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Ahora que todo es global e instantáneo no parece mal ir descubriendo/rememorando cómo se produjeron las cosas en un mundo no tan inmediato como el nuestro. Por eso, el libro de Canavaggio (“D. Quijote, del libro al mito”) del que hablábamos en días pasados, tiene tanto mérito. Canavaggio traza con amena maestría el recorrido de la fama, la historia de la fama, de D. Quijote.

Ahora bien, el asunto relevante es preguntarse sobre el porqué de tanta fama, de tanto éxito. ¿Qué hay en este libro que enganche de tal forma que en todas las culturas y tiempos este derrotado por decreto se haya convertido en un referente universal? Conviene recordar que el decreto de estado de permanente derrota del héroe lo estableció el propio autor.

Parece evidente que el asunto, el porqué de la fama, no hay que buscarlo en las aventuras singulares del héroe, sino en la filosofía y concepción del mundo que sustentan al héroe. O en la hábil arte combinatoria con que el autor maneja la narración de aventuras con la reflexión sobre la condición humana. Quizá sea eso a lo que llamamos novela moderna y por lo que consideramos a Cervantes su creador.

En la Historia de la Humanidad hay muchos hitos importantes, pero ninguno como la Declaración de Derechos del Hombre que se produce con la Revolución Francesa. La Humanidad, por lo menos la occidental, llevaba desde la Grecia clásica, más de 2.000 años, trabajando por construir un código que garantizara, por ley, la libertad, la igualdad ante la ley y los derechos básicos que a toda persona se le deben reconocer por el mero hecho de existir, sea cual sea su origen de clase o procedencia de cultura.

Aquella declaración de la Asamblea francesa se ha ido perfilando, ensanchando y engrandeciendo hasta constituir la base teórica y legal de eso de lo que hoy nos sentimos tan orgullosos y a lo que llamamos Estado de Bienestar. Aunque ahora mismo esté en bancarrota.

Quizá nos precipitamos al declarar esta espléndida naturaleza de nuestra sociedad cuando no quisimos prestar atención al hecho de que este estado ideal estaba fundado aún sobre las bases de la economía colonialista heredada desde los S. XVIII y XIX.

Los rápidos procesos de descolonización que se produjeron tras la Segunda Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín, nos han puesto en un campo de juego absolutamente nuevo, en el que la crisis económica, las potencias emergentes, las emergidas y por emerger pueden conducir el futuro inmediato de la Humanidad por derroteros, no sólo desconocidos, sino absolutamente impensables hace bien poco. Véase, si no, para ello, el relato de política ficción que nos brinda Houellebecq en su última novela: “Sumisión”.

Pero no por todo ello, es decir, por la brutal crisis de valores y de sistema que estamos atravesando, debemos renunciar a las grandes ideas que desde el Renacimiento vienen conformándose en Europa para crear un estado libre y solidario bajo el imperio de la ley, y para el que, sin saberlo, Cervantes trabajó denodadamente con la sola arma de su pluma.

Cervantes no tuvo ni idea, por ejemplo, de lo que llegaría a significar libertad de expresión, más bien experimentó su contrario, como hemos expuesto en alguna de estas entregas, y, seguramente, ni se le pasó por la cabeza lo que podría llegar a significar la división de poderes en el estado contemporáneo. Pero contribuyó, como todos los grandes pensadores de estos siglos, a su implantación.

Si Canavaggio traza la historia de la fama de D. Quijote, no es por un gracioso afán museístico de experimentado historiador. Canavaggio comprende que una figura que ha impregnado tanto, y de forma constante, la cultura occidental –y todas-, está contribuyendo a perfilar, conceptualizar y definir una serie de valores que van a modelar de forma radical y definitiva el acervo cultural y social en el que se va a plasmar el estado contemporáneo.

¿De qué valores hablamos? Cervantes, por boca de D. Quijote habla de todo lo divino y humano. Hasta de cómo organizar la prostitución en el Madrid de los Austrias. Claro, a Cervantes no se le ocurre, ni por un momento, abolir la prostitución. Digamos que en aquellos tiempos no había registros cognitivos para plantearse asunto tan radical. Pero sí los tiene Cervantes para plantearse un sistema “racional” de servicios sexuales en la Corte, que le valen como ejemplo de una crítica acérrima y total contra la sociedad estamental en la que le tocó vivir.

No obstante, aparte de la crítica al sistema social y moral de su tiempo, creo que el valor fundamental, y de ahí su éxito y fama, que transmite el Quijote, es posible que sea el más sencillo, transversal y común a todas las culturas: hacer el bien.

Los semiólogos y semióticos del siglo pasado, muy atentos, y críticos con la producción cinematográfica de Hollywood, entre las muchas, brillantes, caóticas y disparatadas ideas que lanzaron contra la “fábrica de sueños”, desarrollaron una que cuadra muy bien con D. Quijote, aunque nunca lo mencionen y que también pasa por alto Canavaggio: la estética de la frustración.

Tom+and+Jerry+HD+Wallpapers+45345Personalmente creo que el más insigne, económicamente, al menos, discípulo de Cervantes es Walt Disney. No hay más que recordar, por poner sólo un ejemplo, la interminable serie de “Tom y Jerry”. Un gato, cien mil veces vapuleado, cien mil veces recompuesto, en busca de su imposible presa/ratón.

Esto es lo que nos hace reír. Hasta hoy. Esto es lo que hace reír al público de D. Quijote desde hace 400 años: el héroe caído, la risa que genera la frustración del otro. Esto es lo que los jóvenes de todo el mundo rememoran: los molinos, los pellejos, el ejército de corderos, Clavileño, el retablo de maese Pedro… Un chulo que se estampa contra sus sueños.

Pero en el Quijote no hay la ridícula historia de un gato que perpetuamente se quiera comer el mismo ratón. Ni por supuesto hay chulería ninguna. Hay un alma generosa y noble que quiere hacer el bien, “desfacer tuertos”, para alcanzar la fama que rinda el corazón de su amada. Porque las amadas también aman el bien que puedan hacer sus caballeros.

Ése es el mensaje que atraviesa el mundo de la fama de D. Quijote: trabajar para construir un mundo mejor.

Arturo Lorenzo

Milán, octubre de 2015

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