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“DONDE SE PROSIGUE LA AVENTURA
DEL CABALLERO DEL BOSQUE”

En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban la norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones del oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose las yerbas, parecía asimesmo [que] ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse los prados con su venida. Mas apenas dio lugar la claridad del día para ver y diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreció a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande que casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era de demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de verrugas, de color amoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos más abajo de la boca; cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro que, en viéndole Sancho, comenzó a herir de pie y de mano, como niño con alferecía, y propuso en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes que despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.

Don Quijote miró a su contendor y hallole ya puesta y calada la celada, de modo que no le pudo ver el rostro, pero notó que era hombre membrudo y no muy alto de cuerpo. Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y vistoso; volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes, amarillas y blancas; la lanza, que tenía arrimada a un árbol, era grandísima y gruesa y de un hierro acerado de más de un palmo.

(Pasaje de: Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha., edición de Florencio Sevilla Arroyo, parte II capítulo 14)

Notas:
El texto de Miguel de Cervantes está en formato normal y en cursiva los comentarios.

[75] Juno, madrastra (y no madrina, que es un italianismo) de Hércules, fue quien le indujo a realizar los doce famosos trabajos.
[76] El Caballero del Bosque cita varios monumentos y accidentes geográficos que convierte cómicamente en objeto de sus hazañas. Personifica a la Giralda, es decir, la veleta, formada por una estatua de la Victoria, con que se remata la torre de la catedral de Sevilla; después alude a los Toros de Guisando, las esculturas prerromanas que se encuentran en la provincia de Ávila; por último, a una oquedad que está a 5 kms. de la ciudad cordobesa de Cabra.
[77] Se recoge aquí la idea de dos versos de La Araucana (I, 2) de Alonso de Arcilla. La cita no es del todo fiel, ya que el texto evocado dice en realidad: «pues no es el vencedor más estimado/ de aquello en que el vencido es reputado».
[78] En las cofradías se imponían penas que consistían en pagar cirios.
[79] ación: correa de la que pende el estribo en la silla de montar.


Comentario del capítulo:

Me encanta esta descripción, tan minuciosa y poética, de lo que pronto se convertirá en un campo de batalle. Está amaneciendo y Cervantes nos dibuja ese amanecer como si tuviera una cámara que observa las bellezas de la naturaleza cuando el sol se alza en cielo. Es un cuadro encantador, todo nos prepara para la fiesta de un día soleado que verá luchar, en un verdadero torneo, a Don Quijote y al que desde ahora conoceremos con el apodo del “Caballero de los espejos”. Los dos magníficos caballeros que van a pelear se preparan con la ayuda de sus respectivos escuderos. Un detalle que se revelará importante durante la batalle lo advierte inmediatamente Sancho con los primeros rayos de sol: el escudero del caballero tiene desaforadas y espantosas narices.

Pero empecemos desde el inicio. Recuerdo que en el capítulo anterior hemos dejado a los dos escuderos vergonzosamente dormidos después de que  compartieran la comida y el vino que había traído en sus alforjas el escudero del anteriormente llamado Caballero del bosque. Los amos están charlando juntos y el Caballero de los espejos describe las locas aventuras a las que tuvo que hacer frente para complacer a Casildea de Vandalia. Llámola sin par porque no le tiene, así en la grandeza del cuerpo como en el extremo del estado y de la hermosura.” Ella le ha pedido trabajos que su caballero no duda en describir como trabajos de Hércules (Ver notas [75] y [76]): Detuve el movimiento a la Giralda, pesé los Toros de Guisando, despeñeme en la sima y saqué a luz lo escondido de su abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y sus mandamientos y desdenes, vivos que vivos.
Últimamente al Caballero de los espejos, su dama le ha pedido que recorra todas las provincias de España para que cada Caballero andante que encuentre confiese que ella es la más hermosa de cuantas hoy viven. Ya ha vencido a muchos caballeros que se habían atrevido a contradecirle, y sobre todo, presume de haber vencido al más famoso de todos, Don Quijote de la Mancha, quien tuvo que reconocer que  Casildea era más hermosa que su Dulcinea.
Don Quijote se queda admirado por esta mentira tan desvergonzada y responde que no lo puede creer. Lo que nos vale otra deliciosa descripción: 
—¿Cómo no? —replicó el del Bosque—. Por el cielo que nos cubre, que peleé con don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre del Caballero de la Triste Figura y trae por escudero a un labrador llamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo llamado Rocinante y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una tal Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que por llamarse Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea de Vandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad, aquí está mi espada, que la hará dar crédito a la mesma incredulidad.
Es aquí cuando Don Quijote le cuenta que está continuamente perseguido por unos encantadores que tienen la maligna costumbre de transformar la realidad y las personas tal y como hacía poco habían hecho con la hermosa Dulcinea del Toboso, a la que convirtieron en una aldeana soez y vulgar. Y si todo esto no basta para enteraros en esta verdad que digo, aquí está el mesmo don Quijote, que la sustentará con sus armas a pie o a caballo o de cualquiera suerte que os agradare.
Ya están acordando las condiciones del duelo, es decir, que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor, para que haga de él todo lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo que se le ordenare. Acto seguido van a despertar a sus escuderos para que tuviesen a punto los caballos, porque en saliendo el sol, habían de hacer los dos una sangrienta, singular y desigual batalla.
Los dos hombres van a buscar las monturas y en el camino se ponen a hablar. El escudero del Caballero de los Espejos pretende que en Andalucía la costumbre quiere que también los escuderos tengan que pelear mientras sus amos riñen. Sancho que  pretende ser un hombre de paz se niega totalmente a cualquier forma de lucha con un compañero con el cual ha compartido pan y vino. Este último insiste diciendo que lo va a provocar dándole unas bofetadas, entonces Sancho le replica que antes que pueda despertarle la cólera le hará él dormir a garrotazos la suya y que: tal suele venir por lana que vuelve tresquilado.
En este punto empieza a salir el sol y Cervantes nos lo describe maravillosamente con el extracto que hemos puesto al principio de este comentario. Sancho descubre las narices espantosas del escudero del Caballero de los Espejos, y, mientras su amo y su adversario se preparan para la batalla, subiendo a caballo, Sancho, que no quiere quedarse con el narigudo, le pide a don Quijote que lo ayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podrá ver más a mi sabor, mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro que vuesa merced ha de hacer con este caballero.
Don Quijote, reconociendo los buenos motivos de su escudero, lo ayuda a subir en el árbol, lo que tomó de sorpresa al Caballero de los Espejos que ya estaba cargando a todo su correr, que era un mediano trote. Entonces detiene las riendas y se para en la mitad de la carrera, acto que agradece muchísimo el caballo que ya no podía moverse. Don Quijote, que se había dado cuenta antes que el de los Espejos llegaba volando se pone también a cargar pero consigue que excepcionalmente Rocinante se ponga al galope y, de este modo, encuentra al de los Espejos con tanta fuerza que lo tira al suelo violentamente. 
Don Quijote, creyéndolo muerto, se apea rápidamente de su caballo y le quita las lazadas del yelmo para que, si por si acaso, estuviera vivo, pudiera respirar. Al hacerlo se queda asombrado descubriendo que la cara del Caballero que no es otra que la del bachiller Sanson Carrasco. Llama a Sancho, que ya se había deslizado de su alcornoque y le dice:
—¡Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! ¡Aguija, hijo, y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y los encantadores!
Sancho responde que ésta es la ocasión para matar a uno de sus perseguidores, don Quijote entonces pone la espada en la boca del infortunado bachiller cuando llega su escudero, esta vez sin las narices que lo rendían tan feo. Suplica que se perdone a su amo que es su paisano y amigo Sanson Carrasco. Sancho entonces lo reconoce, es Tomé Cecial, su vecino y compadre. Pero don Quijote insiste en que el Caballero de los Espejos, tiene que cumplir lo pactado y, como vencido, confesar que la sin par Dulcinea del Toboso sobrepasa en belleza a su Cabildea de Vandalia, además de tener que ir a visitarla a la ciudad del Toboso y ponerse a sus ordenes.
Después de prometer que lo hará, don Quijote lo ayuda a levantarse y el Caballero de  los Espejos con su escudero se alejan para recuperarse. Nuestros dos héroes retoman entonces el camino hacia Zaragoza aunque no consigan dar crédito a lo que sus ojos habían visto.

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