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Cristo en casa de Marta y María, de Diego Velázquez

1)   La vida doméstica

En el Siglo de Oro,  dos elementos fundamentales influían sobre la vida domestica:   la vivienda  y el mobiliario.

La vivienda:  –  En aquella época la mayoría de las viviendas eran propiedad de las familias que las habitaban, pero también existían viviendas alquiladas, cuyos contratos solían firmarse el día de San Juan.

Los criterios que diferenciaban las viviendas eran:  la clase social y la ubicación.
Los estratos más pobres de la población ocupaban “casas de vecindad”  de una sola planta,  hechas de adobe (barro y paja secada al sol)  o ladrillo (pieza de barro cocido), rodeaban un patio central  y cada familia residía en un piso con dos únicas habitaciones:  sala  y dormitorio.
Tal vez en las  casas  de dos plantas vivían dos familias, una encima de la otra.   Para la iluminación  se utilizaban candiles  “mortecinos”, que daban luz débil  y  expandían una gran cantidad de humo.

Las viviendas de las  clases  ricas eran  más amplias, de dos o tres plantas, hechas de piedra.   En la fachada siempre aparecía el escudo familiar,  tallado  en piedra, que evidenciaba la nobleza de la familia.
Se entraba a través de un vestíbulo pavimentado.
En la planta  alta se situaban los dormitorios, con anchas ventanas y  balcones,  Generalmente los dormitorios eran austeros, con camas cubiertas con doseles  (baldaquines), que tenían cortinas para la  intimidad  y para mitigar el frío.
En la planta baja las ventanas eran enrejadas y pequeñas, para impedir la visión hacia el interior.   –   En este lugar se  situaban la cocina y  los salones, cuyo número se relacionaba más con la riqueza del propietario que  con la cantidad de familiares.  El lujo, la biblioteca y el mobiliario, eran  indicadores de la posición social del dueño.  –   La iluminación se realizaba mediante velas de cera, y lámparas de aceite, también múltiples.
La calefacción mejoró bastante con el uso de braseros, donde se quemaban huesos de aceitunas.

Ángel Lizcano y Monedero - Agua va

Ángel Lizcano y Monedero – Agua va

A pesar de la riqueza de los moradores,  las casas solían carecer de cuartos de baño y retretes.  – Hacían sus necesidades en contenedores  llamados servidores,  que se vaciaban  a la calle, por las ventanas, dando origen al  famoso  grito: “agua va”.   –  Habitualmente los “servidores” se ponían en un lugar apartado de las habitaciones, para evitar malos olores.
Las calles eran el último lugar donde acababan excrementos y toda clase de basura. – La contaminación atmosférica  era notable,  las exhalaciones de los excrementos, que se acumulaban, causaban  enfermedades.
Por eso, en el mes de septiembre de 1639 (reinando Felipe IV)  el Ayuntamiento de Madrid lanzó un pregón (bando), que obligaba a los ciudadanos a no tirar la basura por las ventanas, sino colocarla, por la noche,  fuera de  la puerta principal,   pena el pago de una multa o recibir 100 azotes.

El mobiliario  –   hablaba sobre el nivel económico de los propietarios.   Salvo en las casas de alta nobleza, los muebles eran escasos,  una mesa y algunos bancos  eran las piezas fundamentales.
Las sillas apenas aparecían, ya que lo habitual era sentarse en el suelo o en cojines.  –   Se dormía habitualmente en camas de red colgadas, que se recogían durante el día, o en colchones tendidos en el suelo  y  sólo en pocos casos en camas de madera.

La cocina, además de su función alimentaria, era el punto  de reunión de la familia, en este lugar pasaban la mayor parte del tiempo.
Los utensilios que habitualmente  se utilizaban no eran numerosos: sartenes, diferentes pucheros de barro,  morteros de madera o de bronce, escudillas,  tazas y cucharas.
Los tenedores apenas se conocían,  para alcanzar una  difusión generalizada, en España,  hay que llegar al Siglo XVIII°.
Los objetos de  cristal  y  porcelana  y las vajillas de plata eran de uso exclusivo de las clases ricas, especialmente las  últimas eran símbolo de riqueza y prestigio,  y dieron origen alla proliferación de plateros.

Las paredes de las viviendas humildes solían estar desnudas, aunque se extendió el uso de decorarlas con estampas de tema religioso.
Las ventanas se tapaban con papel encerado, que a duras penas impedía la entrada del agua y del viento, dejando pasar una luz tenue.
Los paredes  de las viviendas acomodadas  se decoraban con “guadameciles” (planchas de cuero repujados), con dibujos en relieve y en las ventanas empezaban a usarse cristales.

2)   Alimentación

La alimentación reflejaba perfectamente la profunda diferencia social existente.
En las clases populares el alimento básico era el pan,  preparado con  trigo, en caso  de extrema necesidad  utilizaban  la cebada (orzo), un cereal parecido al trigo y a la avena, usado  para alimentar el ganado.
En los territorios del norte predominaba el pan negro de centeno  (segale), o de otros cereales de inferior calidad, como el  mijo. 
Al  pan solían añadir cebollas, ajos,  queso  o  lo comían untado con aceite o vino.  Apenas consumían carne o pescado y si lo hacían era de baja calidad.
Las familias gastaban la mayor parte de su presupuesto en la compra de cereales, especialmente trigo, por eso las autoridades controlaban atentamente el abastecimiento de  trigo  y el mantenimiento de un nivel de precio aceptable, pues una crisis económica  podía provocar graves rebeliones.
Así, en  la “Tierra de campos”,  el triángulo constituido por las ciudades de Burgos, León y Palencia,  en el 95% de la superficie de ese territorio se cultivaban  trigo y cebada (orzo).
En los territorios del norte de la península  la castaña fue un alimento importante y a partir del siglo XVII se difundió progresivamente el cultivo del maíz.
En las clases acomodadas  el consumo de pan disminuía y aumentaba el de  carne:  de vaca, cordero o de caza.
La verdura se despreciaba y la fruta se consideraba poco idónea para el consumo, se prefería tomarla en forma de confituras.
La leche  era un alimento poco apreciado,  parece ser que a los infantes reales, a los tres años, se les quitaba  la leche para pasar  a una dieta  con proteínas de carne.
El enorme y continuado consumo de carne, sobre todo en las mesas de Corte, provocaba con frecuencia la enfermedad de la gota,  producida por una acumulación de ácido úrico en las articulaciones y en los riñones.

lechazo_horno_leaLa carne se preparaba “guisada” (trozos de carne con patatas y salsa), aliñada con abundantes  especias: pimienta (pepe), clavo (chiodo di garofano), azafrán (zafferano), canela   y  hierbas aromáticas:  albahaca  (basilico),  hinojo,  laurel, menta,  salvia, romero (rosmarino), que contribuían a proporcionarle un fuerte sabor, pero también a  disfrazar  su deterioro, o el gusto a sal utilizado para la conservación.
Uno del los platos más conocidos era la , un plato de carne de cerdo, con legumbres, hortalizas, judías, tocino, etc (plato combinado).
Podrida” porque la carne y los ingredientes  se cocían muy despacio hasta llegar a deshacerse, y era eso lo que  daba gusto a la comida.
En 1599  el maestro cocinero de Corte,  Diego de Granada,  publicó un  libro  con  763 recetas,  de  pescado  y carne, sobre todo de carne.  Muchas  recetas procedían de un libro de Ruperto de Nola, cocinero del virrey de Nápoles, imprimido en Valencia en 1525,  pero tuvo tal éxito que tuvo 10 reimpresiones.

El pescado, salvo en las zonas costeras, tuvo una importancia menor, aunque su consumo, sobre todo de pescado salado, subía notablemente durante la Cuaresma, por obvias razones religiosas, a pesar de que la compra de las bulas proporcionaba una notable exención.

El vino  era la bebida habitual, pero se bebía con moderación, tal vez  mezclado con agua,  como lo aconsejaba la mayoría de los médicos.
En las regiones del norte se prefería  la sidra.
La cerveza fue introducida en España en la época de Carlos V°,  fue rechazada durante mucho tiempo por su origen extranjero.

Las mujeres del pueblo  apenas  consumían vino  y  en los varones el promedio era de un cuarto de litro al día, aunque en el campo aumentaba su consumo para incrementar el aporte calórico, en sustitución de la carne.
A causa del consumo limitado del vino  la borrachera  no era habitual.
Llamar “borracho” a un español en el “Siglo de Oro” era un insulto muy grave.
En las clases acomodadas el agua no era muy apreciada, porque tal vez provocaba  trastornos  de tipo intestinal, de ahí un consumo de vino más elevado a cualquier hora del día.

Las bebidas refrescantes estaban muy difundidas, eso obligó a las autoridades a tener “neveros”, pozos de nieve, para el abastecimiento de este elemento de  refrigeración en pleno verano.
La nieve se acarreaba a lomos de caballería  desde el monte a la ciudad.
Muy apreciadas las  bebidas como la “loja”, mezcla de agua especiada y miel  y el “hipocrás”, vino azucarado con especias, que se servían frías.
El  Siglo de Oro asistió al triunfo del chocolate,  cuyo consumo se difundió de las clases altas  a  las bajas, con gran rapidez  en virtud de un proceso de “mimetismo social”  presente en todas las épocas.
Se tomaba para merendar, acompañado con dulces de hojaldre (pasta sfoglia), buñuelos (frittelle) y pestiños (dulces de harina y huevos fritos en aceite y cubiertos de miel).

Vieja friendo huevos de Diego de Velásquez

Vieja friendo huevos de Diego de Velásquez

Una comida al día era la norma general.  Entre las clases acomodadas la comida se componía de uno o dos platos de carne, sustituidos por el pescado o huevos en Cuaresma.  Las clases más modestas comían algo de carne de cordero o cabrito. Los más pobres comían legumbres, hortalizas, queso y aceitunas.

3)   El vestido y el arreglo personal

El vestido ha sido siempre un elemento de distinción y de diferencia social.
La sobriedad y el color negro eran elementos predominantes y sólo durante el reinado de Felipe III  (1598-1621) aparecen colores más vivos.

La  Indumentaria masculina  constaba de  Jubón (prenda antigua que cubría desde los hombros a la cintura),  calzas sayo (prenda ancha, sin botones que llegaba hasta las rodillas).  Para abrigo se usaban  el  zamarro (chaquetón hecho  con piel de carnero),  el   tabardo (abrigo sin mangas, hecho de paño o de piel), el  bernia (capa  de tejido grosero de lana).
El sombrero,  la espada y  el tahalí, (especie de correa para sostener la espada) cruzado sobre el torso, eran  otros elementos que denotaban  distinción social e hidalguía.
Las clases humildes llevaban calzones largos o cortados en las rodillas, camisas de tela, una capa “basta” (rozza),  y sombreros de ala ancha y caídas.
Como calzado predominaban las alpargatas (espadrillas con suela de esparto que se sujetaba con cintas al tobillo), las abarcas  (sandalias de cuero con suela de goma), y los zuecos (zapatos de madera hechos de una sola pieza, que usaban los campesinos).

El peinado masculino sufrió modificaciones en todas las clases sociales.
En el siglo XVI  se llevaba el pelo corto y  barba  “poblada”,  en el siglo XVII se impuso el pelo largo  con  rizos (riccioli), la barba se redujo a una exigua perilla (barbetta) y  bigotes bien atusados (ravvivati).

La infanta María Teresa con guardainfante de Diego de Velásquez

La infanta María Teresa con guardainfante de Diego de Velásquez

Indumentaria femenina: 
Era mucho más compleja que la masculina y ofrecía un mayor contraste entre las clases humildes y acomodadas.
Las  clases humildes  usaban faldas largas y lisas,  camisas sencillas, pañoletas  (chales triangulares que cubrían los hombros)  y  mantos de paños o de lana.
En las  clases acomodadas  la prenda más llamativa era  el guardainfante, un  armazón (intelaiatura) con varillas de ballenas, semejante a un amplio paraguas, desde la cintura, cubierto con enagua (sottoveste) y basquiña (falda larga con pliegues, generalmente negra).  –   Cayó en desuso a lo largo del Siglo XVII  a causa de su incomodidad  y las críticas de los moralistas que lo consideraban  un medio para disimular embarazos ilegítimos.
Entre los calzados predominaban los chapines (zuecos con suela de corcho – sughero), que proporcionaban altura.

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) copia de Diego de Velásquez

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) (copia de Diego de Velásquez)

En el siglo XVII se pusieron de moda las gafas, a cuya difusión contribuyó el poeta Quevedo  (retrato de Velázquez).
Las medias,  normalmente de seda,  eran cortas,  también los guantes eran cortos y abrochados en las muñecas.
El maquillaje (trucco) era muy recargado,  se usaban cosméticos y perfumes,    como el agua de azahar (zagara) y de rosas.
La piel se blanqueaba con solimán, (cosmético a base de preparados de mercurio),  las mejillas se pintaban de ocre, los labios se enceraban  y  los ojos y cejas  se perfilaban con coloretes (rossetti).

El peinado femenino  sufrió modificaciones contrarias al masculino.   En el Siglo XVI la mujeres llevaban el pelo largo, formando  trenzas o colas recogidas sobre la cabeza.  Al entrar  el Siglo XVII cambió la moda, el pelo se acortó y se adornó con cintas y plumas. Empezaron a usarse los sombreros y las viudas y personas de edad se cubrían  la cabeza con tocas (prendas de tela de diferente forma).

Por  lo que se refiere a la higiene personal,  la gente se preocupaba muy poco.
La suciedad era evidente en varias partes del cuerpo, especialmente en las uñas.  El baño no era habitual, más bien era desaconsejado, porque se creía que las enfermedades podrían entrar por los poros de la piel.
Parece que también  Don Quijote rechazaba el baño, a lo largo de su historia se bañó sólo dos veces.  Una vez por voluntad propia, en la casa del Caballero del Verde Gabón  (II°  XVIII°)  y  la otra cuando cayó en el río Ebro.

La falta de higiene afectaba también a las ciudades,  con calles angostas, llenas de polvo en verano y barro en invierno, con el suelo cubierto de hortalizas, inmundicia, líquidos orgánicos  y sin iluminación nocturna.
Los delincuentes aprovechaban la poca iluminación para asaltar a sus víctimas.
Ésta era la situación higiénica en el siglo XVII,  y en la primera mitad del Siglo XVIII la situación no había mejorado mucho.

Cuando Carlos III° abandonó Nápoles y regresó a Madrid (150.000 habit.en aquella época) para subir al trono, porque  había fallecido su hermanastro Fernando VI° sin dejar descendencia, encontró una ciudad con un aspecto miserable:

  • Los ciudadanos no contaban con agua suficiente;
  • Los cerdos paseaban tranquilamente por las calles;
  • No había iluminación nocturna:
  • No había pavimentación en la calles.

Carlos III°, con la ayuda de su primer ministro el Marqués de Esquilache, intentó modernizar la ciudad con:  paseos,  jardines, pavimentación, iluminación nocturna y sobre todo construyendo fosas sépticas, era la época en que se arrojaba el agua a la calle.
Se remontan a esta época importantes obras realizadas por  Carlos III°:
La  Puerta de Alcalá, el Jardín Botánico, el Museo del Prado.  Por todo eso Carlos III° fue definido el “mejor alcalde de Madrid”.

Desgraciadamente ocurrió algo no previsto.  El Marqués de Esquilache, para mejorar la seguridad de los ciudadanos, quiso imponer la eliminación de las capas largas, porque permitían ocultar armas, y de los  sombreros de ala ancha,  porque favorecían  el anonimato.  El pueblo consideró estas medidas como una moda de procedencia extranjera, y estalló una revuelta que se concluyó con la salida de Esquilache al destierro.
Fue sustituido al gobierno por el Conde de Aranda.


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