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La cervantina y ejemplar novela El licenciado Vidriera (1613) es el antecedente decisivo del moderno relato de ciencia ficción de vertiente psicológica. Por arriesgado que parezca, anuncia lo que culminará Kafka en obras tan notables como La metamorfosis (1916). El planteamiento es novedoso, de una modernidad insultante. (Otro tanto o más puede decirse de El coloquio de los perros).
Un muchacho llamado Tomás pretende amo que le permita estudiar en Salamanca. A orillas del Tormes topa con unos caballeros con quienes viajará a distintas ciudades de Europa, en su mayoría italianas. Al volver a Salamanca enfermará gravemente como consecuencia de un bebedizo o filtro amoroso que una desdeñada dama le hace tomar. Logrará salir sano de cuerpo, no así de entendimiento. Su locura es extremadamente peculiar: imagina ser hecho de vidrio, un hombre diferente, terriblemente frágil, del que se han de alejar los demás.
No es difícil establecer evidentes paralelismos entre el cuento que nos ocupa y la ficción de Kafka. Gregor Samsa despierta una mañana convertido –o así lo cree él, su familia y el narrador– en un horrendo insecto. Un enorme pero también frágil insecto –ser diferente, único– que los demás evitarán por repulsión y miedo a dañarle.
En ambos casos los dos seres especiales, raros, extraños, distintos, sufrirán burlas, rechazo y angustia psicológica. No son tolerables. Deben desaparecer. ¿Cuál es su mal? La locura. ¿Cuál el de la masa? El llamado “sentido común”, la excesiva cordura, la razón del colectivo frente al peculiar individuo. Se ha hablado abundante y acertadamente de la libertad como tema central en la obra cervantina. Y en este relato sobresale uno muy cercano y estrechamente ligado a éste: la tolerancia. Un concepto tan de moda hoy día, que Cervantes pone en el candelero a principios del XVII con verosimilitud científica. Y qué mejor que una ficción para criticar la opresión del individuo diferente (por raza, religión, mentalidad…) a manos de la razón de la sinrazón social. Y esto también lo anticipa Cervantes (evidentemente bebe de los clásicos). La lucha del individuo frente a la masa, tan en boga durante el siglo XX (Kafka, corrientes poéticas vanguardistas, Ionesco, Blas de Otero, etc.) ya está con absoluta modernidad en Cervantes.
Cervantes es Vanguardia, adelantado, visionario, precursor insólito.
El germen psicológico, las patologías mentales, la locura, ya presentes en este relato y por supuesto en la obra cumbre de Cervantes, va a ser el tema esencial, más o menos explícito, de las ficciones literarias del XX. Léase Kafka, Joyce, Borges, Beckett, Sábato, Bioy Casares, etc.
En cualquier caso, si sintetizamos, dejando a un lado los baremos ficcionales, el fondo del asunto tratado es un trastorno mental.
El personaje de la novela cervantina cree ser lo que ni tan siquiera en la ficción es, y el protagonista del relato kafkiano parece sufrir dentro de la propia ficción una mutación o transformación que aun así podemos interpretar consecuencia o causa de otro trastorno (zooantropía). Obviando su posible lectura simbólico-metafísica, ambas ficciones son tajantemente modernas. La visión que se ofrece al lector es subjetiva, ambigua. El narrador se adentra en la mente del sujeto. Este es su punto de partida. Es decir, la tan manida novela psicológica no nace en el XIX, ya está en Cervantes. ¿Qué es este relato sino introspección?
Hay otro rasgo tremendamente llamativo. El licenciado Vidriera posee el don de la agudeza. Es en su estado trastornado cuando realmente percibe las verdades y razona con atinada destreza. Esto es un magnífico hallazgo cervantino, llevado al extremo de la genialidad en El Quijote.
¿Cuántas veces, en otras obras de ficción literarias o cinematográficas, hemos leído o visto al loco que posee la verdad frente a los supuestos cuerdos? Sin duda fue Cervantes quien lo universalizó. Es, de hecho, la herencia cervantina. Las cosas no son lo que parecen. La verdad y la mentira andan confundidas. Las apariencias resultan del todo engañosas.
El loco en Cervantes no es tal. Está más cerca de ser un iluminado que trae la buena nueva. Una luz en medio de la reinante necedad. Don Quijote o Vidriera no son chiflados, no poseen transitorios estados de claridad. La lucidez es su constante. Es lo que les define. Los ciegos, los dementes, los fanáticos son los otros, los que se creen sanos, juiciosos, razonables. Las locuras de don Quijote ponen en evidencia las injusticias del sinsentido de la mayoría. Las palabras y aforismos de Vidriera atontan, sorprenden, resultan increíbles. No sólo se denuncia la injusticia y el vacío de un sistema que no produce mejores hombres (doctrinas avaladas que justifican a una colectividad), además, se ponen de manifiesto las carencias, la ignorancia, las necedades que llevan al miedo, al odio, a la superstición que engendra muerte.
Justamente se trata de evitar que existan seres diferentes. El individuo no es válido. Nadie debe salirse de la norma. Por eso hay que eliminar aquello que incentive, que muestre otros caminos (recordemos la quema de libros en el donoso escrutinio de El Quijote).
De nuevo Cervantes se adelanta, critica males ya existentes en su tiempo –una España de tres culturas– que tendrían su terrible apoteosis durante el siglo XX. (Todo tipo de fascismos y xenofobias varias).
Y así también Kafka en papel de profeta se adelanta unos años a lo que será el claustrofóbico y letal régimen nazi (por ejemplo, En la colonia penitenciaria de 1919, por citar uno de sus más conocidos relatos).
Esto que es esperable en los espíritus dotados de visión penetrante es un acto consciente, esencial en el hacer literario de Cervantes. No toca de pasada el tema, no es accidental. Es el tema. Es un ejercicio deliberado.
Pero, por si esto fuese poco, la modernidad nace –y arriesgando sobre seguro diríamos que “muere”– con él. El llamado realismo no es otra cosa que impresionismo. No se busca lo ideal, lo deseado, sino la realidad; y más concretamente la impresión que esta produce en el artista.
Y Cervantes es realista en el sentido más sencillo del término, alejado de definiciones academicistas o ideológicas. Decíamos entre comillas que la modernidad muere con Cervantes. Así es. Él la crea y él la destruye. Inicia y concluye el ciclo. El Quijote es la novela moderna, su principio y su fin. Desde entonces no se ha hecho otra cosa –y no es poco– que transformar, modificar, con más o menos acierto, lo ya propuesto por Cervantes.

David Baró

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