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El cura y el barbero descubren a Dorotea (I, 28)

Vuelvo otra vez a la Cárcel de Diego de San Pedro: Podrás decir que cómo pensé escrevirte; no te maravilles, que tu hermosura causó el afición, y el afición el deseo, y el deseo la pena, y la pena el atrevimiento, y si porque lo hize te pareciere que merezco muerte, mándamela dar, que muy mejor es morir por tu causa que bevir sin tu esperança; y hablándote verdad, la muerte, sin que tú me la dieses yo mismo me la daría, por hallar en ella la libertad que en la vida busco, si tú no hovieses de quedar infamada por matadora.

Se podrá decir lo que se quiera, pero a finales del S. XV (Sevilla, 1492), cuando se publica esta obra, estaba ya todo dicho.

La hermosura causó la “afición”. Ya dije, capítulos antes, que la belleza es irresistible. De hecho parece que existe un culto a la belleza, con sus distintos cánones, en todas las culturas del mundo. De hecho, Diego de San Pedro, por boca de Leriano, nos avisa de que el drama que va a desarrollar ante el público lector, y auditor en el caso de tan temprana época, es que la belleza es el origen de toda guerra. Para ejemplo, Helena de Troya.

¿Se imagina uno hoy que la hermosura provoque el atrevimiento de escribir una carta que, finalmente, conduzca al suicidio? Pues ésos eran los mimbres emocionales del proto Renacimiento español. Y seguramente de toda Europa.

La tríada femenina con la que me había enredado –Dulcinea, Marcela y Altisidora- estaban tejiendo en torno a mí otra cárcel de amor con la grave incomparecencia de lo fundamental: el amor mismo. Quizá le servirían a Don Quijote, especialmente las dos últimas para librarse de la tiranía del amor sin cuerpo. Pero yo con ninguna de las tres tenía cuerpo ni amor soñado.

Se me había pasado la hinchazón poética de la adolescencia, ese periodo nefasto y maravilloso de la vida en el que un grupo de aprendices de poeta nos reuníamos para leernos poemas de amor a enamoradas inexistentes. Es decir, que sin saberlo, ya entonces ejercíamos la religión civil del quijotismo a ultranza. Todos enamorados de oídas. O, como mucho, de visiones furtivas sobre mujeres deseables que todos sabíamos que jamás serían nuestras. Y venga a escribir atrevidos versos de amor sin destinataria conocida. Era evidente que en aquella extrema y torpe juventud –bendita sea- nos interesaba más la literatura –ser poetas- que estar enamorados.

Así que ante la estratagema de la tríada femenina a la que me tenía sometido Don Quijote, no tenía más remedio que seguir indagando. En la última comparecencia de La Rosa, Alberto Cid me lanzó una de esas frases sibilinas que sólo son capaces de formular los expertos: Cuando te gusta una, te gustan todas. Cuando eres capaz de amar a una, eres capaz de amar a todas.

Cid era el antidulcineo. Quizá por eso no llegamos nunca a ser los amigos que yo había imaginado que íbamos a ser.

En el deambulatorio orgiástico que era aquella nave de los condenados del Clínico, ante la recriminatoria mirada permanente de Dña. Angustias, yo era capaz de bunkerizarme tras el Quijote y seguir leyendo.

Salté, no sin partirme de risa, las solemnes perrerías que la Maritornes y la amiga le montan aún a Don Quijote en la venta atado a la ventana, y me salté, casi por incomprensibles para mí entonces, los lamentos de Sierra Morena. Quería llegar a otra mujer. Y ahí me estaba esperando Dorotea.

Así que, señora mía, o señor mío, o lo que vos quisiéredes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha causado y contadnos vuestra buena o mala suerte… (DQ, I, 28).

No sé si el amable lector tiene presente este brutal capítulo 28 de la primera parte del Quijote. Él solo, sólo con este capítulo, tiene para varias tesis doctorales sobre psicosociología del S. XVI. O simplemente para disfrutar con las divagaciones que Cervantes pone en boca de Dorotea que nada tienen que envidiar al discurso de Marcela, sólo que con la virginidad en juego.

Las palabras citadas más arriba pertenecen al cura amigo de Don Quijote y se dirigen a ese ser ambiguo que se aparece en forma de mozo vestido de labrador y acaba siendo una joven cuyos cabellos pudieran tenerle los del sol envidia. Pero repárese en lo esencial: un cura, del finales del XVI o principios de XVII se dirige a un ser ambiguo y no parece importarle si es macho, hembra, o lo que quisiéredes. En aquel tiempo no se hablaba de gais, trans, matrimonios homo ni nada que se le pareciera, por supuesto. Eso pertenecía a una esfera a la que nosotros no pertenecíamos ni perteneceríamos jamás, porque la traducción inmediata era sencilla: ¡Maricón! El duro banco turquesa de aquella nave de miasmas y lamentos infinitos en que yo echaba mis lecturas me dio como un golpe de mar y me puso en la calle. Mamá, vuelvo en unos minutos. Ya, galgo corredor, que no te pierdas. Juro por lo más santo que estoy seguro que mi madre no había leído el Quijote, pero me lo soltaba a píldoras.

En la puerta del hospital, bañado en el inclemente sopor de la noche madrileña, sentí por primera vez en mi vida la necesidad de fumar, pero no un pitillo, sino todos los del mundo. Ese quisiérades me tenía perturbado. Era algo así como decir que el amor se puede dirigir a un lado u otro. No entraba en mis cálculos, no podía comprenderlo. Me pareció mejor la galera turquesa y mi banco de galeote para seguir remando en la historia de Dorotea.

Cervantes no se corta un pelo y dice de ese ser ambiguo que desvela con parsimonia: Suspendióles la blancura y belleza de sus pies, … tenía las polainas levantadas hasta mitad de la pierna, que sin duda alguna de blanco alabastro parecía, …rostro de una hermosura incomparable, …cabellos que pudieran los del sol tenerles envidia, …los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda entorno la cubrieron debajo de ellos, …las manos en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve…

No se corta un pelo y mete todos los tópicos que se arrastran desde Petrarca, pero de ese ser ambiguo inicial pasa a decidirse por una mujer. Y no una cualquiera, sino la más hermosa que imaginarse pueda. Cervantes tendría unos 55 años cuando escribió esto. Y algunos más cuando consiguió publicarlo. Dorotea me emociona hoy igual que entonces, aunque por distintos motivos. Hoy porque es una maravillosa historia global de su tiempo. Entonces, en la trinchera del hospital, porque era la historia, jamás por mí imaginada, de una violación consentida.

Arturo Lorenzo

Milán, noviembre de 2016.


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