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Lo primero es que, rematado el juicio por tanta lectura disparatada, “…le pareció convenible y necesario… hacerse caballero andante y irse por el mundo”, con el fin de ejercitarse en lo que había leído que hacían los caballeros andantes: deshacer agravios y ponerse en peligros para, una vez superados, cobrar “eterno nombre y fama”. Pero, eso sí, sin olvidar una cierta retribución material: antes de salir al campo, D. Quijote ya se imaginaba emperador de Trapisonda “por el valor de su brazo”.

O sea, en unas breves líneas D. Quijote/Cervantes nos expone el objetivo de su transformación de modesto hidalgo manchego a famoso caballero andante. ¿Y cómo se produce esa transformación? Muy fácil: lo primero es recuperar las armas, seña de identidad propia de los caballeros. Segunda cosa, hay que poner nombre a las cosas, es decir, hay que dotar de identidad propia a los atributos y elementos principales que adornan al caballero, no vale un nombre común, como decir: tengo un galgo. Si fuera el caso, el perro de D. Quijote también tendría nombre. Recuérdese que el galgo del hidalgo manchego del que nacerá el ingenioso caballero, tenía atributo: corredor. Pero no tenía nombre.

“Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos”.

El párrafo referido a las armas en este primer capítulo no tiene desperdicio. Cervantes trata la figura del hidalgo con una frescura traviesa que nos permite atisbar la personalidad que irá desarrollando en D. Quijote. Es curioso ya que el hidalgo no manda limpiar las armas, cosa que podría haber encargado al “mozo de campo y plaza”, por ejemplo. Como buen militar no le hace ascos al cuidado de sus armas ni al trabajo de las manos, por lo menos por lo que al armamento se refiere. Y más aún, como primera y única vez en todo el libro, el hidalgo se nos revela como un hombre suficientemente industrioso y con dotes técnicas como para atreverse a componer, o recomponer, sus armas protectoras.

Dice el narrador, acaso Cervantes o quien se esconda tras ese nombre, que nuestro hidalgo se pasa una semana recomponiendo su coraza y que al probar su resistencia quedó desbaratada de una cuchillada. Construye otra –no especifica en cuánto tiempo- aparentemente más sólida, “de tal manera que el quedó satisfecho de su fortaleza, y sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada de finísimo encaje”.

Vamos, que D. Quijote estaba loco, pero no tanto como para pasarse los días probando si las armas construidas por sus manos tenían suficiente capacidad de resistencia ante las posibles futuras cuchilladas enemigas.

Es imposible saber si Cervantes empezó escribiendo el libro por el principio, es decir, por este primer capítulo, ni dónde ni cuándo exactamente lo escribió. Se ha especulado tanto sobre su encierro en la cárcel de Sevilla… Ésta sería la aportación más romántica de la crítica: Cervantes escribió unas páginas para desternillarse de risa en las mazmorras béticas. Se non è vero, è ben trovato.

El lector de hoy, como el de entonces, cae sobre un libro en el que, en las dos primeras páginas, el autor le ha dado ya motivos para caerse de risa de su asiento. Ya lo dijimos hace un año en la presentación de este blog: D. Quijote es un libro de risa, para reírse. Hay que perder el miedo a la sacralidad de los clásicos. Pero, ¡ay, amigo!, la risa nunca ha estado bien vista por los clásicos. Incluso muy mal vista. Recuérdese si no El nombre de la rosa, varias veces citado en estas páginas.

Cervantes pagó el atrevimiento de su genial humorada con el escaso aprecio de los suyos en su época. Era un autor menor, uno que se dedicaba a cosas de chanza y burla. Y así también fue visto por la gran Italia del Barroco, del Neoclasicismo. Ni siquiera llegó el Quijote a Italia con los románticos. Hubo de esperar hasta bien entrado el siglo XX para ser tomado en serio. ¿Qué atrevimiento es ése de hacer del héroe un bufón, se dirían los tardorenacentistas italianos? ¿En qué poética se ha visto semejante cosa? Por fortuna en Francia, Inglaterra y, posteriormente Alemania, vieron pronto que el Quijote abría un espacio de creación y libertad hasta entonces impensable en la literatura occidental.

Pero nos habíamos propuesto hablar de lo que significa ser un caballero andante según D. Quijote y, por tanto hay que volver a ello.

Recuperadas y rehechas las armas que cree suficientes para su oficio de caballero andante, comienza la dificultosa tarea de poner nombre a las cosas. “Fue luego a ver a su rocín… Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría”. Claro, el complemento de las armas, para el caballero, es el caballo, aunque sólo sea rocín flaco. Y le puso Rocinante, “nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo”.

Parece curioso que D. Quijote busque nombre a su caballo antes que a sí mismo. Pero no, el caballo, en la mentalidad caballeresca, es un arma. Además, el arma definitiva que distingue al caballero del plebeyo. Pues apañadas las armas y bautizado el animal, D. Quijote emprende la sobrehumana tarea de buscarse nombre a sí mismo. “Y en este pensamiento duró otros ocho días”.

No viene al caso enfrascarse en lo que significa quijote porque nuestro propósito era descubrir usos y costumbre del caballero andante. Así que ya hemos visto unos cuantos, de tal modo que podemos decir que el caballero tiene objetivos/proyectos (arreglar el mundo), cobrar fama por ello y hacerse con un pequeño imperio (Trapisonda), construir sus armas, caballo incluido, y poner nombre a todas sus modestas posesiones. Bien. Ya lo tiene. Lo hace en unas interminables semanas en su modesto caserío de La Mancha. Pero le falta una cosa fundamental. ¿Dónde se ha visto caballero que no tenga una dama a la que ofrecer sus triunfos y la humillación de sus enemigos?

Entonces aquí Cervantes nos vuelve a sorprender con una humorada que poco a poco se irá convirtiendo en una seña de identidad de toda su obra: el valor y el papel de la mujer en la sociedad. Ya se ha hablado de este preciso asunto de la mujer en otras entradas de este blog, pero será obligado volver constantemente a ello. La dama de D. Quijote no es una muñeca de vitrina ni una casquivana que abandona a su héroe por otros brazos. D. Quijote quiere que los gigantes por él vencidos se presenten a su dama para que “la vuestra grandeza disponga de mí a su talante”.

Como diría Unamuno de este primer capítulo, D. Quijote tuvo la grandeza y el infortunio de creer que la hermosura de sus pensamientos era la verdad del mundo.

Arturo Lorenzo

Milán, marzo de 2016.

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