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No puede el hijo de Adán/sin trabajo comer pan. Así se despertó Dña. Angustias, mi santa madre. Recitándome a Alonso de Barros del que yo estaba seguro que no conocía ni su nombre ni su existencia.

En cuanto amanecía, yo abandonaba mi posición de galeote en el sillón inquisitorial en el que descabezaba la rutina del cansancio y recuperaba la posición inteligente de lector que me había enseñado Violeta. Como sigas así se te va a secar más el celebro. Sal a buscar trabajo porque si no…, a todo cerdo le llega su S. Martín.

Pasaban un par de horas hasta que la tropa de Violeta venía a hacer su ronda de higiene y limpieza, tiempo que yo aprovechaba para adentrarme en la magia inconclusa de los amores de Don Quijote, entre lamentos de moribundos y ayes de convalecientes. Ese día fue especialmente cruel. Saltando las mil páginas necesarias, busqué y me entretuve con ahínco en el tremendo relato de Altisidora que Rodrigo Cid me había recomendado para curar la mi irremediable enfermedad de vivir fuera del tiempo que me correspondía. Pasaron varios días de lecturas inhospitalarias entrecortadas por los largos capítulos que Don Quijote vive en el castillo de los duques de Aragón, hasta que llegué, ese día, a la terrible proclama final en la que Altisidora demuestra su poderío, y su odio por su fracaso, ese poderío resuelto en modernidad, es decir, en un papel muy distinto de la mujer en la sociedad en la que hasta entonces había crecido. Creo que a eso se refería mi amigo Cid.

Pido disculpas al amable lector por la larga cita, pero merece la pena:

Muchas veces os he dicho, señora, que a mí me pesa de que hayáis colocado en mí vuestros pensamientos, pues de los míos antes pueden ser agradecidos que remediados: yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados (si los hubiera) me dedicaron para ella, y pensar que otra hermosura ha de ocupar el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente engaño es este para que os retiréis en los límites de vuestra honestidad, pues nadie se puede obligar a lo imposible.

(Altisidora…) ¡Vive el señor don bacalao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido, que no soy mujer que por semejantes camellos había de dejar que me doliese un negro de la uña, cuanto más morirme. (DQ. II, 58)

Se está acabando el Quijote. Cervantes lo lleva a su fin, como el fin llega a Cervantes. Don Quijote vuelve derrotado de Barcelona, vencido por su vecino el Bachiller transmutado en el Caballero de la Blanca Luna (¿un guiño más hacia el Islam?). Poco antes de llegar al castillo de los duques Don Quijote confiesa a Sancho su pesar por haber dejado a la joven Altisidora desatendida al rechazar sus constantes requiebros de enamoradiza, de supuesta enamorada del Caballero Andante. Es Sancho, ya totalmente quijotizado, quien le pone en guardia sobre sus inútiles pensamientos.

Como la ociosa crueldad de los duques y su séquito no tiene fin, programan el macabro teatro de las exequias de Altisidora, muerta de amor por el desdén de Don Quijote (¿historia a la inversa de la de Marcela pero ahora con Don Quijote como supuesto culpable de una muerte indeseada?) Tras una serie burlesca de trucos, de los que siempre sale malparado Sancho, la joven resucita para decirle a Don Quijote lo que arriba reprodujimos. ¿A quién insulta Altisidora y por qué? ¿A Don Quijote? ¿Por qué Cervantes somete a tamaña humillación a su héroe?

No era fácil pensar en la densa atmósfera de la nave de los desahuciados con una madre dispuesta a laminar, a base de refranes, cualquier argucia moral que uno tuviese para mantenerse allí, en la polvareda de la inacción. Sólo la sonrisa de blanco africano de Violeta me producía una cierta confianza en el futuro de la humanidad. Era mi santo y seña de liberación que yo aprovechaba de inmediato. En la puerta, el fogonazo de luz y calor de la mañana madrileña me provocó una iluminación: yo no quería pensar. Quería sentir. Quería tocar con las manos el sentimiento de Don Quijote por su amada. Pero, ¿estaba claro quién era su amada? Oficialmente sí. Pero los rastros en su alma, y su cuerpo, de Maritornes, Altisidora o Marcela eran demasiado evidentes como para tomarlos por nimiedades. El viejo Caballero que había defendido su honestidad como su valentía frente a las dueñas de los duques estaba corroído por tentaciones que no le dejaban indiferente. Pero de ahí a dejarse vejar como le veja Altisidora hay un mundo. Mundo que me era imposible de comprender.

Después de la bellísima proclama de amor imperturbable por su Dulcinea, nuestro andante Caballero, convertido ahora por gracia de Altisidora en “don bacalao”, sufre un escarnio impropio de un hombre al que todos sus lectores han aprendido a respetar en su locura y, por qué no, a amar en la disparatada defensa de lo imposible. Decía Lord Byron que el Quijote es el libro más triste de la historia, sobre todo porque nos hace reír. Este “don vencido y don molido a palos” no se parece a mi Don Quijote. ¿Por qué Cervantes lo humilla de esta humillante manera y él parece aceptarlo como penitencia por algún pecado desconocido? ¿Será que acepta estos improperios como castigo a su debilidad por Altisidora cuando en el horizonte tiene el sagrado amor de su virgen perpetua, de su diosa muda y marmórea?

Me parecía lógica la derrota del Caballero andante frente al Caballero de la Blanca Luna. El libro tenía que acabarse alguna vez, de alguna manera, incluso con la vergüenza de la derrota. Pero esta derrota, a manos y palabras de Altisidora, me parecía, no sólo innecesaria, sino especialmente cruel. En ese triángulo de amores que yo me había ido creando en mi acelerada lectura, Dulcinea, Marcela, Altisidora, en pos de comprender cuál era el secreto del verdadero amor, cómo podía identificarlo, qué elementos podían caracterizarlo, la diatriba de Altisidora me parecía fuera de toda lógica, de la más mínima coherencia interna de la novela. Me poseyó la extraña sensación de que Altisidora, en realidad, no se dirigía a Don Quijote.

La luz del verano madrileño siempre abrasa, pero alguna vez, también, ilumina. Tenía dos o tres horas por delante, mi Quijote debajo del brazo y un destino claro: café La Rosa, donde había compartido mi última charla con Roberto Cid a quien estuve tentado de llamar de nuevo. Pero no. Debía adentrarme yo solo en una nueva e intensa relectura, porque la luz abrasadora me dio un respiro de iluminación y empecé a sospechar que ya tenía claro a quién dirigía Altisidora sus amargos reproches de amor despechado.

Arturo Lorenzo

Milán, octubre de 2016.


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