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Castillo de Santa Cruz en Oran (Argelia) construido por los españoles en el siglo XI

¿Qué leería Cervantes? Milicia, cautiverio, oscuro trabajo en la administración y los negocios… Más de 30 años dando tumbos por una vida que casi nunca le fue muy propicia. ¿Dónde y cuándo leería? ¿En su adorada Nápoles mientras sus compañeros afilaban armas para ir en busca del turco en Lepanto? ¿En el hospital de Mesina mientras se le cerraban los arcabuzazos del pecho y veía extinguirse definitivamente su mano izquierda? ¿En los baños de Argel mientras se oía el clamor de los cautivos? ¿En las ventas y andurriales de La Mancha y Andalucía mientras requisaba alimentos para la Gran Armada? ¿En la cárcel de Sevilla donde todo mal tiene su asiento? Sabemos que escribía, pero no sabemos ni qué ni dónde leía. Y al parecer, sus obras lo atestiguan, debió de leer mucho.

A los 20 años Cervantes tenía hechura de poeta convencional, cortesano. Aspiraba a ello. Sus breves estudios con los jesuitas y con López de Hoyos le permitieron adquirir cierta relevancia y notoriedad como para hacerse a sí mismo la idea de un destino áureo en la Corte como hombre de letras distinguido por Apolo.

Un mal paso, una riña intrascendente de la que muy poco sabemos le llevó a herir de cierta gravedad a un tal Sigura. ¡Vaya con el piadoso y apacible D. Miguel! Las órdenes fueron precisas y crueles. Bajo la amenaza de amputarle la mano derecha, guiño de un destino inexorable, Cervantes huyó a uña de caballo para no regresar a la Corte hasta ¡12! años después.

Ahora queremos creer que tal lance fue una fortuna para desviarle de un destino de menestral de las letras, dispuesto a todo por ganarse una plaza en el Parnaso cortesano. Bendita fortuna: no podía depararle vida peor ni mayor gloria.

Deambula por Italia y, a pesar de su aparente escasa formación, llega al servicio de un grande en la Ciudad Eterna. ¿Leería como camarero del joven cardenal Acquaviva a los clásicos renacentistas en su incipiente italiano? Se aburre de la corte romana y se alista en el ejército imperial. ¿Diez meses de disciplina militar y lecturas compartidas antes de entrar en combate contra los enemigos de la fe? ¿Leería mientras los galeotes definían el rumbo de las naves hacia la gloria inmortal de la victoria? Tuvo seis meses, eso sí, en el hospital de Mesina, para ponerse al día, pero apenas tenemos vagas noticias de esa época. Se incorpora al ejército, manco, ¿qué haría?, y durante tres años continúa su estancia en Italia en medio de la cual sucede la gloriosamente triste conquista de Túnez por D. Juan de Austria en la que participa. ¿Leería mientras un puñado insuficiente de compañeros quedaba en la ciudad seguros de perderla al primer golpe de la armada turca?

Miguel_de_Cervantes_lithographyAño y medio más en Nápoles, donde seguro que leyó, conoció y estudió hasta que en septiembre de 1575 se embarca en la galera Sol rumbo a España, convencido de que su destierro habría pasado al olvido y seguro de la gloria con que le adornaban su heroicas heridas. Pero el destino le estaba reservando un nuevo e inesperado giro a su vida en forma de bajeles corsarios que lo llevan esclavo a Argel. A partir de aquí la historia de Cervantes nos es algo más conocida. Sabemos que en los Baños de Argel escribió. Y al parecer no poco. Entre otras cosas un tremendo memorial que habrá que, en otro momento, comentar ¿Pero llegaban libros que a él le pudieran interesar a los Baños de Argel? ¿Vivía intelectualmente de su escasa formación juvenil y de los libros que había leído en campaña?

Él, desde luego, aparte de hacerse el escaso favor de confesarse “ingenio lego”, ha tenido en su contra una abundosa pila de críticos, filólogos y cervantistas de todo pelaje que han abundado en la disparatada idea de que El Quijote, más de mil páginas de apretada letra, es fruto de una milagrosa inspiración que, casualmente, le dura al autor los 12 o 15 años en que tardó en componer las dos partes. Prácticamente se avienen a decir que Cervantes no sería nadie en los titulares literarios sin su obra mayor. Apunto yo, aún a riesgo de equivocarme mucho, que es cierto que gracias al Quijote hemos prestado más atención al resto de su obra, y de esa atención se deduce que, cierto, el Quijote son palabras mayores, la obra de un genio. Pero también se deduce que Cervantes sería mucho Cervantes aunque sólo tuviésemos en cuenta las Novelas ejemplares.

¿Qué lee en los Baños? ¿Lo que él mismo escribe? ¿Sólo se alimenta de las narraciones orales de sus compañeros de cautiverio, que por cierto, no debían ser pocas ni faltas de sustancia narrativa? ¿Comprendía Cervantes la interlengua que se debería hablar en Argel y en la que tampoco faltarían los relatos fabulosos y extraordinarios de aquella época extraordinaria y fabulosa? ¿Sacó de allí la idea de entregar la autoría de su obra cumbre a un autor arábigo? Todo conjeturas.

Llegó a Valencia en diciembre de 1580. Doce años después. Con 33. De ahí se trasladó a Madrid, corrió a abrazar a su decaída familia y a buscar oficio en la Corte, en Portugal a la sazón. Como el destino es juguetón, incluso con quienes están predestinados a ocupar un lugar en la Historia, la Corte le confía una misión secreta: tiene que volver a tierra de infieles, Orán en este caso, para realizar eso, una misión secreta. Finalizada en unos meses y convencido de que no obtendrá más misiones, Cervantes vuelve a Madrid donde vivirá tres años de intensa (¿?) vida literaria. Es de suponer que Cervantes se pone al día, o lo intenta. Dará a la estampa su Galatea y varias comedias de escaso éxito y traba, o lo intenta, amistad con la intelectualidad local, Lope, Góngora, Quevedo y tantos otros. No le debió ir tan sobradamente bien como para perseverar en la carrera literaria, “tenía otras cosas en que ocuparme”, nos dirá años más tarde. Pero sí debemos suponer, él se confesó siempre como ávido lector, que en Madrid tuvo tiempo y lugar para leer, discutir, celebrar los éxitos de los contertulios, disfrutar en suma de la emoción de estar en la onda y camarilla de los vates.

No sabemos por qué, pero no duró mucho. Quizá su carácter, su propia biografía, su supuesta escasa formación, el poco éxito de sus obras o los pocos recursos que éstas le generasen. El caso es que en 1585 abandona Madrid, camino de Sevilla, tenía otras cosas en que ocuparse, para dedicarse a los negocios. ¿Cervantes hombre de negocios? Estuvo en ellos con escasísimo resultado y varias cárceles de por medio, de tal modo que hacia 1600, ¡15! años después vuelve a Madrid, sin dinero y sin oficio. Mejor dicho, con un solo modesto y no reconocido oficio, el de escritor.

Nada me subyuga más que imaginar a D. Miguel, por los andurriales de la más profunda España, requisando mercancías para la Gran Armada o cobrando impuestos para Su Sacra Majestad, con las ansias de llegar a una de esas ventas, de las que luego él hará castillos, para leer, a la incierta luz de los candiles, la última novedad, el Guzmán de Alfarache, por ejemplo, publicada en marzo de 1599.

Arturo Lorenzo

Milán, noviembre de 2015

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