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carceldeamor4Yo supongo que Cervantes leía con intensa intensidad (ya que lo leía todo) esa ardorosa novela fini medieval y proto renacentista de Diego de San Pedro que se llama Cárcel de amor. Novela, no hay otra manera mejor de definirla aunque sostengamos que Cervantes fue el primer autor de la novela moderna. Si hoy Cárcel de amor raya la frontera de lo ilegible para un lector moderno, fue, en su tiempo y durante casi dos siglos, un “mejor vendido”, alcanzando más de 20 ediciones, numerosas traducciones al francés, italiano e inglés y un sin número de copias aún por catalogar.

Digo esto porque es imposible que Don Quijote no tuviera buena cuenta del drama amoroso que plantea la novela de San Pedro. Y no me refiero tanto a los amores imposibles de Leriano y Laureola, los protagonistas, como al drama más profundo, arraigado en la tradición medieval y ni siquiera resuelto por la psicología moderna, ni la novela, de qué cosa sea el amor.

Niño, ya te lo ha dicho Violeta. Pon la espalda recta mientras lees. Yo creía que mientras mi madre se hacía la agonizante no se enteraba de nada de lo que pasaba alrededor. Pero como en tantas otras ocasiones, me engañaba.

Por uno de esos extraños vericuetos de la memoria conseguí recuperar en casa, aún relativamente frescos, los apuntes que uno de esos raros profesores geniales de la facultad nos daba en un curso nocturno al que me había apuntado de por libre. El curso no se titulaba así, pero el contenido era como “del amor cortés al amor de cancionero”, en el que nos hacía un recorrido sobre el concepto del amor en la literatura del final del medievo. Como por la noche no había revolución en la universidad, los escasos alumnos salíamos como de un laboratorio de alquimia en el que durante cuarenta y cinco minutos alguien había sido capaz de ponernos en contacto con el “conocimiento”. Ahí conocí a Graciela, una maravillosa argentina que comentaba con frecuencia: “Esto es incluso mejor que lo que nos daban en Buenos Aires”. Seguramente, de no haber sido fea y algo contrahecha, me habría acabado enamorando de ella.

Pues bien, el curso, que milagrosamente acabó llegando al final, se terminaba con una introducción a la Cárcel. Fueron, desde el punto de vista didáctico, los mejores 45 minutos de mi universidad. He perdido el nombre y la pista del profesor. Seguro que está refugiado aún en una oscura universidad de los EEUU. Las líneas básicas de su presentación, resumiendo el libro, explicaban, lisa y llanamente, el crudo dilema que me tenía atormentado, como a Don Quijote.

No sé si sería una “boutade” definirlo de manera tan simple: ¿O amor religioso o amor profano? Pues sí, aparte de una simplificación extrema, sería falso porque en la tradición medieval el amor, o es religioso, o no es. Eso es lo que la iglesia practica, con indudable éxito, durante siglos. Hay que tener en cuenta que el amor, incluso dentro del matrimonio, estaba mal visto. Hasta que llegó Erasmo y los suyos.

Esa mañana de aquel tiempo, iba yo, como casi siempre, absorto, ensimismado y descreído a darme una ración de titulares en mi quiosco habitual frente a La Tosca donde me esperaban mi té enfriado y mis churros de reserva. No es fácil explicar que para un parado comprar un periódico es un lujo insultante, pero se entenderá que con una ración de vista tipográfica uno se consideraba al cabo de la política ambiente. Como ya ardía el verano el titular más destacado del estío decía algo así como: El Presidente cazado en la playa de… Tras los rotativos aparecía el cuché de lo que en ese tiempo se llamó el “destape”. Decenas de revistas, de corta duración, desvestían, con incierto pudor, en portada y páginas interiores, a las actrices de moda que se iban dejando, un poco por seguir en el candelabro, otro poco por poco dinero. Era una imagen de ese mundo moderno que, sabiendo que existía, nunca sería mío.

Yo entraba en La Tosca con mi don Miguel, de Unamuno en este caso, y hacía frente a la legión de enfermeras en rato libre que parloteaban a gritos de enfermos y familia. Era evidente que los enfermos eran su verdadera familia.

Unamuno está tan asaltado por la España celeste que tanto le duele, que apenas me servía para mi propósito, a pesar de que a Altisidora le dedica unas líneas que negó a Marcela. ¿Cuál era mi propósito?, me dije entre lentos sorbos de té enfriado.

Pues algo tan sencillo como desentrañar la verdadera naturaleza del amor. Yo había caído en la trampa taurina y quijotesca de fiarme de Don Quijote: un amor elegido para toda la vida. No era tan estúpido como para elegir que la depositaria del amor no existiera, pero sí como para no saber quién podía ser. ¿Otro enamorado de oídas? Era tan hermoso pensar que todos y cada uno de los actos de nuestra/mía, vida estaban dedicados a una y por siempre nuestra/mía señora, como Don Quijote, como el torero que sabe que durante años, en cada lance se juega la vida, que decidí de una vez y por todas apuntarme a esa versión fracasada y emocionante del amor en la que la voluntad de ser enamorado prevalece sobre cualquier otra circunstancia. Como que, como Grisóstomo con Marcela, se deja morir por amor. Mayor romanticismo en pleno Renacimiento, imposible.

Pero dado que la misma piedra tumba los destinos de los más ilustres, igual que Don Quijote, yo me dejé arrastrar por el mismo tropiezo: Alberto, ¿Alberto Cid? Oye, ¿no tendrás el Quijote de Ortega? En la mesilla de noche. Nos vemos a las once en La Rosa, que voy a la Biblioteca Nacional. Pero no te servirá para nada.

Se disculpó por la prisa, me dejó las Meditaciones de Ortega entre las manos y se evaporó.

Ortega tiene para mí el gran inconveniente de que sólo habla de él. O, mejor dicho, de lo que quiere que los demás hablemos de él. Las Meditaciones, su primer libro, es un libro extraordinario. Y no digamos ya La rebelión de las masas (vaya buen título). El problema era que para mí Ortega no habla del amor, o no lo hace en el libro sobre el Quijote, porque parece que el amor no es un tema que pertenezca a la esfera pública. Cosa más errónea imposible. Cuando Gabriel García Márquez dice en Crónica de una muerte anunciada que el amor también se aprende, está dando una definición social de lo que se hace con el amor en una sociedad concreta. ¿Era el amor de Don Quijote un amar aprendido? ¿Yo debería amar haciéndome unas lecciones antes?

Se me hizo tarde. Muy tarde. La cara de Dña. Angustias no presagiaba nada bueno. Y me la soltó: Más vale pronto que tarde, pero desde luego, nunca antes que tarde.

Arturo Lorenzo

Milán, noviembre de 2016.


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