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El exordio de Marcela (DQ I, 14) sienta las bases de una consideración nueva de la condición femenina con respecto a los cánones de la época. Cierto que el teatro español del Siglo de Oro está lleno de mujeres fuertes, pero nadie aborda el tema de la libertad de la mujer como Cervantes. Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos, dirá más adelante Marcela en su parlamento. Quizá sea exagerado decir que en dos páginas Cervantes sienta bases de nada, pero, al menos, sí apunta a unas vías de consideración diferente de la condición femenina (o sea, humana) que tardarán siglos en asentarse en el mundo occidental. Como en todo el conjunto de su obra, porque Cervantes apunta vías nuevas en todas direcciones.

Marcela, o sea, Cervantes por boca de Marcela, plantea un tema insólito en la literatura y el pensamiento de la época: y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. ¿Desde cuándo el amor de uno desencadena necesariamente el amor del amado por el amante?

Desde luego, como hemos estudiado la literatura que hemos estudiado y apenas pasábamos de los grandes nombres, sus obras y sus heroicidades, vitales y literarias, jamás nos han explicado que al lado de las grandes obras existía lo que podríamos llamar la cocina del pensamiento. Gentes, autores de segunda fila, que apenas llegan a los libros texto, redes sociales, ni alámbricas ni inalámbricas, que iban tejiendo un pensamiento social, filosófico, literario, ético y amoroso que corría a la par y por debajo de la doctrina al uso de la época. Los Austrias, como todas las cortes de la época, impusieron su teoría y su práctica del Estado y de la sociedad, pero no pudieron impedir que a su sombra fraguaron otras sensibilidades que irán cuajando lo que a la postre será la Revolución y la sociedad moderna.

Entre los miles de artículos que se publican en el mundo cada año sobre la obra y la vida de Cervantes, egregios cervantistas y comentaristas de su obra nos han ido proporcionando, en los últimos años, datos suficientes como para saber cuál era la cocina intelectual de la que se nutría nuestro autor. Marginados, proscritos u hombres (y mujeres) de la corte escriben remedios sin cesar sobre los cambios necesarios que hay que introducir en la sociedad para sacarla de la postración que en el filo de los siglos es evidente en España. Cervantes, lector insaciable, el supuesto ingenio lego, que jamás fue a la Universidad, por razones que casi desconocemos está en contacto con un pensamiento vivo, que lee o conoce personalmente, que plasma, con finura y distancia para no verse comprometido, en toda su obra.

Pero volvamos a Marcela. Las sociedades tradicionales mediterráneas, por no referirse a casi todas en general, no han pensado nunca en el amor. O para ser más exactos, cuando lo han hecho, ha sido fuera de la familia. Una unidad familiar no se crea porque haya dos jóvenes enamorados rompiéndose la boca a besos a la sombra de un palmeral. Una unidad familiar se crea con el propósito de aumentar la riqueza y asegurar el futuro en la que cada miembro sabe desde el principio cuál es su papel. Como resumen de esa sociedad tradicional, ¡qué bien lo dice Gabo en su crónica de la muerte anunciada!: el amor también se aprende. Esa era la sociedad de Cervantes y Marcela. Pero ni Cervantes ni Marcela quieren saber nada del amor aprendido. Quieren un amor romántico: el verdadero amor no se divide y ha de ser voluntario y no forzoso.

No creo que ni de la novela de caballerías, ni de los trovadores provenzales, ni de la precedente tradición poética española, que estaban todas ellas imbuidas de modelos cortesanos, le venga a Cervantes una tal modernización del amor. La modernización del pensamiento amoroso comienza a abrirse camino con Erasmo a principios del siglo XVI y tardará en asentarse, aunque ya algunos, como Cervantes, empiece a darles curso. Pero, ¡ojo!, muy cauto, Cervantes no piensa lo mismo que Marcela. Volvamos a ella.

Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre…

Marcela no tiene intención de dedicarse o perder el tiempo con otro u otros que no sean Grisóstomo, …y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Marcela es un formato nuevo de mujer. Y la inventa Cervantes. A lo largo de su obra, y no sólo del Quijote, aparecen muchas mujeres que, sin que hagan una declaración tan rotunda como Marcela, sí participan de un carácter fuerte e independiente que las lleva, como en este caso extremo, no sólo a declarar el derecho de elegir su amor, sino a distanciarse de él, sin pasar por el convento, claro, y proclamar un deseo que para la sociedad de la época debería sonar como un absurdo: el deseo femenino de ser libre… ¡y sola!, por lo menos y por el momento, sola de hombres, ya que no renuncia ni a la naturaleza, ni a sus compañeras: La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y así termina su parlamento, con esta belleza y precisión (dice Trapiello que quien no entienda el Quijote como un largo poema en prosa no entiende nada,) dejando atónitos y sin respuesta a los desconsolados amigos del joven suicida por quien no ha pronunciado ni una palabra de piedad y al que hace totalmente responsable de su propia muerte. ¿Y qué hace entonces mi caballero andante que ha estado tan sólo de espectador en toda esta historia? ¡Pues qué va a hacer! Reacciona como caballero andante enamorado: Ninguna persona de cualquier estado o condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la indignación mía. Y dicho esto, determinó de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que él podía en su servicio.

Dónde está ahora Dulcinea, me pregunté.

¿Qué haces ahí todo el día sentado como un panoli leyendo ese librote?

Mi santa madre se acababa de despertar de uno de sus letargos posoperatorios con ánimo gentil, caballeresco y guerrero.

Arturo Lorenzo

Milán, agosto de 2016.


Leer: Don Quijote, cautivo de amor I

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