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El caso extraño de un ladrón de burros, espadas e identidades ajenas

Gines de Pasámonte

Ginesillo de Parapilla”, según el apodo que Cervantes-Quijote le confiere, o Ginés de Pasamonte, como él mismo se manifiesta con altivez, resulta ser un personaje de particular importancia a la trama del Don Quijote: sus peripecias de malhechor y embustero le llevarán a enfrentarse al caballero andante y a su escudero en tres distintas ocasiones. Aparece por primera vez como galeote en la primera parte de la novela y reaparecerá en la segunda, disfrazado de gitano cabalgando el rucio robado a Sancho, quien le reconoce y recupera su querido animal, y finalmente como titerero, el falso maese Pedro. Además, debido a sus robos y estafas, sigue siendo mencionado, directamente o en modo indirecto, por unos protagonistas de la novela, desde Sansón Carrasco a Sancho Panza y el mismo Don Quijote hasta acabar con Cide Hamete Benengeli quien logra desenmascararle a los ojos de los lectores:

“ Este Ginés, pues, temeroso de no ser hallado de la justicia…determinó pasarse al reino de Aragón y cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero, que esto y el jugar de manos lo sabía hacer por extremo.” (II, cap.27^)

En el episodio del maese Pedro y su retablo de títeres, Cervantes vuelve con el pensamiento a la querida Italia, que seguirá echando de menos hasta su muerte (… se cree que el tal maese Pedro… es hombre galante y bon compaño; y dirigiéndose al mono:… señor adivino ¿Qué peje pillamo? II, cap. 25^) para luego arrebatarse contra el teatro contemporáneo, quizás contra el mismo Lope de Vega en un extraño ajuste de cuentas literario, sirviéndose en este caso del maese titerero-embustero para su hito:

“… ¿ no se representan por ahí, casi de ordinario, mil comedias llenas de mil impropriedades y disparates, y con todo eso, corren felicísimamente a su carrera, y se escuchan, no sólo con aplauso, sino con admiración y todo? “ (II, Cap.26^)

Sin embargo, en este episodio, Ginés quedará víctima de su propria marrullería, porque el Caballero de la Triste Figura, en uno de sus excesos de locura, destruirá el retablo y las marionetas, llegando a un paso de cortar la cabeza al mismo maese. Y aunque Don Qujote le pagará buena parte de los daños causados, Ginés, quedándose con el mono adivino y las escasas reliquias del retablo, tendrá otra vez que “buscar sus aventuras” quizás inventándose un nuevo oficio y asumiendo una nueva identidad. Así que la destrucción del retablo asume casi un valor de némesis, de una victoria contra la mentira y la hipocresía de quienes, con sus crueles burlas, se divierten a costa del caballero andante y de su escudero.

Puede que bajo este desagradable personaje, Cervantes quiso representar a un tal Jerónimo de Pasamonte, que el gran novelista debió conocer cuando ambos combatieron en el Tercio (=Regimiento) del Capitán general Miguel de Moncada, durante las jornadas de Lépanto, La Goleta y Túnez, entre 1571-1573. Los dos fueron capturados separadamente por los turcos y llevados cautivos en distintos lugares. Pasamonte tuvo que permanecer en cautiverio durante 18 años, trabajando como albañil y después remero en las galeras otomanas. Fue rescatado en 1592 y volvió a España en 1593, frecuentando también la Corte y quedando en Madrid hasta 1595, donde pudo coincidir nuevamente con Cervantes. Después de una estancia en Nápoles, donde se casó, volvió a España para recuperar su herencia, fracasando en el intento por las intrigas de sus parientes. Mientras tanto había empezado a escribir sus memorias, ”Vida y trabajos de Jerónimo de Pasamonte”, que aparecerán en enero de 1605. Y justo a sus memorias Cervantes parece aludir, cuando Cide Hamete refiere: ”… la justicia, que le buscaba para castigarle de de sus infinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismo compuso un gran volumen contándolos, … ”(II, cap.27^) Una reciente hipótesis presentada por el ensayista y crítico Martín de Riquer teoriza que bajo el seudónimo de Avellaneda se esconda en realidad el mismo Jerónimo de Pasamonte, quien quiso así vengarse de Cervantes , culpable de haberle ofendido en la primera parte de su novela ; en el prólogo del “Quijote” apócrifo, Avellaneda afirma en efecto que “… tomó por tales el ofender a mí.” Aunque la mayoría de los críticos rechaza esta tesis, no se pueden descartar los elementos mencionados, añadiendo que Cervantes reconoció a Avellaneda como aragonés, tal como el mismo Pasamonte era.

El eco de la corrupción y la decadencia que amenazan en aquella época el mundo hispano transforma el reto entre Don Quijote y Ginesillo, o sea entre superchería y justicia, en un desafío a los titereros que entre bastidores maniobran miles de marionetas humanas y que, sin embargo, a veces pueden acabar perdiendo. Y lo que al final nunca faltará serán el irreductible optimismo y la dignidad de Don Quijote y de Sancho.

Nando Pozzoni

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