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¿Por qué se lee El Quijote poco y mal?, nos preguntamos. Pues, al fin y al cabo, por lo mismo que se lee El Buscón poco y mal, o El Lazarillo, o a Juan de Yepes, o, sin irnos tan lejos, a Galdós o a Unamuno, por citar dos casos ilustres. La gente, en general, y en concreto “el público lector”, no está acostumbrada a los clásicos (no hablamos ya de los de Grecia y Roma, los clásicos por antonomasia en occidente —donde estamos, mientras no se demuestre lo contrario; tiempo al tiempo, todo se andará—, que provocan poco menos que urticaria).

Falta costumbre, hábito, ganas, empaque. ¿Afición…? Es aquello de querer y no poder, de no llegar, de que el chorrito no acaba de salir, de que ni con grúa, de déjalo ya, que no arranca, Carlos; la realidad y el deseo, que diría Cernuda. El deseo y la realidad; siempre en antítesis, siempre en dialéctica oposición. Es lo que hay. La cosa no da para más. Es simple, que diría Mourinho. No es cuestión de empeñarse u obcecarse en vano. De ir para nada. No queremos vender humo.

Se leen otras cosas (facilonas en su mayoría), pues pensar por pensar, “fatigarse”, va a ser que no. Para qué. Eso es muy aburrido. Y si encima hay que consultar notas o buscar en el diccionario palabrejas, menos aún. Que se lo lea tu padre. O tu tía.

Y es que en esta sociedad del progreso, de las nuevas tecnologías y comunicaciones, todo ha de ser inmediato y fácil, al pie, que se diría con símil balompédico. Por tanto, El Quijote no interesa o apenas; como deber patrio y conmemorativo, de siglo en siglo, y humorada festiva y de ocasión, ja, ja, ja (socorrido barniz pseudocultural típico, tópico y apestoso, o ya ni eso): ¡qué gracioso ese loco delirante con espada y su escudero gordo! ¡Eso es Águila Roja, burro!, corrige otro, aportando verdadera cultura, sana sensatez y perspectiva.

Además, eso de pasar hojas está anticuado; es carca y casi fachoso. Y muy cansino, por cierto. ¡Venga ya!

Éstas son, en esencia, creemos, las aparentes razones de la gran sinrazón colectiva. Es lo que hay y habrá. Lo que nos espera. Así estamos. En cualquier caso, no se preocupen, no se inquieten, tomen la copa, el café o el bollo, en paz y buena compaña. No hay que alarmarse: siempre nos quedará Trapiello.

*Nota a pie de página: Larra no es una marca de zapatillas ni de turrón valenciano como, tal vez, pudiera parecer o suponerse; tampoco es el nombre de un antiguo delantero del Athletic, dirán algunos convencidos con emocionada precipitación (y buena fe) de acertante casual y afortunado —¡¡¡Toma!!! In your face!!!— de concurso televisivo vespertino (no, efectivamente. Ése es Zarra), sino un escritor. Si no se fían (cosa lógica y razonable en los tiempos que corren), busquen en ese curioso engendro llamado Wikipedia o, mejor aún, ojeen al desgaire su egregio y erosionado busto —el de Larra, no el suyo (no entro en eso. Cremas de colágeno hay muchas, en todo caso)—, varado a orillas de La Almudena.

David Baró

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