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marcela

Vaya tontuna de lectura. ¿Sabes lo que te digo? Lo mismo que D. Quijote te diría, que quien de joven no corre, de viejo trota. Así que ya puedes mover el culo y buscarte un trabajo de provecho, que te van a salir espolones detrás de las orejas.

No he encontrado nunca este refrán en todo Cervantes, pero la verdad es que mi santa madre vivía, como Sancho, dándose explicaciones de los avatares de la vida a salto de refranero.

Buenos días, Dña. Angustias. Soy Violeta, la enfermera jefe del servicio y acabo de volver de vacaciones.

Pues, ¡a buenas horas! Ya me he muerto, por lo menos, un par de veces. Mi madre era un dechado de fineza cortesana y prudencia diplomática, como se ve.

Violeta, por su parte, era una mujerona corpulenta, de senos pletóricos y caderas abultadas, con la piel color de su nombre, procedente de Guinea, rebosante de vitalidad y experiencia clínica: Aquí estamos para que no se nos muera de nuevo.

Diez o quince años atrás debería haber sido una belleza deslumbrante, y aún entonces conservaba un atractivo que iba más allá de un simple y convencional exotismo. Su poderosa aparición me sacó de inmediato de Marcela y me llevo a considerar que no recordaba ninguna mujer negra, y hermosa, en la obra de Cervantes. Y de ahí se me ocurrió pensar que tampoco había negros en España. ¿Todos habían desaparecido tras la toma de Granada o la expulsión de los moriscos? ¿Cervantes no habría estado en contacto con ellos en su cautiverio de Argel? ¿No se habría cruzado nunca, tal vez cargado de cadenas, con una de esas altivas bereberes de piel oscura que señorean el Sáhara desde tiempo inmemorial? ¿No habría contemplado con estupor alguna de esas esclavas de ébano que, sin duda, poblaban el serrallo argelino?

En estos altos y otros parecidos pensamientos estaba, cuando comprendí que la presencia de Violeta y el rapapolvo de mi madre me consentían un asueto hasta entonces impensado. Me refugié en Tosca, una pringosa tasca llena de enfermeras que parloteaban y gesticulaban con el desenfado de quienes se libran, por unos instantes, del dolor, de la enfermedad y de la muerte.

Churros y té, por favor. Los churros en homenaje a D. Miguel, que le gustaban las fritangas. Pero el té no moja. Así que atracón de churros secos y un largo té en la baraúnda de la tasca. No sé por qué el ruido se parece a veces tanto al silencio. Y otra vez con Marcela. Y con Don Quijote corriendo tras ella. ¿Qué pretendía? ¿Esperar que apareciese un gigante que importunase a Marcela, vencerle en singular batalla y enviarle a los pies de Dulcinea para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante? ¿O simplemente sustituir a Grisóstomo y hacerla su nueva Dulcinea? O más aún, ¿esperar que surgiera el amor voluntario y no forzoso del que habla Marcela? Claro, Cervantes es muy listo y nos deja un fin cinematográficamente abierto. Amo y mozo perseguirán en vano a la joven doncella por el mesmo bosque por donde había desaparecido y en el que, a la postre, se toparán con los yangüeses.

Pero yo insistía en saber de qué clase de amor hablaba Don Quijote. ¿Puro desinterés caballeresco por socorrer (¿socorrer?) a una doncella a la que no acecha ningún peligro, o un fuerte arrebato de amor hacia una doncella real de tan dilatadas prendas?

Marcela era honesta, con la carga socio cultural que el término implicaba en la época, hermosa, rica y con un carácter decididamente decidido, no sólo por lo que correspondía a su libertad física y de movimientos, sino, sobre todo, por su independencia de criterio y elevado valor moral, como demuestra en su parlamento. ¿Quién en su sano juicio no se enamoraría de una mujer así? Pero el juicio no era lo fuerte del Caballero aunque, sin embargo, decide seguirla. Tal vez por si se le arregla el estropeado juicio en la persecución.

El té frío, mejor dicho, enfriado, nunca ha sido plato de mis preferencias, pero el escuadrón vociferante de batas blancas que me separaba de la barra me hizo desistir del intento y me devolvió a mis asuntos.

Idolatrar un sueño, una sombra, una ficción inventada sobre una mujer de la que se está “enamorado de oídas”, ¿no sería lícito cambiarlo por tan angelical pastora ilustrada como la que acaba de conocer y con la que se ha quedado literalmente extasiado? Los caballeros se enamoraban de damas reales. Lanzarote lo hace de Ginebra, ¿no? ¿Por qué mi maestro en amores se tiene que enamorar de un tocino de pueblo que ni siquiera conoce? ¿No es más fácil adorar a un adorable ser conocido, y cumplir así los altos fines de la caballería, que a una entelequia jamás vista?

Aparte de una historia general de la literatura, en la extrema juventud por la que yo todavía navegaba, no se me había ocurrido leer un solo libro de crítica sobre el Quijote. Eso son vicios de la edad tardía que nos encaminan a querer enterarnos de lo que otros opinan sobre lo que nosotros ya sabemos. En cualquier caso, entonces me hubiese importado un comino la burla, la crítica, el escarnio a que Cervantes somete los libros de caballería. Y a mí sólo me interesaba conocer el fundamento del amor eterno. Como el que Don Quijote declaraba profesar por Dulcinea.

El asunto se me presentaba como una aporía, palabra, a la sazón, muy en boga por aquel tiempo. Parecía imposible traicionar la palabra dada, aunque hubiese sido dada al viento. Truncar de raíz el juramento expresado de fidelidad a la dama de “mis pensamientos”. Pero era un desatino dejar escapar una mujer real de tales prendas como Marcela, aunque no fuera más que para cometer la misma majadería de jurar un servicio de amor por encima de los más altos riesgos a cambio de nada. ¿Nada? ¿Qué premio (daréis) a mis servicios? (DQ I, 43)

El premio sería la hermosura, la grandeza de su alma, su riqueza, por qué no, y, sobre todo, le entregaría, por fin, feliz y gustosa, su honestidad. Esto Marcela, claro, porque de Dulcinea todo sería inventado. ¿Acabaría así el amor romántico inventado por el caballero para llevarlo al trivial terreno de la sentimentalidad burguesa de la que mi generación abominaba? Grave dilema, insufrible aporía: amar para no ser amado o amar para aburrirse.

Entró Violeta y con ella se moderó el vocerío. Su madre ha empezado a comer. Vaya a verla.

Arturo Lorenzo

Milán, agosto de 2016.


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