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Nadie es ajeno, nadie puede ser ajeno, al poderoso atractivo de la belleza. Sólo que, finales de un remoto y apestoso julio, en el Hospital Clínico de Madrid, la belleza había que buscarla con lupa. Por eso iba yo aferrado a mi Don Quijote, por ver si las aventuras de un iluminado me concedían la paz de espíritu que la cruda realidad hospitalaria me negaba.

La operaron, a mi madre, el 22. Yo no sabía que me esperaban tres interminables semanas de hospital, con sus interminables días, con sus lentas horas. Pero aprendí mucho. Lo primero y principal que los médicos callan mucho porque, en realidad, no saben nada. Veinte días, con sus noches, en una silla de plástico reblandecido y hierros entrecruzados es demasiado para un cuerpo aún en su extrema juventud. Me consolaba pensando en los padecimientos de Los mártires de Argel, de D. Antonio de Sosa, con los que, por aquel tiempo, empecé a tomar contacto, o sea, con muchos o algunos de los compañeros de cautiverio de Cervantes.

Sí, él fue cautivo de verdad, mientras su héroe nunca, por mucho que proclamara a lo largo de la obra sus deseos de pasar allende el mar para librar cautivos o devolver reinos a princesas destronadas por gigantes y follones. El bueno de Don Quijote sólo fue cautivo de amor, cosa que, por otro lado estaba bastante de moda en la literatura de su tiempo (y contra lo que Cervantes se rebela). Y en eso andaba yo, en dejarme cautivar por una Dulcinea que no encontraba o por una Dulcinea inventada, como me había explicado mi maestro y héroe en el primer capítulo de su historia.

¿Cómo estás, mamá? ¡Ay, hijo mío, si yo hubiese sabido lo que era esto! He estado en las puertas del infierno. Y cayó derrumbada, por el dolor, por la anestesia o simplemente por el miedo.

¿Cómo estás mamá? ¿Sabes lo que te digo? Que si ahora pudiera me tomaría un sorbo del bálsamo de Fierabrás -hizo un gesto de tomar un sorbo de una frasca- y saldría por esa puerta tan ricamente.

¡Hostias! ¿Mi madre leyendo también el Quijote en el hospital? Era técnicamente imposible.

Claro, por época y circunstancias yo no he tenido la oportunidad ni la ventura de ser galeote, pero en aquel sillón de plástico fermentado y férrea estructura me sentía como amarrado al duro banco de una galera turquesa. La barahúnda de la nave llena de enfermos entre terminales y con ganas de terminar, las familias impacientes y alborotadas, los médicos ausentes y contradictorios, las enfermeras dando órdenes y contraórdenes, el calor insoportable de julio y la fealdad ambiente, todo me hacía pensar que bogaba en sustitución del Manco de Lepanto, mal galeote hubiese sido con una sola mano, hacia mi propia condenación al abordaje de otra galera o al saqueo de pueblos costeros. Por mi mente sólo circulaban las cárceles de Piranesi o los hospitales de locos de Goya.

Me compré una linterna. Por las noches, cuando el furor de los enfermos parecía decrecer, las familias habían desaparecido y las enfermeras descabezaban un fluido sueño en sus cubículos, volvía al libro porque sabía que ya tan al principio, algo me había dejado de por medio.

Cierto que tenemos la mala costumbre de leer los libros para llegar cuanto antes al final, porque parece que sólo el final da sentido a todo lo anterior. Craso error en las grandes obras. Los genios no escriben para darte una sorpresa en los dos últimos renglones. Los genios son lo contrario de Ágata Christie. En los grandes, cada línea es una novela. Y Cervantes es un grande.

Yo había corrido, a mi vuelta de Mallorca, como una locomotora sobre las páginas del Quijote para encontrar lo que quería: la negación de Dulcinea. Me partía de risa al imaginar a D. Quijote aferrado al talle de la Maritornes mientras le confesaba que no podía entregarle lo que ella esperaba de él porque él era de otra. Que no existía. Algo me fallaba. Desanduve los pasos y ahí estaba: capítulo XIV, la historia de Marcela y Grisóstomo. Este capítulo, como diría mi madre, tiene tela cortada. ¡Vaya que si la tiene!

Para ser breves, podríamos decir que Marcela tiene un “pesao” detrás de ella. Es decir, un enamorado. Un tonto que se quita la vida porque ella no le quiere. ¿Qué le habría pasado a D. Quijote de haber tenido pruebas de que Dulcinea no le quería?

No hay más remedio que hacer una larga cita. Piénsese que lo que dice Marcela lo dice en la tumba de su enamorado suicida (¿un suicida, por amor, en la España tridentina? ¿No es esto prerromanticismo o romanticismo extremo? ¿En qué o quién pensaría Goethe cundo escribió su joven Werther, primer suicida moderno por amor?). Marcela lo dice ante los atónitos amigos que asisten al sepelio en respuesta a lo que el amigo Ambrosio le pregunta. Ahí va: No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho (…), sino a volver por mí misma y a dar a entender cuán fuera de razón van todos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y, así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos (…) Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aún queréis que esté obligada yo a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado, lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.

Vengo a volver por mí misma. Es decir vuelve por su libre voluntad y por su voluntad libre, que son dos cosas bien distintas. Vuelve porque quiere volver, pero también y sobre todo porque es libre para hacerlo. ¿Eran libres las mujeres del S. XVI/XVII para hacer lo que quisieran o sólo lo que querían se reducía al secreto ámbito de sus deseos?

No es de extrañar que en el ámbito de la crítica cervantina Marcela haya despertado tantas pasiones feministas. Aunque el texto dé mucho más que para una reivindicación de la condición femenina en la sociedad moderna: todo lo hermoso es amable. Pero el largo parlamento de Marcela nos obliga a postergar posteriores reflexiones, así que tendremos que convocar al amable lector a una cita ulterior, eso que antes se decía en cines, novelas y folletines… continuará.

Arturo Lorenzo

Milán, agosto de 2016.

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