fuerte, y su fortaleza nos hacía ser fuertes a nosotros, aunque, con frecuencia, en el crudo parterre de la habitación, nos dejara ver el triángulo, invariablemente blanco, de su intimidad. Pero por extraño que parezca la lectura de la potente Dorotea me llevó a aquella potente Isa, ya entonces perdida para siempre. Tenían muchas cosas en común, y también muchas diferencias. Isa no era ni sabía lo que significaba ser plebeya, aunque fuese mucho menos rica que Dorotea, pero Cervantes había dibujado una mujer libre y moderna como la Isa que nosotros compartíamos, sólo que con la pequeña diferencia de que Cervantes lo había hecho cuatrocientos años antes.

¿De dónde vienes, hijo? Estaba en la puerta, mamá, pero como hay tanta gente en la misa… Mientes más que hablas, Rasputín, pero a quien Dios se la dé, S. Pedro la bendiga.

Sí, no había ido más lejos de La Tosca. Mientras la misa, yo quería averiguar de dónde venía esa educación sentimental que nos había enseñado a valorar a las mujeres como personas autónomas, independientes y capaces de llevarnos la contraria. Eso no tenía nada que ver con la doctrina ambiente de aquellos lóbregos años, y para entenderlo me tendría que retrotraer muchos años atrás aún, tal vez a la época del colegio.

Isa y yo no fuimos, en verdad, nunca muy amigos, pero alguna vez me usó como confidente, a lo que yo me prestaba con suma devoción: No sabes, con este cuerpo que Dios me ha dado, del que no me quejo nada, lo que me ha pasado desde los catorce años con los hombres. Sí, sí, di, decía yo. Y ella, camino de su casa, ya se lo callaba. Cogía el ascensor  y yo saludaba tras las transparencias de los cristales esperando que en la próxima…

“…soffrid el mal de la pena por el bien de la causa”  (Cárcel de amor, Diego de San Pedro).

Arturo Lorenzo

Milán, diciembre de 2016.


Errata: En el capítulo anterior (Don Quijote, cautivo de amor XI), me comenta un cariñoso y prudente amigo, he cometido el error de atribuir el personaje de la Maga, de la Rayuela de Julio Cortázar, a Vargas Llosa. Imperdonable e injusto despiste. Cortázar fue el primero en nuestra generación. Sólo puedo atribuir semejante desaguisado al hecho de que mientras redactaba el artículo concluía yo la lectura de La tía Julia y el escribidor, excelente novela que no había leído cuando correspondía. Pido disculpas al amable lector que soporta tanta torpeza.


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