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…no ha mucho que vivía… Cervantes también nos niega el tiempo de la historia que va a contar. Pero como pasaba con el lugar, no nos lo niega del todo. Dice que lo que va a contar pasó no hace mucho. ¿Cuánto? ¿Dos años? ¿Diez? ¿Medio siglo? ¿Es importante que sepamos cuándo pasó, en qué tiempo preciso, lo que va a pasar en el libro, es decir, en la ficción? ¿Por qué esa indeterminación espacio temporal frente a tan precisas y sobrias descripciones como van a venir a continuación?

Pasemos por alto el hecho de que hubiese sido insostenible desde el punto de vista del autor no querer acordarse del lugar exacto pero sí saberse de memoria la hora y el día en que el caballero inicia su primera salida en clave de fuga.

Pasemos por alto también que de ninguna de estas dos frases es el autor original. La primera, En un lugar de la Mancha, es un octosílabo del romance El amante apaleado publicado en 1596, y la segunda, de cuyo nombre NO quiero acordarme, es un endecasílabo extraído de la tradición literaria oriental que poco a poco calará en toda la narrativa occidental.

Si la originalidad no es lo que hay que premiar en este caso al autor, si habrá que reconocerle la genialidad de juntar los dos versos con el agravante de a/ utilizar poesía para su prosa, b/ introducir un NO que rompe con la tradición de la ligereza o futilidad de la memoria, para situarse en la voluntad creadora del poeta y así dar origen a un modo de narrar basado en la libertad del creador que moverá a su antojo peones y recursos literarios.

También sucede que La Mancha parece una tierra sin tiempo. O, en todo caso, dispone de ese tiempo uniforme y prolongado que nos permite vivir durante siglos con los mismos objetos, los mismos conceptos, palabras similares y, si no con las mismas personas, sí con el recuerdo, apenas alterado, de algunas de ellas, por los hechos que las hicieron singulares y extraordinariamente famosas, como en el caso que nos ocupa.

Antes de entrar en el hidalgo, que será el protagonista, Cervantes nos ha ya des-situado, si es que eso se puede decir, si es que eso existe. No voy a decir de qué lugar ni en qué tiempo preciso, pero sí les voy a hablar de un caballero concreto, que ustedes no conocerían si no fuese el héroe de esta indeterminación espacio/temporal, querida, buscada y materializada por el poeta (Cervantes es un poeta que no sabe escribir poesía), producto de la influencia de la narrativa oriental. Y de la que Cervantes, sin tener pruebas precisas para certificarlo, seguramente, se impregna en sus cinco años de cautiverio en Argel, amén de la tradición literaria de la península Ibérica, que no sé todavía si la tenemos muy clara. Quiero decir, si tenemos clara la influencia de la narrativa oriental en la manera española, y por ende americana, de narrar, componer, contar, cantar… y supongo que de cocinar y coser también.

Así que no sabe muy bien el lugar ni exactamente cuándo pasó, pero va el gran maestro de la narrativa moderna y nos dice que nos va a contar una historia, perdón, no nos lo anuncia, nos la cuenta directamente, de …un hidalgo de los de…

Cervantes elige como héroe el eslabón más débil de la cadena social. Es decir, elige como héroe al único que verdaderamente tenía la posibilidad de tener todo que perder. Es decir, otra vez, es una clase social que se mantiene viva todavía por la propia inercia de la vida de las clases sociales, que a veces tardan mucho en transformarse o, simplemente, en desaparecer.

El hidalgo del que hablo es, básicamente, un señorito ocioso, aburrido, entrado en años, en muchos años para la época, que vive con hacienda mínima que tiene la fortuna de conservar todavía, más por inercia histórica y social que por algún afán o desliz de carácter productivo, tanto de él mismo como de la pequeña sociedad pobre y acobardada que le rodea. O sea, Cervantes al quitarle a nuestro buen hidalgo el tiempo y el espacio, lo “deslinajuza” y lo “desestirpa”, que no destripa, aunque muy pronto nos especifique lo que mete en su tripa, y lo “destierra”, porque pone a La Mancha como ejemplo de la no-tierra, como Barataria sería la no-ínsula. Es decir, sin decirlo, nos dice que todas las tierras pueden ser cualquier tierra. O sea, está lanzando un poderoso mensaje democratizador igualando hechos, paisajes y personajes y desmitificando así el sagrado nombre de los NOMBRES de la tradición.

En la pequeña sociedad de nuestro héroe hidalgo nada hay que parezca poner en entredicho el orden establecido. Sólo le queda al lector la leve sospecha, o la certeza absoluta, depende cómo se mire a toro pasado, de que en poco tiempo, a poco que se haga, esa sociedad, ese modelo de caballeros hidalgos, desaparecerá para siempre.

Pues este buen hidalgo, además de aburrido y ocioso, tenía un notable defectillo, como pronto nos descubrirá la continuación del relato: se gastaba gran parte de su menguada hacienda, es decir, la pasta, en libros. Que además eran todos de lo mismo y sobre lo mismo. Y, además, se los leía. Es decir, ese buen hidalgo de no sabemos exactamente qué lugar ni qué tiempo, era un drogo-adicto. ¿No hay hoy adictos al juego, al porno, al alcohol o al tabaco y necesitan tratarse? Pues este señor, en el filo del cambio de siglo, del XVI al XVII, era un adicto a la lectura de libros de caballerías, algo así como los “manga” de nuestros tiempos. Y era tan adicto que, como no se trató, “se le secó el celebro” y enloqueció, dando con ello origen a la más bella, compleja y disparatada historia que imaginarse pueda: la construcción de la novela, y, por ende, de la modernidad.

Dice Ángel Rosenblat que “al sustituir el no me acuerdo o el no puedo acordarme por no quiero, transmuta la anodina deficiencia de la memoria, real o ficticia, en un acto de voluntad, lleno de misterio”. Ese misterio que nace de la voluntad literaria de Cervantes, ese pequeño gesto, es el que nos mete en la modernidad: el autor crea personajes que no están sometidos a la poética académica o a los tratados literarios renacentistas que habían puesto al modelo de héroe por encima del héroe mismo.

No parece necesario extenderse mucho más. Cervantes, desde la primera frase del Quijote, pone la lengua a su disposición y contribuye como nadie a que el español alcance una madurez y belleza envidiable. Pero es que Cervantes no sólo escribe desde el español y para los que hablan/leen español. La libertad que Cervantes se otorga al disponer del idioma que domina sin someterse a los dictados de las poéticas y tratados que constreñían de forma abrumadora la libertad de expresión y de creación, no entrega libertad y abre caminos a los creadores españoles o en español. El éxito de sus traducciones y ediciones, ingleses a la cabeza, lo demuestra. En Europa entendieron inmediatamente que Cervantes había abierto una estancia, o quizá mejor, un corredor nuevo e infinito, hacia una estancia en la que por más que se aportase, jamás se llenaría. Esa estancia se llama libertad, y en ella caben todas las lenguas y sus creaciones.

Arturo Lorenzo

Milán, febrero de 2016.

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