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Todo lo que nos parece normal hoy tendemos a pensar que ha existido siempre. Pero no es así. A nadie se le ocurre pensar ahora que por discrepar de la opinión de otro sea uno sujeto de insulto, reprobación, castigo o muerte. Pero en la época de Cervantes era así. Nadie podía poner en tela de juicio la “verdad revelada”. La Biblia. Acuérdense de Galileo. Esto eran palabras mayores, pero tampoco nadie podía poner en tela de juicio la legitimidad del orden establecido por la sociedad estamental. Ni tampoco, ni siquiera en el reducido ámbito de la literatura, nadie podía cuestionar la autoridad de los clásicos. Para hacer una “buena” poesía había que hacerla según el dictado de Aristóteles, reinterpretado por los tratadistas del Renacimiento, a la sazón, mayoritariamente italianos.

Todo el Renacimiento español del S. XVI, modesta periferia del gran Renacimiento europeo, ya daba claros síntomas de ruptura radical con el mundo antiguo. La Celestina, El Lazarillo, la tardía aparición del Guzmán de Alfarache, por citar ejemplos mínimos, están alumbrando, lejísimos de los postulados de los tratadistas italianos, el nacimiento del hombre moderno, cuya máxima aspiración será el reconocimiento de la absoluta libertad individual. Por lo menos, la libertad de conciencia. Se tardará más de un par de siglos para que esa libertad adquiera la categoría de derecho.

En esa trayectoria Cervantes ocupa un puesto medular. Y no lo hace desde las armas, quizá como a él le hubiera gustado. Ni siquiera desde la filosofía o el ensayo, que pronto, con Montaigne a la cabeza, empezaría a correr libre y desmedido por toda Europa. Lo hace desde la risa con un invento de la casa que sigue vigente hasta hoy: la novela.

Decíamos ayer…, que el Quijote lo que necesita es un plan pedagógico de lectura. No vale con leerlo. Hay que comprenderlo. Esto que parece una obviedad, no lo es tanto porque ya decíamos que lo que hay que comprender del Quijote no es su lengua (la mejor salsa es el hambre, por poner un ejemplo, lo entiende todo el mundo). Lo que hay que comprender, y para ello hay que conocerlo, es su mundo y su tiempo. Todos podemos leer hoy la Lolita de Nabokov, por poner un desafortunado comentador del Quijote, y pasar por encima de decenas de palabras cuyo significado exacto se nos escapa o permanece impreciso, pero el contexto, que es más o menos el nuestro, nos permite acomodarlas, asegurándonos una comprensión global de la historia.

No pasa lo mismo con el Quijote. Nadie sabe hoy lo que es un astillero, una adarga o identificamos un palomino como pollo de paloma. Pero es muy fácil explicar que un astillero es a la lanza lo que el paragüero al paraguas, que la adarga es un tipo, entre mil, de escudo y que la segunda acepción de palomino en el DRAE es un rastro de mierda en la ropa interior. Esto sin salir del primer párrafo del Quijote. Con su vasta ironía.

Lo moderno, la gran revolución cervantina, lo que hay que incluir en un pautado plan pedagógico está a otro nivel, no en las palabras antiguas que no comprendemos porque han caído en desuso y/o porque aquello a lo que hacen referencia ha desaparecido. Lo moderno, lo que hay que poner en el plan pedagógico, más allá de las carcajadas que levanten los frustrantes desvaríos de nuestro héroe, son cosas tales como la lengua, la duda en libertad o el proyecto de liquidación del Antiguo Régimen.

Cualquier lector avisado sabe que leyendo el Quijote de Rico con su aparato crítico y sus notas o la introducción y notas de Florencio Sevilla a su edición, está en camino de saber, con sus polémicas y lagunas, todo lo que se puede saber sobre el Quijote, Cervantes y su época. O sea, el aparato crítico de saber está constituido. Lo que se necesita es rendirlo asequible a un público no avisado, como por ejemplo, los jóvenes. Si fuera una tarea de Estado, la comisión creada para festejar el 400 aniversario de la muerte de Cervantes debería tener como tarea prioritaria crear ese plan pedagógico. Creo que incluso en el terreno comercial, una editorial inteligente y arriesgada podría hacer un gran negocio. Piénsese que el Quijote no es pasto de lectura exclusivamente español. El Quijote es patrimonio también de toda América y que los hispanistas del mundo árabe no dejan de considerarlo como un libro genial en la tradición de su gran narrativa oral.

Decía el profesor Rico que a los jóvenes había que enseñarles el Quijote utilizando sus armas, es decir, retwitearlo. Desde luego es una forma de acercarlo a través de las miles de frases brillantes y rotundas que encontramos en el libro. En el Madrid posbélico de mis abuelos, en ese Madrid preamotinado y guarnicionero que diría Umbral, en torno al fogón de leña yo escuché frases, refranes, chirigotas y palabras que más tarde descubrí que estaban en el Quijote. Tal vez los planes pedagógicos de la comisión de Tercer Centenario de 1904 dieron algunos frutos a través de maestros anónimos y entregados a la causa quijotesca.

Yo, si fuera profesor de Enseñanza Media, les pondría una tarea muy sencilla a los alumnos: twitéanos a toda la clase un refrán del Quijote y el próximo día lo comentamos entre todos. Pero incluso para esto tan elemental, el profesor debe tener los instrumentos pedagógicos imprescindibles para que los comentarios adquieran una dimensión formativa que vaya más allá de la risa por la risa y que ésta alcance el valor de ironía, rebelión y revolución que tiene, o puede llegar a tener, en la obra de Cervantes.

Lázaro Carreter - Las voces del QuijoteDecíamos un poco más arriba que lo que hay que poner en valor en un futurible plan pedagógico son cosas tales como la lengua en sí misma. Intuitivamente cualquier lector sabe de la polifonía extraordinaria de voces que Cervantes introduce en el Quijote. Incluso el propio caballero andante no habla siempre igual, ni mucho menos. Pero si alguno, por necesidades profesionales o por simple placer de ampliar sus conocimientos, quiere ir un poco más allá de la intuición, le recomiendo el prodigioso estudio preliminar que el maestro Lázaro Carreter hace sobre Las voces del Quijote en la edición de Rico (Instituto Cervantes/Crítica).

La lengua, la manera de hablar, y de escribir, se convierte en un poderoso instrumento de transformación social. La lengua de la calle toma el poder. Sin disparar un solo tiro. Y hace que las personas, incluso las de ficción, hablen como personas, como las personas cambiantes que son a lo largo de su historia, de sus circunstancias y de su vida. A los pobres tratadistas del Renacimiento jamás se les hubiera ocurrido semejante cosa. Y así seguimos escribiendo hoy. Como nos enseñó Cervantes.

Arturo Lorenzo

Milán, San Esteban, 2015

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