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Nadie podrá convencerme de que el Quijote no sea sino la autobiografía soñada por el autor.

Cervantes es el auténtico caballero “desfacerdor de tuertos” que vive en la soledad del retrete de su estrecho aposento la frustración de no haber sido, toda su vida, un hombre de armas, un verdadero triunfador con los ejércitos imperiales. De hecho, cuando a los 33 años, después de siete de milicia y cinco de cautiverio, regresa a España, piensa, anhela y sueña con que la patria le reconozca el valor y los méritos que le avalan, premiándole con una prebenda honorífica de por vida. Y de hecho lo intenta por todos los medios, y varias veces a lo largo de su vida.

La frustración por el fracaso de sus pretensiones administrativas debió de ser descomunal: ¡un héroe mutilado de Lepanto sin prenendas! La patria estaba sobrada, por aquel tiempo, de héroes, muchos de ellos mutilados.

Y se tuvo que arrojar a los turbios caminos de la patria en turbios negocios con la patria. Tenía a su favor la paciencia que le había enseñado Argelia. “Paciencia y barajar” se debió decir a sí mismo y repetir con frecuencia hasta que lo plasmó en su obra como un mantra utilísimo contra las continuas adversidades de la vida.

Siete años de milicia, cinco de cautiverio, quince de cabalgar mulas por los fatigados caminos de una España imperial y polvorienta, departiendo con arrieros, galeotes, taberneros y maritornes, jugando a los naipes, con una sola mano, en las toscas posadas, requisando bienes a quienes apenas los poseían, cobrando impuestos a los insolventes, visitando las cárceles por “de dentro”, excomulgado por errores que no siempre eran suyos… Noble estado de un héroe mutilado. Todo para volver a la Corte, pobre, como había salido, rodeado de “las cervantas”, que no le hicieron fácil la intimidad, ni parece que le dieran mucho reposo para componer la ingente y monumental obra que alumbró en los últimos 15 años de su vida.

Sólo es posible imaginar que, un espíritu sensible y orgulloso como el suyo, pudo sobrevivir en medio de tanto sinvivir porque una fuerza lenta e inexorable fue creciendo en su alma para devolverle al ámbito suyo natural: la escritura. Y la escritura le salvó, aunque durante tantos años no hubiese escrito apenas una línea.

Sólo es posible imaginar que ese espíritu orgulloso y sensible, con la memoria puesta en las glorias pasadas, fuese proyectando lentamente en su corazón lo que volcaría en el papel: lo que yo no he sido, lo que yo no he podido o no me han dejado ser, lo será mi héroe: guerrero, soñador, tolerante, sensato y sabio, a la par que enamorado y buen amigo.

Guerrero, Cervantes lo había sido, y de alguna manera no dejará de serlo nunca. Soñador, tolerante, sensato y sabio lo prueban sus escritos a cada paso. Enamorado, del amor seguro, aunque tal vez no encontrase nunca la Dulcinea soñada. Buen amigo, quizá no los tuvo, o tuvo muchos, pero es indudable que era un enamorado de la amistad, pues ¿qué es, entre otras muchas cosas, el Quijote sino un canto a la camaradería y amistad entre los hombres que nacen separados por su condición y acaban como pastores hermanos entre los ensueños de un mundo bucólico y necesariamente periclitado?

Claro, esto no quiere decir que la idea le surgiese como una llamarada en medio del bosque del destino, ni como una inspiración apolínea en medio de los batanes. En la lógica de la escritura, es decir, en la dialéctica entre lo escrito y lo por escribir, seguramente fue dando forma a esa figura universal del Quijote, que es símbolo absoluto del más absoluto idealismo, en la que fue poniendo, con deliberada dosis de exageración e ironía, los ideales que él mismo compartía. Por eso, cuando se dice que el Quijote es un libro realista, creo que los críticos confunden una cierta técnica, una cierta manera de escribir, con el proyecto que sustenta el libro, de marcado corte romántico, tan ajeno a sus contemporáneos, tan decididamente avanzado para su tiempo.

No es baladí el hecho de que D. Quijote frisase los 50. ¿Cuántos años tenía Cervantes cuando comenzó a escribirlo? Sin duda esa edad en que las grandes emociones han dejado paso a una suave ironía ante el gran fracaso del mundo, ante lo inútil de las grandes pasiones que alimentaron la juventud.

10132-68a79698792f15e0441beff18cab85b3¿Se parecen físicamente? Hasta los ilustradores los confunden. ¿Qué dice Cervantes de sus respectivos aspectos? “Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro…” (DQ I, 1).

“Este que aquí veis, de rostro aguileño, cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata… los bigotes grandes, la boca pequeña… el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena…” Esta autodescripción se contiene en el prólogo a las Novelas ejemplares. ¿De dónde sacaron los ilustradores la imagen del Quijote?

Y moralmente, ¿se parecen? De D. Quijote lo sabemos todo, por lo menos todo lo que quiso contarnos Cervantes. De él apenas nada, o muy poco, o muchas suposiciones. Pero si nos atenemos a dos señas de identidad concretas, son clavados: humor y heroísmo. El Quijote, a pesar de su adusta seriedad, da con frecuencia inequívocas pruebas de un humor irónico y tierno. Cervantes, aunque no fuera más que por sus prólogos, nos hace desternillarnos con idéntico humor irónico, aunque decididamente más vitriólico. D. Quijote es un héroe, por definición, y acomete las empresas más absurdas aún a riesgo de su vida. ¿No es heroísmo el de Cervantes cuando decide en Argel entregar a su hermano el rescate destinado para él, o cuando se arroga toda responsabilidad en los intentos de fuga, por poner sólo dos ejemplos?

¿Tienen hábitos comunes? Guerreros, lectores empedernidos, viajeros a la deriva por similares caminos, su pizca de formación similar enhebrando frases en latín, soltura en italiano, puntadas en francés… No me imagino a Cervantes cazador sin una mano, pero sí ojeador con compañeros en el oficio.

¿No prefigura Cervantes su propia muerte en la de Alonso Quijano?

Eso de que el héroe sea más famoso que el autor, ¿no sería la última treta de éste para que no dejásemos nunca de hablar de él al ser tan parecidos? El Quijote, como todo el mundo sabe, es un laberinto de espejos, y da la sensación de que el último espejo en el que nos confundimos representa en realidad un ajustado retrato del autor.

Arturo Lorenzo

Milán, noviembre de 2015

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