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Don Fernando jura casarse con Dorotea (I, 28)

¿Violación consentida? Eso es un oxímoron, dirían los cursis, o sea, una antítesis o contradicción total, insostenible. Pero, amigo lector, hay que reconocer que los grandes son capaces de hacer de lo imposible una nueva realidad. Vamos a los hechos resumidísimos.

Una traidora doncella, bien untada de real de vellón, se supone, introduce a Fernando en la habitación de Dorotea, voluntariosa virgen y mártir donde las haya, tanto por propia honestidad como por devoción a sus padres, que la han hecho hermosa y rica, aunque, ¡ay! plebeya. Dorotea extrema sus cuidados, pero Fernando no está para recitar versos de amor, sino para doblegar y pervertir. Vamos directamente al maestro después de que ha dicho en boca de Dorotea: …sus pensamientos (los de Fernando, claro) más se encaminaban a su gusto que a mi provecho…

Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos del cielo; tornó don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; añadió a los primeros nuevos santos por testigos; echóse mil futuras maldiciones si no cumplía lo que me prometía; volvió a humedecer sus ojos y a acrecentar sus suspiros; apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me había dejado; y con esto y con volverse a salir de mi aposento mi doncella, yo dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido. El día que sucedió a la noche de mi desgracia se venía aún no tan apriesa como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, después de cumplido aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de donde le alcanzaron.

Y aún hay hoy quien dice que el Quijote no se entiende…

¡Niño!, tráeme agua. Pero, ¡qué coña!, pon la espalda recta, que te va salir una jaula en la chepa. Ya te lo ha dicho Violeta doscientas veces. Sí, mamá. Pero no del grifo, ¿eh?, que vete tú a saber la de miasmas que hay aquí.

El castillo de honestidad que Dorotea se había construido cae al primer embate de un desalmado. Esta historia de violación consentida tiene una pequeña justificación. En su tiempo, existía lo que se llamaba matrimonio secreto o privado que consistía en que los amantes, bajo promesa firme de matrimonio, pudieran tener relaciones carnales antes de llegar al altar eclesiástico. Era lo que habían practicado las “cervantas”. Pero yo eso, en aquel entonces, no lo sabía y, de haberlo sabido, supongo que me hubiera importado un bledo. Lo importante estaba allí, cuerpo con cuerpo: apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me había dejado…

Amor no cuesta nada mientras no haya objeto. Cuando aparece, amar es imposible. Se convierte en algo costoso y monótono. Deja de ser atemporal para empezar a cumplir años. Cervantes, toda su experiencia, sabiduría e intuición no podían permitir que el Caballero Andante cayese en un lance de enamorado dando al traste con su proyecto de amor sin fisuras. Pero no es tan tonto, ni tan cobarde como escritor, como para no saber o no querer dar cuenta al público lector de lo que la parte del cuerpo cobra en el amor. No habla su héroe, habla Dorotea a la que le suceden cosas que jamás habrían podido sucederle a Dulcinea con Don Quijote. Pero, por si acaso, Cervantes lo cuenta. ¿Una violación consentida? Dorotea, que en tantas cosas se parece a Marcela, se hunde, en la primera embestida, al machito de D. Fernando, que una vez puestos los pies en el nido, desaparece en busca de su supuesto amor verdadero, o de conveniencia. Y Dorotea sale a buscarlo, tampoco sabemos si de pura enamorada después de una primera noche de pasión o de arrepentida, sin más margen social de que él, D. Fernando, para evitar la deshonra, cumpla su palabra de matrimonio secreto.

Yo entonces no lo sabía y hoy tendría que dar otra pasada al Quijote entero para verificarlo, pero creo que es la única vez que Cervantes habla de una forma tan directa de una relación carnal. Para el anecdotario quede que estas tres páginas de la historia de Dorotea fueron prohibidas por la Santa Inquisición de Portugal durante años.

¡Violeta!, ¡Violeta!, dígale a este zángano que ponga la espalda derecha. Violeta no acostumbraba a pasar a esas horas nocturnas en que yo leía con mi lámpara auxiliar.

Ya que no me hace caso a mí, hágaselo a su madre. Me enderezó la espalda con sus negras manos que yo no veía en la oscuridad del pabellón y con una de ellas me alisó el cabello encrespado: Usted también tiene que dormir. Apagó mi lámpara que iluminaba las páginas del Quijote mientras yo me oía repetir: Dorotea, Violeta, Dorotea…

Quizá demasiado temprano pero urgido por las emociones que me embargaban, llamé a César Carrión. Suponía que ya estaba de vuelta de Tel Aviv. Aterricé ayer, pero, con lo que me cuentas, tengo algo para ti. Vente a desayunar a casa. Barrio de Salamanca, ese Madrid que construyó gran parte de la Historia de la España del XIX. Y del XX.

Dña. Rufina, la madre, nos había preparado un té verde y guacamole para desayunar. Desde entonces el aguacate se convirtió para mí en una religión no menor. Inútil pedirlo en La Tosca.

Nos habíamos conocido dos meses antes en Alepo, esa ciudad que hoy será polvo y que entonces era la ciudad más risueña y bella de aquel Oriente entre Próximo y Medio que el colonialismo occidental creó. El flechazo fue inmediato y hasta hoy continúa. ¿Qué es de Jacobo? –su compañero de viaje- Oposiciones. Solo habla de oposiciones.

Pero, bueno, con lo que me has contado, me alegra decirte que tengo una cosa para ti. Y me sacó el Quijote de Unamuno. No me sentí capaz de decirle que lo acababa de comprar y casi leer.

Así que me enclaustré en el banco de la galera turquesa y me metí a Don Miguel –de Unamuno- entre pecho y espalda. Algo tendría que decirle a César. Mal proyecto: Unamuno habla con sentidas palabras de la historia de Dorotea, pero en ningún caso de la historia de Dorotea que a mí me interesaba. Es más, de lo que habla Unamuno es de las excelencias que suelta Don Quijote de Dulcinea gracias a la imparable evolución del discurso novelesco.

Me dolía todo en esa galera turquesa en que se había convertido mi cuerpo. Especialmente ese punto ilocalizable del cuerpo que hemos dado en llamar alma. Con la confesión de Dorotea inscrita en esa parte del cuerpo que no me atrevo a nombrar, soñaba: sus pensamientos más se encaminaban a su gusto que a mi provecho…

Arturo Lorenzo

Milán, noviembre de 2016.


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