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Don Quijote en La VentaCHARLES-ANTOINE COYPEL.
Les Principales Aventures de L’Incomparable Chevalier Errant Don Quichotte de la Manche.

Nadie me podrá negar que la historia de D. Quijote no sea la de aquél que no quiso ser amado. Pido perdón por esta cita pervertida de Los cuadernos de Malte, de Rilke, sobre el hijo pródigo.

Hace muchos años, tantos que ya ni recuerdo, viajé a Mallorca. Llevaba dos libros: el Quijote y ese ominoso y oscuro libro de Rilke. Y tenía un solo objetivo: estar fuera del mundo. Un transeúnte, así son las cosas, por azar, me informó sobre Ses Covetes. En aquel entonces era el único lugar libre de turistas que quedaba en Mallorca. Y era cierto. Una playa infinita, Formentera al frente y un chiringuito de playa que me proporcionó una cabaña de cañas y matorral donde dormir. Me ofrecían para desayunar un par de rebanadas de pan moreno con sobrasada  acompañada de mermelada de albaricoque y un vaso de leche. A continuación el mozo del lugar me invitaba a ir a pescar en su pequeña barca. Traíamos suficiente para la escasa clientela y me invitaban a comer por mi, exigua, aportación laboral.

Todo era perfecto. El Mediterráneo celeste y limpio se alzaba ante mí como una patria inconmensurable y propicia. Detrás quedaba una tierra desconocida en la que abundaban  gentes ansiosas de sol y diversión con las que nunca me cruzaría. Todo era perfecto. Salvo una cosa: Tania. Nunca llegué a saber si era la hija de los dueños, la hermana del pescador o una chica del pueblo. Ni me interesó. Servía las escasas mesas de la clientela en un mínimo e invariable bikini negro que sobre su piel negra lucía como un reclamo de amenidades insospechadas.

Decidí hacerla mi Dulcinea.

Creo que era la tercera vez que leía El Quijote. Y esa vez pensé que iba en serio. No pasé de los tres primeros capítulos. Me abdujo el oscuro Malte. Por las largas tardes del Mediterráneo no podía levantar los ojos del libro. Y si lo hacía veía a la también oscura Tania, mi Dulcinea, jugando con el mar o sirviendo a los efímeros clientes, siempre con su mínimo bikini negro. Ella me brindó la ocasión para rescatar a D. Quijote y tratar de comprender qué significaba el inútil amor del caballero andante por su dama.

Ya hemos dicho que no se entiende un Caballero Andante sin una amada, pero ¿se entiende que el caballero no sea amado?  ¿No hay en el caballero una necesidad de consumación del amor? ¿No se postula en el caballero la necesidad de un encuentro carnal?

Rumiaba yo estos desvaríos míos cuando volví al libro.

Capítulo primero del primer tomo: después de ponerle nombre, porque la onomástica genera su propia estética, el hidalgo, proyecto de caballero, viene a decir que su amada lo amará por sus obras. Y como se sabe una de las obras principales del caballero es vencer gigantes y malandrines desaforados y ponerlos a los pies de ella para que decida sobre su suerte. O sea, la heroicidad no da para que tú, amada mía, me abraces, consueles por mis esfuerzos y me premies con tus caricias. No, sólo da para que tú, amada mía, hagas con mis vencidos lo que esté en tu talante.

En aquella choza mal habilitada no podía leer por la noche, así que dejé de ir a pescar y después de la sobrasada me enfuriaba con el libro. Por suerte me siguieron dando de comer los pescados del día sin pedir nada a cambio.

Capítulo dos de esta primera parte: Don Quijote llega a la venta.

Visto con la perspectiva de los siglos y haciéndose cargo de las circunstancias históricas, no es de extrañar que el libro tuviera un éxito inmediato entre el público de la época. Alguien, por fin, desmontaba la estúpida ideología caballeresca que se resistía a desaparecer. El que había sido modelo de conducta para señoritos dispuestos a competir incluso con el poder real, aparece aquí como un desquiciado que lo confunde todo y hace de una simple venta del camino un castillo, de su ventero un castellano, en la acepción de jefe militar, y de unas chicas del partido unas nobles doncellas que se burlan, agasajan y miman al caballero andante –nunca fuera caballero de damas tan bien servido. Tiene su gracia que en esa su primera salida, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, D. Quijote, después de un día sin aventura que llevarse a la boca, las dos primeras gentes que encuentre sean esas dos chicas del partido, o rameras, como también se las conocía, con las que, dado su aspecto y forma de hablar, no logra un feliz entendimiento de primeras. Más adelante reconocerá sus méritos, les pondrá nombre y les quedará obligado por la merced recibida. 

Eso sí, durante su primer errar antes de llegar a la venta, D. Quijote, como si verdaderamente fuera enamorado (¡cómo me torturó esta duda en el enamorado perfecto que yo mismo me creía!), no hizo otra cosa más que elevar encendidas jaculatorias a su dama: ¡Oh princesa Dulcinea, señora de este cautivo corazón!… Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.

Sí, tiene gracia que Cervantes ponga, en primer lugar, en el camino de su aprendiz de caballero, a dos chicas del partido, siembre dudas sobre la verosimilitud de su amor, lance proclamas a los cielos por su cuitado corazón, celebre la acogida de las supuestas damas en la venta castillo y en el siguiente capítulo les quede obligado por la merced recibida.

No era fácil de asimilar, para un joven lector deseoso de descubrir el puro sentimiento del amor caballeresco, esta zarabanda de emociones encontradas. A mí sólo me interesaba en aquel entonces, y posiblemente ahora también, lo que significaba el amor de D. Quijote por Dulcinea. Y cómo éste se manifiesta.

No hay más remedio que volver al primer capítulo para entender algo. Y eso hice.

Para mi gran sorpresa, descubrí que D. Quijote no estaba enamorado. Cervantes lo hace enamorarse. O por mejor decir, hace que se construya un amor ideal al que servir y al que ofrecerle la cosecha ingente de sus hazañas venideras. Se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino una dama de quien enamorarse.

 En realidad, lo que hace el caballero es transformar el amor en religión. No busca una dama de la que enamorarse, sino una a la que convertir en diosa, y, por tanto, dejarse someter a los correosos dictados de una tiranía sentimental cuasi divina, muy lejana, por cierto, de lo que a lo largo de la obra va predicando él mismo del amor, mucho más humano, liberal y civil de lo que se concede a sí mismo. Por eso no es de extrañar que a pesar de una castidad a prueba incluso de burlas, como en el caso extremo de Altisidora, nuestro caballero sienta, aunque en contadas ocasiones, el cosquilleo feliz de un encuentro carnal.

Así que entre estas interrogaciones miraba yo perplejo a mi Tania/Dulcinea mientras se dejaba abrazar por ese Mediterráneo celeste que no he vuelto a repetir.

Arturo Lorenzo

Milán, abril de 2016.

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