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Leer la primera parte

La dualidad ficcional, el choque entre realidad e idealidad tan propio de la novela moderna en su escaso discurrir –en puridad, apenas dos siglos si exceptuamos su nacimiento– es un sello de autor de patente cervantina. (No olvidamos a Platón, pero es Cervantes quien rubrica esa idea en obra de pasatiempo, en novela).
Pero aquí topamos con lo que hace de Cervantes el padre de la novela moderna. Lo que diferencia a El Quijote de otras anteriormente noveladas, que no novelísticas, producciones: el principio, tan necesario, de verosimilitud. No asistimos a una ficción, o por lo menos no es palpable. No se trata, como en algunas de sus novelas ejemplares o en el Persiles, de ficciones abundantes en peripecias al estilo de la antigua prosa bizantina, también llamada novela griega de aventuras. No. El Quijote es un hecho. Ficción, pero tan real o más que la propia realidad. Posee entidad autónoma. Recordemos las referencias metaliterarias de los propios personajes debatiendo sobre la propia obra (capítulos finales de la II parte). Esto es modernidad. Estas autorreferencias, así como los guiños al narrador y a otras de sus obras (por ejemplo, La Galatea) o las alusiones a manuscritos hallados de tal autor que no es Cervantes y traducidos por un tercero, es lo que define el género.
Los personajes son conscientes de su existencia. Son reales. Tanto o más que su autor. Esto es vanguardia, y es final. Es la novela realista, es la generación del 98, es la prosa de posguerra. Es Galdós, es Unamuno, es Baroja. Es Daniel Defoe, es Flaubert, es Balzac, es Alfonse Daudet en Francia; es Henry Fielding, Melville en lengua inglesa; es la llave de la novela decimonónica. La puerta a toda renovación novelística. Y fuera de esto, el experimento. Fuera de esto, otra cosa. Digamos, con símil médico, que sólo hubo un parto en el que el hijo vivió a costa de sus hermanos. Un solo padre y un solo hijo. A partir de aquí, familiares más o menos allegados. Porque no es acertado entroncar el origen de la novela –tal como hoy se entiende– con la épica grecolatina o medieval. El héroe épico tiene medio pie fuera de la realidad, no es de carne y hueso, posee un halo semidivino. Es un ser superior. Sin embargo, don Quijote o Vidriera son seres próximos, familiares, llenos de carencias. De hecho, su carencia es su virtud.
Es la locura lo que les hace fabular. Una virtud-defecto al alcance de todos. Es más, vemos lo que ocurre, es verosímil, es acción viva, representación narrada. No se dice que tal personaje sea esto o aquello, sino que lo hace. Asistimos a episodios cotidianos, humanos. Realidades descritas. Es lo que hará en su momento Stendhal. No se limitará a decir que este hombre es así o de otro modo, sino que nos mostrará a ese hombre actuando, viviendo, siendo él mismo. El método narrativo es en este caso directo, no requiere de referencias. El modelo perfecto, de nuevo, es El Quijote.
Esto no quiere decir que los personajes de novela sean copias o arquetipos de la realidad. Es el error del llamado “realismo”. Los seres novelescos tienen su propia realidad, diferente a la nuestra. Lo importante no es que se identifiquen con nuestro mundo. Lo determinante es que sean posibles. De aquí se deduce que en la novela –y en su transcurrir futuro– lo decisivo no es el argumento (en esencia hay un solo argumento) sino sus personajes. Son sus personajes, sus reacciones, el que sean ellos y no la trama o la peripecia a la que se enfrenten, lo que nos seduce. Esto es la novela moderna. Ésta es la herencia cervantina.
Porque el personaje no actúa como pensamos nosotros. Ni tan siquiera como el autor lo ha definido. Es el azar novelesco, el proceso creativo, el que define. Es exactamente lo mismo que en la propia vida. Nada puede planificarse. Las cosas suceden, acontecen, al margen de apriorismos. Es el caso así de la novela rusa y de Dostoievski en particular. De nuevo lo importante no es el fondo o argumento sino la forma, esto es, la variación de caracteres, las múltiples perspectivas y equívocos en el perfil de los personajes. Nadie es unívoco. Las máscaras son múltiples. Este artificio literario evita la teatralidad libresca, da realidad, da verosimilitud, credibilidad. Es el “tempo” narrativo. Es otra lección y huella de la obra cervantina.

Los personajes de don Quijote y Sancho, dada su trascendencia, han llegado a ser –casi desde su nacimiento– figuras míticas, más bien habría que decir simbólicas; pero es un error pensar que sólo son eso o que cada uno ejerce un papel dicotómico. No. Ambos se entrelazan. Comparten y reparten cualidades y personalidades. Es el alma humana lo retratado. Es la “psicomaquia”. Es eso que hemos llamado virtud-defecto. Locura compartida. Y esto es plena modernidad. Es la verosimilitud de la locura juiciosa. Es un tremendo y decisivo acierto cervantino. Originalidad, algo de lo que en nuestros tiempos no estamos muy sobrados.
¿Qué hay que entender, pues, por novela? ¿Cualquier ficción novelada? Tal vez será más fácil descartar primero qué no debiera entenderse por tal.
Hoy día impera y es cordialmente acogido aquello que se ha llamado rimbombantemente “memorialismo”, “autobiografismo”, andanzas y milagros del supuesto escritor. Salvando casos excepcionales, la mayoría de estas obras no tienen nada que ver con la novela. (Que no se escuden en Proust, ya que poco tienen que ver en planteamiento y calidad). Al margen de este afán memorístico (lo que evidencia nula capacidad inventiva o fabuladora), el resto son copias más bien tristes de lo que fue la enciclopédica novela decimonónica. Con la diferencia, además, del interés de lo escrito y contado por aquellos narradores en contraste con el aburrimiento y vacuidad de lo hoy planteado.
Asistimos, pues, a una auténtica crisis de ideas. No hay ideas. No ya sólo en las tramas o argumentos –la mayoría son de lo más soporíferos, archiconocidos y previsibles– sino en el fondo; carecen de alma, de filosofía, de principios.
Ni tan siquiera las novelas policíacas, subgénero de estructura conocida y admitida, ofrecen algo diferente en lo que a enfoque se refiere. Otro subgénero –por llamarlo de algún modo– que no acaba de progresar es la novela de ciencia ficción. Exceptuando honrosos casos, casi no existe. De hecho, en la esfera hispanohablante, apenas hay tradición o, a lo menos, continuación de lo hecho por creadores como Borges o Bioy Casares.
¿Qué podemos decir de las novelas con apellidos o etiquetas? Francamente, no interesan, ya que en el mejor de los casos son fragmentos, porciones seccionadas, pedazos por lo general de escaso valor. De hecho, son antinovelas. Han llegado a ser los libros de caballerías del siglo XX. De nuevo apelamos a Cervantes. Y es que El Quijote, la novela moderna con mayúsculas, engloba todo, es una novela total, es la novela.

David Baró

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