Etiquetas

, , , , , , , , , , , , ,

No sé si para el lector, el amable lector que se decía en tiempos pretéritos, tiene mucho sentido tratar de definir o de formular de manera detallada qué es, en qué consiste y qué significa ser un caballero andante, que era el propósito de la anterior y sucesivas entregas, considerando que en cada capítulo, en cada párrafo, en cada línea del Quijote hay una sugerencia, una idea, una sentencia que destripar hasta el infinito, tarea mucho más interesante quizá que trazar el mapa de la personalidad del caballero.
No obstante, con la contumacia de los empecinados, insisto y trataré de rastrear ese mapa de la personalidad de D. Quijote sin dejar, por ello, de aventurarme de vez en cuando en el rico pozo de sabiduría que encierra cada línea de la obra.
Así, a vuela pluma, si hiciéramos una encuesta imaginaria sobre qué es un caballero andante a un segmento de la población, incluso mundial, con cierto nivel lector, es muy probable que acabáramos mayoritariamente con el nombre de D. Quijote entre las manos, mucho antes o muy por encima de otras variables o atributos que pudieran darnos una idea de los valores y las formas que identifican al caballero andante frente a otros modelos culturales conocidos, como por ejemplo un cow-boy, un socialdemócrata o un fascista, un samurái o un hombre universal del Renacimiento, por no hablar de un eclesiástico, por ejemplo.
Quizá de éstos y de otros tantos modelos culturales, reales o imaginarios (el buen salvaje o una tribu de guerreras amazonas), podríamos dar cada uno de nosotros, en esa encuesta mundial imaginaria, unas cuantas noticias sobre cada uno de esos modelos, gracias a nuestra modesta formación o, sobre todo, a nuestra inmensa información de la que afortunadamente disponemos hoy vía medios de masas o tecnologías de la información.
Pero, amigos, amable lector, el caballero andante nos cae ya muy lejos, no tanto por el tiempo o el espacio en que se produjo, como por el decidido periclitar de este modelo cultural. Lo grave, lo que dicen los críticos, es que la caballería andante estaba ya prácticamente fenecida cuando Cervantes decide poner en circulación a un entrañable autómata que a la postre será el que haga cuajar en el imaginario colectivo la imagen del caballero andante.
O sea, si la pregunta fuese algo así como ¿qué es para usted un Caballero Andante?, sin lugar a dudas la respuesta mayoritaria sería: Don Quijote, es decir un nombre que designa un personaje concreto, ampliamente conocido. A nadie le saldrían antes los atributos, cualidades, comportamientos o ideales del caballero que el nombre del héroe de La Mancha, lo contrario de lo que nos sucedería si la encuesta estuviera dirigida a definir el modelo del socialdemócrata, por ejemplo.
Pero D. Quijote tiene alma y modos, y maneras que contribuyen a formalizar su carácter y comportamiento. Y eso es precisamente trazar el mapa psicológico del caballero andante.
Tuvo la grandeza y el infortunio de creer que la hermosura de sus pensamientos era la verdad del mundo. (Unamuno).
Después de escribir esto en la entrega anterior creí que ya no podría volver a escribir nada más sobre D. Quijote.
La maravillosa iluminación de Unamuno en el primer capítulo de su Vida de Don Quijote y Sancho, me dejó perplejo y anonadado. Este viejo cascarrabias vasco había dado, prácticamente antes de empezar su libro, en la clave existencial, no sólo de D. Quijote, sino en la de todos nosotros. Esa tensión dramática que recorre toda la existencia humana entre la fluida y abundante marea de nuestros sueños y la chata y pertinaz realidad cotidiana.
La grandeza de D. Quijote es creer en sus principios de manera eficaz e insobornable y defenderlos hasta más allá y por encima de la razón. Su infortunio es que esos principios no son ni se comparten en el mundo en el que él habita. O sea, muy posiblemente como nos pasa a todos y cada uno de nosotros.
Cervantes sabe muy bien que esos principios de la caballería andante, reformulados por D. Quijote, son una fruslería onanista de un pensamiento retrógrado elaborados por una sociedad que carece de otros tipos de evasión como con los que cuenta hoy la nuestra: el cine, la tv, los video juegos o la simple y sencilla libertad de pasear por la calle sin que nadie te lo reproche, sobre todo, si eres mujer.
Por lo tanto, yo me pregunto qué es lo que le lleva a Cervantes a resucitar un modelo cultural en plena decadencia, en vías de extinción, y colocarlo como protagonista de su portentosa novela.
En el S. XVI, Europa da un giro copernicano a su pensamiento y comienza a sentar las bases de los valores y principios morales, éticos y estéticos que conducirán –siglos más tarde- a lo que conocemos como modernidad. Y Cervantes es un hombre de ese S. XVI, aunque lo más importante de su obra aparezca ya en el XVII. Es decir es, como mínimo, un proto moderno.
Si volviéramos a la pregunta esencial y clave de este galimatías cervantino, es decir por qué elige a un loco, frate de una sociedad casi extinta, como héroe de su monumental aventura, sólo parece posible una respuesta que por la misma teoría del hecho literario parece indemostrable. A saber: un loco no es responsable de lo que dice o hace, y hasta la justicia más severa tolerará la desviación mental del héroe con respecto al dogma del momento. A fin de cuentas, el loco, como desvaría, no es peligroso. El vulgo puede reír con él, pero no lo seguirá por los desvariados caminos de su sinrazón. Déjenle que diga, dirá el poder, que está bien que el pueblo se desahogue con las sinrazones de los necios.
Más de uno se escandalizaría si trajéramos a la memoria de estas páginas un libro publicado en 1511, prácticamente un siglo antes del primer Quijote, como posible fuente con la que Cervantes alimentó su pluma. Nos referimos, claro está, al Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam, cuya influencia en España a lo largo del S. XVI ha sido ampliamente estudiada por M. Bataillon y tantos otros cervantistas. No estoy ni siquiera insinuando que haya una relación causa/efecto entre los dos libros (Elogio y Quijote). Sólo mantengo una indemostrable hipótesis: Cervantes eligió por héroe a un loco porque, al no ser creído por causa de su locura, era el único que podía expresar lo que verdaderamente Cervantes pensaba. En resumen, una crítica mesurada y modulada pero endiabladamente feroz contra el poder autoritario, intolerante y torpe de su tiempo, esa casta abotargada a que dio lugar la secular alianza entre iglesia e imperio.

Arturo Lorenzo

Milán, abril de 2016.

Anuncios