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astillero de lanza

¿Cuál es la patria de Cervantes, la nación, que se decía entonces?

Quizá les parezca una pregunta retórica, pero hace poco más de 100 años, en torno al tercer centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, el tema se convirtió en un arma arrojadiza, porque es cuando más se intenta instrumentalizar por parte del “nacionalismo españolista” la idea de que el Quijote, incluso, claro, por encima de Cervantes, representa mejor que nadie el alma nacional, que se acaba confundiendo con el alma castellana, e incluso con el alma de la prensa madrileña del momento. Eran tiempos en los que la filosofía más seria se interesaba por el alma colectiva de los pueblos.

Como ya no nos ocupamos de las cosas de las que se ocuparon nuestros abuelos, no tiene sentido reproducir la gran polémica que se generó en el país en torno a una efeméride que en un principio se planteó como la única posible de consenso. Cosa que jamás ocurrió. El consenso, quiero decir.

Conviene recordar que en aquel remoto 1904, España acababa de perder sus últimas posesiones coloniales convirtiéndose no sólo en el hazmerreír del mundo, sino también de los nacientes, pero ya bien asentados, nacionalismos vasco y catalán que reprochaban al gobierno de Madrid, y a la mentalidad ensimismada y quijotesca castellana, la humillante derrota.

El Quijote desde el nacionalismo catalán, en torno al Tercer CentenarioNo se les ocurrió a los políticos de la época otra cosa que tirar de Cervantes y su Quijote para tratar de crear en torno a él una gloria nacional que simbolizara la grandeza de ser español y hablar la lengua de Cervantes. La polémica se alargó durante más de 20 años y está magníficamente estudiada, para el caso catalán, por Carme Riera en un librito sucinto y sabrosísimo: El Quijote desde el nacionalismo catalán, en torno al Tercer Centenario, publicado por Destino en 2005.

Sí, y así lo hemos comentado en anteriores ocasiones, Cervantes y su Quijote han servido durante demasiado tiempo para tomar posición en torno a una patria en la que seguramente el autor jamás pensó. Pero así son las cosas de nuestra humana condición: tratar de aprovechar los iconos como símbolos de una grandeza que sólo se suele utilizar como arma arrojadiza contra otras grandezas, tan respetables y discutibles como aquélla desde la que se arroja el símbolo.

Por fortuna vivimos otros tiempos. No todos los fuegos de entonces se han apagado y muchos otros han aparecido, pero desde la perspectiva de hoy podríamos decir que algunos prejuicios han desaparecido. Antropólogos y lingüistas nos han enseñado que no hay lenguas superiores a otras, cosa que hace 100 años no parecía evidente. Nuevos cánones morales han venido a informarnos de que tampoco hay culturas superiores e inferiores. Hay culturas dominantes, que es otra cosa, y hay lenguas más extendidas y habladas que otras, pero a nadie se le ocurriría decir hoy que el chino es superior al urdu, por ejemplo. Otra cosa es la capacidad de producción, que diría el maestro Eco, donde las principales variables ya pasan a ser técnicas y económicas.

Pero no divaguemos. Cuando Carlos Fuentes dice que pertenece al territorio de La Mancha, inaugura, consciente o no, una nueva era: la transnacional. De repente, derrumbó fronteras, visados, trabas administrativas. Lo dijo como lo ha hecho Goytisolo: mi patria es la lengua de Cervantes. Y resulta que hay millones de gentes que pertenecen a la misma patria, aunque administrativamente estemos encuadrados en demarcaciones territoriales diversas, en geografías distantes. Porque él, como tantos otros, odia su país administrativo por diversas y variadas razones. Pero él, y todos los que con él levantan su voz contra su país administrativo, saben que tienen ese territorio irrenunciable desde el que pueden clamar para conseguir el segundo rasgo determinante de la patria a la que aspiran, como lo hizo Cervantes: libertad.

De hecho, la literatura, porque La Mancha a la que se refiere Carlos Fuentes es un territorio básicamente literario, se convierte así en un territorio común para millones de personas en libertad. Porque aunque las distintas censuras no dejen llegar los libros de otros, o de los nuestros, se sabe que existen y que algún día caerán, por fin, en nuestras manos.

Es evidente que este razonamiento es extrapolable a todas las lenguas, pero claro, hay que volver a Eco y saber qué hay del esfuerzo y capacidad de producción. Sin siquiera entrar en la discutible calidad de las cosas literarias.

Lo cierto es que El Quijote es la calidad por excelencia y habría que ser capaces de hacerlo accesible a todos los lectores en español. Se han intentado miles de fórmulas a lo largo ya de varios siglos. Cierto que la lengua del S. XVI/XVII no es la de hoy, pero en realidad lo que no es de hoy es/son esos siglos, que es, quizá, por donde habría que entrar a hacer asequible el conjunto de la obra.

Cervantes no conoció lo que era un bolígrafo BIC. ¿Cuánto tiempo le habría llevado descubrir de qué se trataba y ponerlo en uso sin tener que esperar a remojar el plumín? Pues lo mismo, pero al revés. Una mirada a la historia. Tenemos muchas ayudas: el cine, los espectáculos, los museos, las casas/museo de los autores…

Como muestra, un botón. Mi admirado Andrés Trapiello acaba de publicar una traducción, que apenas he ojeado, del Quijote a una lengua actual para hacerlo accesible al público de hoy. Ingente y loable esfuerzo. Pero cuando Cervantes dice/escribe “… vivía un hidalgo de ésos de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco…”, sustituye lanza en astillero por lanza olvidada. Para la mayoría de los hispanohablantes de hoy un astillero es la fábrica de barcos. Sin embargo estamos hartos de ver en películas de la época el astillero al que se refiere Cervantes: ¿adónde van los soldados de un castillo a coger sus lanzas cuando se produce una alarma? ¿Están las lanzas encima de la mesa o tiradas por el suelo? No, las astas de las lanzas están en los astilleros. Y cada hidalgo tenía su pequeño astillero en casa. En alguna casona nobiliaria de La Mancha aún se pueden ver.

Lo que necesitamos no es obligar a todos a leer el Quijote. Necesitamos un plan pedagógico para profesores de literatura e historia para ayudarles a transmitir a los lectores, niños o adultos, la lengua común que nos une en esa patria imaginaria de La Mancha, y disfrutar de la libertad conceptual y creativa que de ella se desprende.

Si los Estados no son capaces de ponerlo en marcha, alguna editorial podría atreverse con ello.

Arturo Lorenzo

Milán, Navidad de 2015

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