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     ¿Quién lee hoy a Cervantes o a Shakespeare? Ésa es la cuestión. Porque éste es el mejor, el mayor de los homenajes. Leerlos.

     Veintitrés de abril (bien pudiera ser igualmente el veintidós), fiesta, día del libro. Mas el libro es para el lector como el aire al cuerpo del espíritu. Y si no hay espíritu, hermoso cadáver sois.

     Cervantes duelista, Cervantes soldado, Cervantes cautivo y prisionero, manco de arcabuz, presa de berberiscos (Quinientos ducados de oro; por poco). Siempre esquivando a la muerte. Siempre en el alambre, siempre al límite. Preso, de vuelta, por el mal trigo y el aceite (dos millones y medio de maravedís y un falaz banquero tuvieron la culpa).

   Y allí, en la cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento, gestó lo que, acaso siendo una novela ejemplar en principio, llegó a mucho más; la novela de las novelas.

   (Y la ironía genial… la ironía).

   Tampoco se valoró mucho entonces (Sí, los ingleses; traducido ya en 1612). ¿Menos aun ahora? (¿Sólo un fantoche y un loco contra el viento?).

   Don Quijote, morir cuerdo y vivir loco. Y han de caer, sin duda alguna. ¿Vale?

   Y de nuevo, la pregunta, la crucial cuestión: ¿quién lee hoy a Cervantes o a Shakespeare?

David Baró

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