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Ver aparecer a Violeta y su pelotón de enfermeras por la puerta era mi santo y seña de libertad. Entre la limpieza, el desayuno y la higiene (Tenemos que hacer la toilette de su mamá, me susurraba Violeta al oído) yo disponía de dos, incluso tres horas, haciéndome el remolón, para adentrarme en la exótica aventura de recorrer las calles abrasadas del julio madrileño. ¡Qué peste de ciudad a las nueve de la mañana! ¡Con lo que había disfrutado en mis años universitarios el Madrid nocturno! Nada peor que un parado viendo cómo se desgañitan los trabajadores para ocupar sus puestos.

Frente al hospital, junto a La Tosca de mis tés enfriados, había un puesto de periódicos en el que yo solía recalar por ver si las cabeceras me decían algo atractivo sobre la triunfante socialdemocracia que en aquel entonces regentaba el país. Y mira tú por donde me encuentro con Unamuno: Vida de Don Quijote y Sancho. Yo conocía el libro, claro, pero no lo había leído, como era de suponer. Dudé y me fui, porque tenía, de toda la noche en vela en mi sillón de galeote, una idea fija: Roberto Cid.

Hacía tiempo que no le veía, pero habíamos conservado una amistad que nos había permitido mantener esa cosa antigua y residual hoy ya por completo desaparecida: nos carteábamos. Vivía en el pabellón de profesores de Moncloa, su padre era catedrático, a dos pasos del hospital. Esperé a las diez y le llamé. A las 11 en café la Rosa, un clásico, hoy ya también desaparecido.

Roberto era un crack. Sus dos o tres años de diferencia con nosotros no justificaban la inmensa sabiduría que aquel ser, extraño y gallego, atesoraba. Se había leído todos los libros del mundo, y no sólo los comentaba con acierto, sabía hasta la editorial y el año de edición.

Tras los primeros saludos y recuentos de nuestras trayectorias entré inmediatamente en materia. Mira, estoy en esto de Cervantes, del Quijote, de Dulcinea, de Marcela, del amor eterno…

Me miró con toda la compasión de sus ojos brumosos, dejó correr su irónica sonrisa de siempre por su dentadura desbocada y me dijo: Genio y figura, amigo. Nunca cambiarás. Tenías que haber nacido en el XIX porque esas cosas de las que me hablas ya no están de moda…, ni siquiera en Cervantes. Pasa página y vete a la historia de Altisidora.

Besos, abrazos y ahí me dejó, con esa inquieta inquietud del que tiene que seguir corriendo para entender algo, pero como los hombres siempre tropezamos más de una vez con la misma piedra, me fui al puesto de periódicos y me llevé a Unamuno. Altisidora podía esperar.

Más vale tarde que nunca, me dijo doña Angustias, mi adorada madre, que devoraba ya un caldo menos valiente y con algo de gallina. ¡Vaya, otro librito! Éste es más pequeño, mamá. No, si lo que yo te digo, a ti se te va a secar el celebro como a ese tonto al que lees. ¿De dónde sacó mi madre celebro por cerebro?

Por las tardes, tras el temprano almuerzo, se producía un cierto pasmo sestero entre la doliente clientela, momento que yo aproveché para enfrascarme en ese otro D. Miguel, el vasco al que le dolía España. Mi idea estaba clara: ¿Qué opina un grande de la Historia de Marcela, la rica y hermosa labradora que predica en el Quijote el más bello sermón libertario femenino conocido hasta entonces?

Nada, no opina nada. Amable lector, a veces las cosas son así: todas nuestras expectativas sobre el tema fundamental que nos absorbe tratadas por dos gigantes dan como resultado un resultado nulo. Unamuno une capítulo XII con XIII (la historia de Marcela), y prácticamente no le dedica una sola línea a la que en ese momento se había convertido en mi heroína. Unamuno era mucho Unamuno, y entre que le dolía España y se dolía a sí mismo, se permite el lujo de pasar por alto el centro neurálgico de mis intereses: ¿Cuerpo o amor eterno? O sea, el drama romántico por el que Roberto Cid me había, amablemente, condenado al olvido.

Debe mantener la espalda estirada mientras lee. Una poderosa mano izquierda negra, que yo veía, me sujetaba el pecho. Otra mano negra, que yo no veía, me alisó la espalda e hicieron de mí un ser que lee de forma correcta. Giré suavemente la cabeza y ante mis ojos incrédulos apareció una bata blanca que a duras penas podía contener la forma de un ombligo precipitándose hacia regiones tan deseadas como desconocidas. Cuando volví a levantar la cabeza, Violeta ya atendía solícita a otros clientes del dolor, del sufrimiento y de la muerte. Su poderosa grupa ceñida de bata me llevó de nuevo a esas regiones tan deseadas como desconocidas.

Volví a Don Miguel de Unamuno, y casi como por encantamiento caí sobre un fragmento que acababa de leer y en el que no había reparado: Y luego, ven más junto a mí, mi Don Quijote, y dímelo al oído del corazón; y luego, cuando la Gloria te ensalzaba, ¿no suspiraste en tus entrañas por aquel inconfesado amor de tu madurez? ¿No la hubieras dado toda ella, a la Gloria, por una mirada, no más que por una mirada de cariño de tu Aldonza Lorenzo? Si ella, pobre hidalgo, si ella se hubiese dado cata de tu amor, y compadecida te hubiese ido un día y te hubiese abierto los brazos y entreabierto la boca, llamándote con los ojos, si ella te hubiese rendido, venciendo tu contención grandiosa y diciéndote: “te he adivinado, ven y no sufras”, ¿hubieras buscado la inmortalidad del nombre y de la fama? (…) Yo creo que ahora mismo, mientras te tiene apretado a su pecho tu Dulcinea, y lleva tu memoria de siglo en siglo, yo creo que ahora todavía te envuelve cierta melancólica pesadumbre al pensar que ya no puedes recibir en tu pecho el abrazo ni en tus labios el beso de Aldonza, ese beso que murió sin haber nacido, ese abrazo que se fue para siempre y sin haber nunca llegado, ese recuerdo de una esperanza en todo secreto y tan a solas y a calladas acariciada.

Así es que, me dije, Unamuno no habla de Marcela, pero sí de la contraposición entre cuerpo y ese amor martirio que se había convertido en el centro de mis obsesiones. Torpe de mí, no había reparado, cegado por Marcela, en que Unamuno se obsesionaba como yo en ese amor sin cuerpo al que le pone el nombre correcto de Dulcinea.

Arturo Lorenzo

Milán, octubre de 2016.


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