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Don Quijote y la princesa Micomicoma (I, 29)

A Gabriel Casal le preocupaba lo que a Don Quijote. Y lo que nos preocupaba a todos. Éramos presa de la incomparecencia del amor absoluto. Queríamos la enamorada perfecta. Y eso sólo era posible en el terreno de la poesía. Así que, haciéndonos mayores, no parábamos de escribir versos que sólo eran ripios. Sólo él, de aquel grupo de pretendida vanguardia poética, Poliedro, era nuestro transgresor nombre, fue capaz de publicar un primer libro con una dignidad poética más que notable.

Nadie tenemos la culpa de que el amor se haya construido así, pero, la verdad, sin el componente romántico todo parecía condenado al fracaso. Aunque el fracaso de verdad comenzó cuando descubrimos que el componente romántico también conducía, o podía conducir, al fracaso. El componente romántico pasaba necesariamente por el cuerpo. Pero el cuerpo también agota y liquida el amor. No has entendido nada, me dijo Gabriel en aquel remoto entonces, Don Quijote, muy sabiamente, no utiliza el cuerpo. Su amor no pasa por él.

Gabriel, lo utilizó, el cuerpo, claro. Y de ahí su fracaso. Como amante, no como poeta. Y detrás, en la conciencia, la fatigosa refriega de Unamuno: ¡Cuántos pobres mortales inmortales, cuyo recuerdo florece en la memoria de las gentes, darían esa inmortalidad del nombre y de la fama por un beso de toda la boca, no más que por un beso que soñaron durante su vida mortal toda!

¿Es Dorotea una víctima inocente que sufre una violación? Yo creía que no. (Mucho más tarde descubrí que los cervantistas no dan a este encuentro entre Dorotea y don Fernando el valor de violación). Pero el caso es que visto así, como yo pretendía, no encontraba, ni encuentro, razón alguna de sabio que me permita comprender de qué materia estaba hecho Don Quijote para querer tanto como quería, pero sin cuerpo. No como Dorotea y don Fernando.

La historia de Dorotea, por suerte, no tiene un trágico final. Al contrario. Cervantes se las busca, con sus idas y venidas, para contar una historia de amor digna de Hollywood, como ya he recordado alguna vez. Cervantes es un excelente comercial que al mismo tiempo sabe componer las cosas para que su sociedad no lo meta en la cárcel, y no en la de amor, de Diego de San Pedro, sino en aquella otra de los grillos que él conocía muy bien, donde todo ruido tiene su asiento.

Vamos a los hechos de la narración. Bueno, pero antes de entrar en ese laberinto hay que decir una cosa. Cuando leemos una novela, el Quijote en este caso, damos por descontado que los hechos allí relatados son ciertos, o como dirían los aristotélicos, verosímiles. Vamos a suponer que no sucediese exactamente así, pero captamos o aceptamos que es muy posible que hubiera podido suceder casi igual. Cervantes esto lo sabe y nos da alas para que nos integremos en la historia de Dorotea dejando al margen a su héroe. La historia dice así:

Don Fernando no tiene la más mínima intención de casarse con Dorotea porque es una plebeya. Así que ella, una vez deshonrada, muerta de vergüenza y remordimientos, huye de casa de sus padres en busca de que Fernando cumpla sus juramentos, no los de amor, que ya ha probado, sino de matrimonio para restablecer su honra. Se busca un joven criado (mi buen criado) que, conocedor de su historia, al final, trata de seducirla. Dorotea lo tira por un barranco. Con un ganadero a cuyo servicio se pone como zagal, le sucede lo mismo y no tendrá más remedio que huir. A las muchas virtudes de Dorotea le añade Cervantes éstas de karateca y estratega. Entre tanto le ha dado tiempo de asistir al matrimonio (luego fallido) de Fernando con Luscinda. No tiene más remedio que seguir huyendo hasta el bosque donde la encuentran el cura, el barbero y ese otro apenado modelo de amor que es Cardenio, el enajenado amante de Luscinda. Cardenio se presenta como el enamorado de Luscinda traicionado por su amigo Fernando y, dado que el matrimonio no se ha consumado, le adelanta esta larga historia de amantes cruzados: yo os juro por la fe de caballero y de cristiano de no desampararos hasta veros en poder de don Fernando… (DQ I 29). Luego él se las arreglará con Luscinda. (No quiero perder el hilo, pero qué machismo el del caballero Cardenio: hasta veros en PODER de don Fernando).

Hay que ir a rescatar a Don Quijote de sus locuras de amor en el monte y para ello, entre todos, traman una trama digna del mejor Hollywood en blanco y negro. Pero además sirve para que Cervantes se entretenga en contarnos más lindezas de la gentil Dorotea. Ella se ofrece a ser su rescatadora porque ella había leído muchos libros de caballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando pedían sus dones a los andantes caballeros. (DQ I 29). Se presentará como la desamparada princesa Micomicona que viene en busca del auxilio del poderoso brazo de Don Quijote para recuperar su remoto reino de Micomicón, perdido a manos del gigante Pandafilando de la Fosca Vista. ¡Ahí es nada!

Pero a mí, aparte de la rocambolesca historia que los amigos conjurados de Don Quijote traman para llevarlo de vuelta a su casa, me seguía interesando cómo Cervantes va dando cuerpo y vida a esta excepcional Dorotea. Sancho, recuperado en el camino, piensa que en todos los días de su vida había visto tan hermosa criatura. (DQ I 29). Además, Dorotea, que, como ella misma nos ha confesado, es una gran lectora, no se queda atrás en las dotes de la interpretación. A pesar de estar huyendo sin rumbo, una previsora prudencia le dan para llevar un hatillo del que saca ropas y joyas y apañarse a modo de princesa. A todos contentó en estremo su mucha gracia, donaire y hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues tanta belleza desechaba. (DQ I 29).

En aquella nave invertida que era el pabellón de enfermos aspirantes inmediatos a la vida eterna, me propuse hacer un inventario de las gracias que un hombre del S. XVI, a sus más de 55 años, utilizaba para definir a una mujer, que sin ser el amor de Don Quijote, hasta llega a ofrecérsele en matrimonio. Aunque sea de mentirijillas.

Voy a tomar café, mamá. Pero, ¡si tú no tomas café! Es una manera de hablar. Pues, de paso, a ver si te avías un poco porque siempre vas de trapillo, hecho un adefesio. Y esos pelos, ¡por Dios!

Haga usted caso a su madre, que es usted un joven muy atractivo y va que parece un guerrillero. Violeta tenía la oportunidad de sorprenderme a cada paso, como si siempre estuviera a mis espaldas, pronta a desarmarme con juicios, tan personales, como aquel.

Me fui a La Tosca, pero ese día no dejé que el té se me enfriara porque me zampé dos cervezas seguidas. Dorotea, como las otras mujeres del Quijote, me tenía obsesionado. Y yo tenía que hacer el inventario de sus muchas virtudes para averiguar si, con todas ellas, Cervantes había sido capaz de crear esa mujer absoluta de la que enamorarse para siempre.

Arturo Lorenzo

Milán, noviembre de 2016.


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