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William Kent (1742)

Es realmente curioso que el novelista más importante en lengua española —y en cualquier lengua acaso— a punto estuvo de perder la mano derecha por orden de alguacil.

Como es bien sabido, en heroica hazaña contra el turco le quedó inútil la izquierda (Valle – Inclán, otro grande, perdió el siniestro brazo, no tan heroicamente, al pie de la Puerta del Sol). Es curioso, pues, pensar que el gran novelista quizá nunca lo hubiese sido; que no tendríamos el Quijote, vaya.

Llamativo es el asunto: el gran escritor (la gran novela) cercenado, justicia veterotestamentaria mediante, a causa de una desigual e inoportuna reyerta. Tal vez tampoco la hubiese escrito de haber podido hacer las Américas —las Indias de ultramar—, como era su deseo. Intento frustrado (por no hablar de otra de sus decepciones: la poesía, o de las esquivas musas del teatro. Lope era mucho Lope).

“Su fracaso”, sus truncadas ilusiones, llevan, en cierto modo, al gran logro novelístico.

La paradoja nos lega una gran lección: el azar —o lo que sea, un algo de ahí afuera; llámalo x, que diría el vecino espetero— determina, más de lo que se suele creer, el éxito o fracaso definitivo de cualquier empresa, literaria o no. Y es siempre caprichoso.

David Baró

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