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En El Quijote hay episodios pastoriles, caballerescos, bizantinos, burlescos, sentimentales, picarescos, moriscos, metaliterarios, etc. Es decir, la novela lo abarca todo; sin etiquetas o añadidos clasificatorios. De lo que se deduce que cualquier subgénero –dígase “novela rosa”– no es tal, poco tiene de novela y justamente va contra la propia esencia de ésta, definida ya desde su principio. No sería razonable, pues, llamar novela a aquello que atenta y desdice al modelo genérico, creado en parte para acabar con unas novelas “apellidadas” (el roman caballeresco). En definitiva, hoy no sólo se imita lo ya hecho –sin aportar apenas nada– sino que se imita mal. Formas de novelar que en el XIX tuvieron su culmen, pináculo y caída a las que se vuelve tarde y mal. Falta de ideas, carencia de estructuras nuevas, rechazo de lo experimental o dificultoso, y escaso cuidado de la forma. En esencia, la no novela. Porque la transformación no es la subsistencia –como a veces se escucha– sino el principio del fin o el principio de otra cosa. Incluso, si nos ponemos estupendos, podríamos afirmar que tampoco se transita por ese camino. Se evita el riesgo y se rechaza lo extraño, conformándose con lo fácil. Y eso supone un paso hacia atrás, olvidando de nuevo el propio espíritu de la novela. Porque El Quijote fue una revolución. Como toda obra princeps, creación artística original, rompió moldes, sorprendió, desterró y avanzó abriendo caminos. Curiosamente, lo contrario de lo que hoy se hace. No sólo se ha frenado en seco su evolución y avance, sino que se vuelve un siglo atrás. Se vuelve a la novela de fines del XIX, lo cual supone retroceso. Y además, en giro absurdo, se copia triste, deplorablemente mal.
Con perversa licencia, diríamos que no llegamos siquiera a mediocres escribanos. La esencia del escritor, del verdadero escritor, como la de todo auténtico artista, es crear, lo que conlleva originalidad. Aspirar a la creación o innovación en forma y fondo, o a lo menos en uno de los términos del binomio. No hablaremos de la formación o labor del escritor como escultor o forjador de palabras. Pero lo grave es que ni siquiera se aportan temas, fábulas, argumentos.
Se dice admirar a Cervantes, a Stendhal, a Dostoievski… ¿Por qué no se sigue su senda? Ellos innovaron, aportaron creatividad, originalidad. No se conformaron con lo anterior. El mayor tributo no es imitar su literatura sino aprender e imitar su labor de “poetas”, de hacedores, de revolucionarios o precursores. Lo mismo o más podemos decir de Kafka y otros artistas del XX.
Volver a lo mismo, a lo ya hecho y terminado, supone un error y es un síntoma de evidente decadencia. No ya en el género como tal sino en sus aportaciones, que pueden llegar –en caso de nulidades y repeticiones– a agotarlo.
Tal vez falten creadores. Tal ver sea el final de un ciclo. Los tiempos actuales no acompañan; la televisión, el cine e internet han suplantado con rotundidad el lugar que antaño ocupó la novela. De hecho, se diría que la novela no es ya fuente para el cine sino al contrario. Y cuando la literatura bebe de otros géneros, algo no anda bien. ¿En qué se ha convertido la literatura?
En la situación presente –presumiblemente enfermiza– es necesario retornar al camino que se perdió tras las vanguardias. En efecto, lo poco que después se ha aportado son evocaciones que siguen tras ese espíritu. Pero no se puede vivir del pasado, así como no es recomendable ceder a espejismos. Lamentablemente, cada vez hay menos excepciones y más patrones prefijados de índole comercial. No es difícil descubrir hoy cuáles son los libros de caballería de antaño. Y en venganza tardía tal vez están acabando –a modo de peripecia grotesca– con la verdadera y agonizante novela.
Los premios pueden avalar libros. Nunca una auténtica novela recurriría a eso. Preocupante es que no se la conozca por su título sino por su autor o, peor aun, por ser el último premio tal. En este sentido no vendría mal recordar la característica ironía cervantina, cuyo fin era, en esencia, erradicar los nefastos libros de caballería que tanto le apasionaban y aprisionaban, así como acallar y denunciar una vulgar y mediocre copia de la primera parte.
El éxito de Cervantes fue corto, fugaz. Apenas pudo saborearlo en vida. Mas su herencia es infinita, grandiosa. Con él nace una nueva creación. Ese fue su logro y ese fue su riesgo. Es el único medio de avanzar.
Los grandes escritores del XIX y del XX asumieron ese riesgo. Sin embargo, desafortunadamente, hoy no se admiten, no se aceptan riesgos, innovaciones. Y sin estas aportaciones, difícil e incierto se vislumbra el horizonte novelístico. Si sólo se busca comodidad y entretenimiento light a modo de fast-food, entonces asistimos a la crónica de una muerte anunciada. Repetir es retroceder. Ese no es el camino.
Cervantes estuvo dispuesto a atravesar cualquier obstáculo. Incluso, a falta de plumas, escribió su propio prólogo y sus propias composiciones poéticas dedicadas. También en este aspecto fue vanguardia. Poco podemos decir que no hayan dicho otras voces más acertadas. Pero es necesario repetirlo, es necesario y urgente releer El Quijote, entender su sentido, su valor literario y artístico, su testimonio perenne como aviso a caminantes. La ficción moderna ha transitado desde su origen por terrenos prohibidos, regiones de difícil acceso y alto riesgo. En el momento en que esto se ha olvidado o supuesto tenemos una crisis. Si no se ataja, será definitiva. Siempre habrá individuos, creadores, quizás alguien alegue. Ojalá sea así. Pero la generalidad no es muy estimulante. El riesgo de extinción es un hecho. Conformarse es claudicar. Y el creador siempre es exigente. Don Quijote fue fiel a su locura hasta la muerte. El encantamiento era su fe. Nunca tuvo suficiente. Allí donde había un desafuero debía acudir. Pero su fin supone un triunfo. La obra se ha consumado.
La definición de estructura novelesca, la trama, los comentarios metaliterarios, etc., ¿qué son sino modernidad? ¿Qué, sino verosimilitud, historia literaria hecha historia?
¿A dónde hemos llegado?… Otro Quijote hace falta, sin duda. Humoradas aparte, toda clave novelesca se encierra en ese libro. La ficción del “realismo decimonónico” lo entendió así, también de este modo los escritores de las primeras décadas del XX. ¿Qué ha ocurrido en los últimos treinta años? ¿Hemos perdido el rumbo?… La brújula es la misma. Sólo se requiere saber usarla.
Vidriera y don Quijote, inoculados de sana locura, son seres visionarios. Ven más allá, fabulan, hacen su propia historia. Entretienen y conmueven. En esto estriba su realidad, su lucidez, su heroísmo. Cervantes también tuvo que dejarse llevar. Tras su aventura soldadesca y ante la adversidad, se entregó a literaria locura. De este ejercicio desesperado, de esta arriesgada pirueta, cuando ya poco podía esperar, surgió esa terrible creación –monstruosa y genial– en la que fusionó anhelos de realidad e idealismo. La ficción moderna le debe todo. Sin él no existe. Y éste es el aviso.
Han pasado cuatro siglos desde entonces. Un periodo relativamente corto. No sería lógico sacrificar lo conseguido. Si abandonamos la estela cervantina –su capacidad de innovar– poco quedará. Tristes imitaciones que el tiempo acallará.
Don Alonso Quijano, el Bueno, nos advierte con mirada huesuda. Ya no hay más armaduras. Hay que seguir cabalgando con lo puesto. Ése es el desafío que han de encarar los futuros novelistas. El Toboso es hoy como ayer el ideal, el puerto, la motivación renovadora. Esa es la ruta. Otros caminos ya han sido transitados. Es necesario buscar nuevas cuevas de Montesinos, nuevos baremos siempre fieles al espíritu quijotesco.
El dilema no estriba tanto en si habrá o no novela, ni tan siquiera en la existencia de fervorosos novelistas. La verdadera cuestión es si hemos llegado al final del camino, si saldremos del atolladero. En esencia, si se ha frenado la evolución, el progreso del género. Tal vez no sea un problema de agotamiento endógeno, sino de carencias o fatigas en sus formuladores, en aquellos que han de proponer soluciones; los creadores, los novelistas.
Más que de buscar se trata de encontrar. Los hallazgos son la solución. En el principio, en la ruptura creadora, radica todo logro artístico. Quizás los frutos no se vean de inmediato. Es posible que no podamos apreciarlos sino con el paso del tiempo. Pero se ha de intentar. Todo sacrificio es poco.Como escribió Cervantes, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda. Replanteemos el problema. Las ideas no han muerto, puede que escaseen. Sólo se requiere a alguien que las formule, que las enuncie, que crea y cree. Tres conceptos resumen la trama: invención, originalidad, creatividad.
Escuchemos, por tanto, los ruegos cervantinos. Volver al XIX no es solución. Toda superación entraña cierto desarraigo. Y éste es el reto. No hay nada nuevo bajo el sol, cierto. La forma de innovar es innovando. ¿Qué haremos, pues? El futuro de la novela depende de ello.

David Baró

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