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vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

¿Se puede decir más con menos? Ya hemos visto que no nos quiere situar ni en el espacio ni en el tiempo. Ojo, de forma precisa, porque sí nos ha dicho que está en La Mancha y que vivía no hace mucho. Ahora, sin embargo, nos sitúa en casa del hidalgo y la pinta con pincelada hiperrealista. O con aliento cinematográfico que el cine no ha sabido nunca recoger. Tiene una lanza, al menos una. Y la tiene en su sitio. En su versión modernizadora sustituye Trapiello “lanza en astillero” por “lanza ya olvidada”. No creo que sea el más afortunado de sus cambios, precisamente. Al oír o leer esta palabra, astillero, ya totalmente en desuso en el lenguaje moderno con el significado que le confiere Cervantes, me asalta con viveza la relación casi mágica de las palabras con su entorno. La lanza se compone de punta y asta, y para nominar el lugar donde se dejan, ordenadamente, las lanzas, el español no elige la palabra lancero, que podría haber sido, ¿verdad? Pero es bien fea, ¿no es cierto? Así que elige la parte por el todo, se queda con asta y construye, a partir de ahí, el vocablo que designa el lugar donde, dentro de la casa, no se olvide que estamos hablando de un arma, debía estar cuidadosamente colocada: en el astillero. Ya lo hemos dicho otra vez, de paraguas paragüero, de percha perchero, de asta astillero.

Hoy no utilizamos lanzas para casi nada. Sólo para ceremonias oficiales y actos protocolarios que pasean aguerridos guardias en uniformes de época. Pero esas pocas lanzas que se utilizan ¿dónde se alojan cuando no están de servicio? ¿Ya no quedan astilleros en el Palacio Real de Madrid o en El Vaticano, por ejemplo?

Tengo, por fortuna, en casa, uno de esos libros que ya casi no se utilizan y que, ante tanta acumulación como padece uno, es candidato permanente a la hoguera. Pero ya se acaba de salvar. Se trata de la vigésima edición del año 1984, hace nada, del Diccionario de la Real Academia Española. Consulto casi por azar y la primera acepción de la palabra astillero dice: Percha en que se ponen las astas o picas y lanzas. Algún curioso aficionado podría buscar en qué año desaparece tan noble vocablo del DRAE con semejante acepción.

Pero siendo esto grave, la desaparición, no de una palabra sino de una acepción histórica de ella, lo peor está por venir. Porque ¿qué significa que la lanza esté en su sitio? ¿Nos va a decir a continuación dónde está la adarga? Lo primero que significa es que en la casa hay orden. Las cosas están en su sitio, por lo menos las cosas que encierran cierto peligro. La lanza es un arma agresiva que no conviene que ande rodando por ahí. La adarga, o sea, el escudo, es un arma defensiva que en principio no crea ningún peligro. Tal vez por eso no hace falta ponerla, por lo menos en una casa, en un sitio preciso, y tal vez por eso Cervantes no nos informa del sitio en donde se encuentra, sino de su característica fundamental en ese momento de la historia: antigua, anticuada, en desuso. Por asimilación retroactiva perfecta, como dirían los cursis de mi época, entendemos inmediatamente que la lanza también es antigua, anticuada, en desuso.

Pero creo que todavía se produce otra cosa peor al suprimir la palabra astillero. El impreciso lugar del que Cervantes habla, desaparece. Porque una lanza puede ser antigua en muchos lugares, pero en ese lugar/pueblo de la Mancha del que no quiere acordarse, una lanza, en casa, sólo podía estar, si la casa era ordenada, en el astillero. ¿Y dónde está en la casa de un hidalgo manchego el astillero?: en el zaguán. Dice el propio Trapiello, en su entrañable biografía de Cervantes, que una de las cosas más impresionantes del Quijote es que Cervantes nos hace escuchar el silencio de La Mancha. ¿Y qué mejor lugar para escucharlo que el zaguán de tu propia casa después de haber depositado la lanza en su astillero tras un largo día de aventuras, reales o imaginarias, a la espera de que ama o sobrina te acerquen, en el propio zaguán, que es donde se toma la fresca, un cuartillo del áspero vino de la tierra?

Aquí nos ha fallado el cine, porque con la primera frase del Quijote se podría haber hecho un corto o un documental, sin palabras, excepcional, en el que se nos podría haber contado, visualizado, la vida material de un hidalgo manchego. Quizá todavía estemos a tiempo, pero la verdad es que el cine se ha estrellado con el Quijote.

Se nos acaba el tiempo y el espacio para hablar del caballo y del perro. ¿Qué hace un hidalgo ocioso? Cazar. ¿Con qué? Con un caballo y un “galgo corredor”. Claro, el hidalgo apenas tiene hacienda, por lo tanto el caballo se queda en rocín, y además, flaco. ¡Qué ternura, por Dios!, imaginar al pobre hidalgo acariciando su caballo mientras le busca un nombre a la altura de las empresas soñadas.

Del perro ya no se vuelve a hablar más. ¿Para qué? Con un solo adjetivo, Cervantes ha puesto al perro en el sitio que debe estar, que no es un sitio, como La Mancha, que no es un tiempo, que no es preciso, es, simplemente, una cualidad: la que se le supone al perro. A ese perro. Cervantes no habla de un perro de compañía. Ni de un vigilante nocturno. Le llama galgo y sirve para cazar, que era la actividad propia de un caballero de condición hidalga. Tampoco nos dice si el perro era flaco, verde o viejo. Nos da su condición única e indispensable para tan noble oficio como le corresponde: corredor.

O sea, lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Cuatro sustantivos y cuatro maneras de calificarlos para definir de quién estamos hablando. Prácticamente ocho palabras que al analizarlas dan testimonio del héroe al que nos vamos a enfrentar como lectores. No se sabe a ciencia cierta cuándo Cervantes escribió esto, pero estamos hablando de finales del S. XVI o principios del XVII. O sea, que hace poco más de 400 años, un tipo de escaso éxito social y profesional en su tiempo, fue capaz de contar en ocho palabras, más o menos, y en lo poco que va a venir a continuación, las bases morales y materiales de las que surge nuestro héroe.

Así, con una ingente economía de recursos expresivos, es como se construye una lengua. En clara oposición a las retóricas renacentistas y barrocas. Luego, a lo largo del libro, con igual economía de medios, nos mostrará que, además, su proyecto literario, siempre bajo los sagrados auspicios del humor, contiene unos ingredientes de modernidad hasta entonces casi ignorados.

O sea, y volvemos a lo de siempre, Cervantes inventa una cosa que no existía: la novela. En todas las lenguas.

Arturo Lorenzo

Milán, febrero de 2016.

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