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La chica subía con precaución, casi con delicadeza. Los escalones se quejaban con cada uno de sus pasos. Encima de la escalera una puerta entreabierta.
Una voz, de repente, le grita:
—¿Eres tú, Catalina?
La chica, pillada desprevenida, se levanta las faldas, sube más rápido y abre la puerta tímidamente.
—Perdóneme, Don Miguel, querría preguntarle algo.
Un hombre mayor, con una cara aguileña que acentuaba una frente enorme, una barba gris puntiaguda y dos bigotes igualmente grises que caían tranquilamente hasta la gola que ornamentaba su jubón negro, está sentado e inclinado hacia una hoja a medio escribir. Las letras trazadas meticulosamente con una pluma que sujeta firmemente con la mano derecha, la mano izquierda inmóvil a lado de la página. El hombre alza dulcemente la cabeza y dirige sus ojos marrones aterciopelados hacia la joven atrevida.
—Llámame Miguel, a secas.— dice amablemente— ¿En qué puedo ayudarte?
—¿Está escribiendo una continuación de Don Quijote?
—Claro, muchacha, ¿por qué me preguntas eso?
—No me gusta el segundo tomo que anda ahora por ahí.
—Estoy de acuerdo contigo, muchacha. La estoy preparando desde hace mucho tiempo, pero tengo muchas cosas que hacer todavía y mi tiempo está contado. Los años empiezan a pesar.
—Oh, señor Miguel, le suplico, no espere más, querría tanto poder leerla.
—Bueno, ya veré, si me lo pides con tanto entusiasmo… Pero no me has dicho cómo te llamas.
—Me llamo Sanchica, señor Miguel.

II - cap 5 - Sancho y Teresa Panza - CELG

Gustave Doré, Quijote II, 5 – Sancho y Teresa Panza

Jean Claude Fonder

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