Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , ,

Ha llegado el momento de saber qué sabía Cervantes. Dicho de otro modo, no estaría mal que hiciésemos un repaso a lo que dicen algunos críticos sobre esa versión que Cervantes da de sí mismo de ser un hombre sin estudios, que eso es lo que significaba en su momento un “ingenio lego”.

Hoy en día nadie se puede mover con soltura por el mundo universitario sin una tesis doctoral que acredite su grado. En su tiempo, Cervantes no podía moverse con facilidad por el mundo de las letras sin tener estudios universitarios. Y Cervantes nunca los tuvo. A Cervantes le dolió siempre esa carencia, mucho más que la de su mano muerta, que siempre lució con orgullo. Pero su inteligencia y pundonor le dieron siempre alas para arremeter contra un academicismo acartonado y retrógrado, incapaz de procurar una formación que pudiera hacer sombra a un ingenio tan afilado como el suyo.

Demos por bueno también su pasión por la lectura desde la infancia, leía hasta los papeles que encontraba por el suelo, según confesión propia. Suponemos que estudió con los jesuitas en Sevilla y que tuvo como mentor al padre Acevedo. Le encontramos en Madrid en 1566 en el estudio de López de Hoyos, conocido erasmista, que le promociona en los mentideros de la Corte como poeta. Pero la estocada que propicia a un joven contertulio le pone en fuga en junio de 1569. Ya no volveremos a saber más de sus estudios aparte de lo que se puede inferir de su propia obra. Por lo tanto debemos suponer, que aparte de su inteligencia natural, se nutre de una cultura de lecturas y de oídas. Es decir, Cervantes es desde el punto de vista intelectual, un autodidacta. ¡Pero vaya autodidacta! No nos queda más remedio que atender al ambiente de la época y a sus dispersas manifestaciones, jamás recogidas en una poética o algo similar, para intentar aproximarnos al mundo moral e intelectual que le sirve de soporte a su obra. Y no es pequeña la dificultad de saber si lo que dicen sus personajes es lo que él mismo piensa, aunque de una manera laxa y prudente nos inclinamos a pensar que se sirvió de ellos para decir cosas que estaban muy lejos del pensamiento oficial dominante en la época.

Uno de los cervantistas más agudos en este terreno es Francisco Márquez Villanueva. Y a él nos remitiremos con cierta frecuencia.

e7950de8-cf3e-498e-bfe5-782ca83529a5Lo primero que conviene tener en cuenta es que el pensamiento dominante de la época estaba encuadrado por dos corrientes muy poderosas. En lo moral, la Santa Inquisición había hecho valer, por la fuerza de la fuerza, cárcel, tormento y muerte, la doctrina de la Santa Madre Iglesia, que en el momento en que le toca vivir a Cervantes está articulada por la orientación surgida del concilio de Trento, con un vago aristotelismo de raíz tomasiana, y una ortodoxia juzgada como irrenunciable para combatir la herejía del Norte.

Por otro lado, en el aspecto literario, la doctrina dominante viene acuñada desde Italia, donde el prestigio del Renacimiento, con sus secuelas de manierismo y barroco, no cesa de ejercer una función normativa incesante, ajena por completo a obras tan revolucionarias como La Celestina o El Lazarillo, San Juan o Santa Teresa, impensables en la península itálica.

Las dos corrientes suman y se complementan para establecer un molde por el que debe pasar cualquier propuesta literaria. La Galatea, que publicará Cervantes a su regreso del cautiverio, es aún buena prueba de ello.

Y tras 15 o 20 años de silencio Cervantes aparece con una obra que dará la vuelta al mundo. Sus contemporáneos la celebraron con vigor como demuestra el número de ediciones y traducciones. Pero con una salvedad: la consideraban una obra de divertimento. No quisieron ver en ella ni el espejo de una sociedad moralmente en ruinas, ni mucho menos la fábrica de una moral nueva: la del hombre libre.

portada_ed_portugalF. M. Villanueva hace un repaso por las posibles influencias o concomitancias intelectuales de Cervantes con otros genios de su época. Además del citado Erasmo habla de corrientes intelectuales como las de los médicos filósofos que abundaron en la España del s. XVI. Juan Huarte de San Juan, por ejemplo, pero sobre todo la escuela de Miguel Sabuco y Álvarez, que bajo el nombre de su hija, Doña Oliva Sabuco de Nantes, había publicado en 1587 “Nueva filosofía de la naturaleza del hombre”, libro muy leído incluso entre la clase nobiliaria, en el que, tras liquidar de un plumazo la medicina greco latina y renacentista, se aproxima a las teorías de Averroes y se explaya sobre las condiciones del alma humana, entre las que la risa y el esparcimiento del espíritu ocupan un primer lugar como medicina impagable frente a los desastres y calamidades de la vida cotidiana.

Quien recuerde que el gran secreto que se esconde en la biblioteca de “El nombre de la rosa” es el libro sobre la comedia de Aristóteles, no tendrá dificultad en ver la conexión de esta peligrosa arma contra el orden establecido que es la risa. En definitiva, la tesis que soporta la teoría eclesiástica es que la risa aleja de Dios, ridiculiza los dogmas y abre la vía del librepensamiento, en la que está y practica Cervantes cuando escribe que con su Quijote ha procurado “pasatiempo al pecho melancólico y mohíno”.

La risa, el esparcimiento, el deleite y la subversión más o menos sobreentendida, encontraron una clase media acomodada y lectora que la imprenta había hecho crecer a espaldas del poder establecido en la Europa moderna. Nada más lejos por supuesto, de la Iglesia, pero, en igual medida, de las poéticas italianas que, en sus enconados y puristas debates, perderán el carro de la historia de la literatura y de la crítica literaria hasta que el Romanticismo rescate al Quijote y lo convierta de libro de aventuras y regocijo, en el ideal del personaje heroico que busca, además de rehacer el mundo con medidas justas para la humanidad toda, el verdadero sentido del yo individual, base de las democracias modernas.

Cervantes, con Montaigne, Shakespeare, Erasmo, Galileo, el médico Miguel Sabuco y pocos más, cada uno en su disciplina, estaban poniendo las bases del mundo contemporáneo. Cervantes no fue a la Universidad, bien es cierto, pero su saber, por muy autodidacta que fuera, abrió la puerta al entretenimiento moderno con la creación de uno de sus instrumentos más eficaces: la novela. Todo lo que vino después en este sentido, a él se le debe. Y los grandes novelistas del XIX y XX así lo reconocen.

Arturo Lorenzo

Milán, noviembre de 2015

Anuncios