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“DE LA EXTRAÑA AVENTURA QUE LE SUCEDIÓ
AL VALEROSO DON QUIJOTE CON EL BRAVO CABALLERO DE LOS ESPEJOS [70]”

—Así es verdad —replicó don Quijote—, porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, este el mercader, aquel el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales.
—Sí he visto —respondió Sancho.
—Pues lo mesmo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban y quedan iguales en la sepultura.
—¡Brava comparación! —dijo Sancho—, aunque no tan nueva que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
—Cada día, Sancho —dijo don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto.

(Pasaje de: Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha., edición de Florencio Sevilla Arroyo, parte II capítulo 12)

Notas:
El texto de Miguel de Cervantes está en formato normal y en cursiva los comentarios.

[70] El personaje que protagoniza este episodio se autodenomina Caballero de los Espejos, como figura en el epígrafe; sin embargo, el narrador lo llama Caballero del Bosque y, más adelante, en el capítulo 14, Caballero de la Selva, porque don Quijote lo encuentra en una floresta.
[71] Niso y Euríalo son dos personajes de la Eneida de Virgilio; Orestes era hijo de Agamenón y Clitemnestra, y Pílades estaba casado con Electra, hermana de Orestes. Son símbolos de la amistad.
[72] Estos versos pertenecen a un romance que se incluye en las Guerras civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita. El que se cita a continuación («De amigo a amigo, la chinche…) es un romance o canción que no se ha logrado identificar. Se ha conservado como refrán: «De amigo a amigo, la chinche en el ojo», que se usaba para advertir que había que tener cuidado incluso con los amigos más íntimos.

Comentario del capítulo:

Si bien es cierto que este capítulo XII se presenta como una introducción a la aventura de Don Quiote con el caballero de los Espejos, de la que se hablará a lo largo de los capítulos sucesivos, yo he preferido elegir como extracto principal un texto que nos habla del teatro, gran espejo de la comedia humana y que concluye con esta reflexión universal:
acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales.
Pero esta elección no está totalmente desvinculada de la famosa aventura farsante. Don Quijote, hablando con Sancho, dice que la comedia tiene un gran mérito poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana. ¿Por qué se llama entonces “de los espejos” el caballero que don Quijote y Sancho encuentran en el bosque donde descansan? Descubriremos más adelante la respuesta aunque ya podemos anticipar que no será un verdadero caballero andante sino que está disfrazado como lo estaban los comediantes del capítulo anterior.
El capítulo empieza con este refrán de Sancho: En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano que buitre volando, refiriéndose a los despojos de la primera aventura que había rechazado como regalo haciendo observar a su señor que se lo proponía que nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.
A lo que el Caballero responde con el interesante coloquio que he reproducido felicitando además a su escudero por su creciente discreción. Sancho se lo agradece metafóricamente diciéndole que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos frutos, aludiendo a lo que el caballero le enseña cada día:
… en lo que él se mostraba más elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no viniesen a pelo de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado en el discurso de esta historia.
Llegados a este punto hay un intervalo, se cambia de argumento, como si tuviéramos que descansar del mismo modo que van hacerlo el escudero y su amo. Cervantes nos habla de la amistad, del ejemplo que nos dan los animales, en este caso el Rucio y Rocinante que Sancho había desaliñado aunque no quita la silla al caballo de don Quijote siguiendo una usanza de los caballeros andantes. Pero los dos son libres.
… así como las dos bestias se juntaban, acudían a rascarse el uno al otro, y que después de cansados y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otra parte más de media vara) y, mirando los dos atentamente al suelo, se solían estar de aquella manera tres días, a lo menos todo el tiempo que les dejaban o no les compelía la hambre a buscar sustento.
Preciosa esta imagen que nos regala don Miguel y que concluye escribiendo: “de las bestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son: de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
Acabado este interesante intermedio, se adormecen, Sancho al pie de un alcornoque y su amo bajo un robusto encina. Poco instantes pasan antes de que un crujido de armas despierte a don Quijote que interpreta, hablando a Sancho, como el inicio de una nueva aventura. Es un andante caballero, opina, al ver la aflicción del hombre que se tumba en el suelo y al escuchar los versos desconsolados que canta acompañado por un laúd o vigüela.
Comienza entonces un diálogo en el que el caballero del bosque (así lo llama don Quijote) reconoce a un andante análogo que recorre el mundo enamorado y afligido por complacer a una señora que lo desdeña.
—Nunca fui desdeñado de mi señora —respondió don Quijote.
—No, por cierto —dijo Sancho, que allí junto estaba—, porque es mi señora como una borrega mansa; es más blanda que una manteca.
Las palabras de Sancho no gustan al caballero del bosque, afirmando que un escudero no puede atreverse a hablar donde habla su señor. Sancho responde que puede hablar delante de quien quiera y que mejor es no hablar de aquello que no tiene remedio. El capítulo concluye con lo que ilustra el grabado de Doré.
El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:
—Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que se den de las astas, contándose las historias de sus amores; que a buen seguro que les ha de coger el día en ellas y no las han de haber acabado.
—Sea en buena hora —dijo Sancho—; y yo le diré a vuestra merced quién soy, para que vea si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos.
Con esto, se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tan gracioso
coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.

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