Etiquetas

, , , , , , , , ,

En un lugar de la Mancha…, así que Cervantes nos coloca descolocándonos. Cervantes no habla de Macondo…, vaya, ya me voy adelantando. Cervantes habla de un sitio que es y no es, que está por ahí, más o menos próximo, casualmente en nuestro camino, o cerca de él, en donde a lo mejor conocemos a alguien y hemos parado a tomar queso y vino con alguno del lugar. Nada de tierras exóticas, remotas, inaccesibles y llenas de encantamientos y prodigios, aunque éstos se puedan reproducir aquí, como desgraciadamente le van a suceder de continuo al pobre Caballero Andante. En realidad sólo le ocurren a él, y por conveniencia, modo o aventura a su fiel Sancho.

Pero lo sorprendente es que a continuación Cervantes nos dice que no se quiere acordar del nombre del pueblo/lugar. En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…

Los cervantistas clásicos dicen de todo sobre esta voluntad contraria del autor. Lo primero que dicen es que no es que no se quiera acordar, simplemente que no se acuerda. Es decir, que nosotros leemos mal o no sabemos leer lo que de verdad quería decir Cervantes. Porque esto de que no se quiere acordar quiere decir en realidad, eso, que ahora no me acuerdo, vaya, que luego me vendrá el nombre. Y para confirmarlo alegan que toda la tradición cuentística oriental y la que se introduce entre nosotros, quiero decir en España, claro, en la Edad Media y por ende en América, en la Edad Moderna, hace gala de ese no saber poner a ciencia cierta dónde ni cuándo pasaron los hechos que a continuación se van a referir. Ambigüedad e indeterminación que está a años luz de la épica greco latina. Como está a años luz del exotismo y lejanía de que hacen gala los libros de caballería de la tradición galo/sajona.

Nadie explica, entre la grey cervantina, cómo el inicio del libro es oriental y el resto no. No parece que les convenga mucho esto de la influencia oriental, cuando en realidad Cervantes, en el Quijote y en toda su obra, está haciendo referencia constante al conflicto máximo de su época, o lo que él percibe como máximo: la confrontación en aguas y riberas del Mediterráneo de dos culturas, las dos “leyes” de entonces, la cristiana y la musulmana, que se debaten por la hegemonía del mundo. Otra cosa es que luego la Historia dejara a las dos culturas aparcadas, sin hegemonías, ni apenas mundo.

Volviendo al texto, los cervantistas han desechado por completo la idea de que Cervantes quiera decir, de verdad, que no se quiere acordar del nombre del pueblo/lugar que, además, por otra parte, tampoco tiene mayor interés para el desarrollo de la historia, a no ser el puramente necrológico. Imagínense que ya que no hemos encontrado los huesos de Cervantes, encontramos los del Quijote, en Villarrubia de los Ojos, en El Provencio o en la propia Argamasilla.

Yo no tengo más remedio que aceptar los postulados de los cervantistas, para eso estudian tanto, y decir que si no quiero acordarme quiere decir que ahora no me acuerdo y dentro de un rato, tal vez, sí, vale. Pero, ¿y si me creo lo que dice Cervantes? ¿No pone verde a la “Academia” de Argamasilla de Alba? ¿Y si a Cervantes le pasara como al Machado de tres siglos después que no puede soportar a aquellos palurdos que “desprecian cuanto ignoran”?

Cervantes, héroe mutilado de Lepanto y los Tercios, aunque en Italia, que eran otra cosa, lector incombustible, hombre culto, cultísimo, aunque “lego”, es decir sin estudios superiores, viajero infatigable, escritor que nunca acaba de explotar, funcionario en funciones, arriero, uno más, por los caminos de la Mancha, con su rancio vino y sus polvorientas vides, el hombre de las ventas y los andurriales, el malcasado y perseguido por la justicia, el aspirante a todo y en nada resuelto, ¿amaba la Mancha? ¿O quizá quiso decir que vio en ella y en todos los dominios por los que se mueve su Quijote, la España que no quería, la que creaba los hombres y luego los destruía, como en la mejor tradición de la literatura hispánica medieval? Quizá quiso decir que no quería acordarse para no sentir el dolor cósmico e intolerable de una cultura intolerante y bárbara que él había aprendido a descifrar y a hacer compatible con la cultura contraria y opuesta en la que había sufrido cautiverio, en la que había arriesgado su vida, pero de la que aprendió otra manera de hacer y, seguramente, de narrar.

Mira, chaval, me parece oír decir a Cervantes, no voy a nombrar a nadie, pero, tú y los tuyos, sois unos bárbaros. Y para combatiros, para abrir una puerta de respiro hacia la libertad, me voy a inventar un personaje, uno de aquí, de todos los días, algo chiflado, que pueda ir contando, sin que me apaleen, lo que tenéis que arreglar para poder vivir, no sólo en paz con el enemigo, sino en paz con vosotros mismos. Así que hablo de un tipo medio loco, en un pueblo de un sitio raro del que no me quiero acordar porque todos, los tipos y los lugares, son de juzgado de guardia. Y además así cumplo con la tradición oriental que dicen los cervantistas. ¿Te parece?

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…, me suena de otra manera. Hay una voluntad de no nombrar lo que sería muy fácil de nombrar, y ese ocultamiento, ambigüedad, indeterminación, se convierte en un elemento poético transferible a todas las culturas, a todos los espacios, a todos los tiempos, aunque el tiempo sea materia de otra entrega. Los árabes ven como suyo un personaje clavado entre la materialidad y el altruismo, los rusos conectaron el primer día con los desiertos soviéticos de la Mancha, los alemanes le vistieron con la levita de los ideales románticos, los ingleses se adelantaron a todos brindando su punto de heroísmo a las causas perdidas de sus propios héroes, los franceses lo hicieron cortesano a pesar suyo y los italianos, incapaces de librarse del esplendor del renacimiento, nunca lo comprendieron. Pero Cervantes, que a finales del S. XVI había adquirido la talla de escritor que evidencia con la publicación de la I parte del Quijote en 1605, abre una aventura en Europa que no hemos terminado de consumir: sabe qué contar y sabe cómo contarlo. Se llama novela, que consiste en un género literario que no tiene reglas, o mejor, que las va creando a medida que las construye, porque en la construcción de esas reglas no interviene como en la Antigüedad o en el Renacimiento un excelso prócer consentido y consensuado por todos (el pequeño grupo de consensuadores), sino un conjunto extremadamente complejo de actores: autor, editor, impresor, lectores, crítica, mercado en el más amplio sentido…

Saber qué contar y cómo contarlo. Sí, así también se hace lengua.

Arturo Lorenzo

Milán, febrero de 2016.

Anuncios