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Cito una cita: “Hoy leemos todo el Quijote con un regusto amargo en la boca, casi como un tormento, y por eso a su autor y a sus contemporáneos les resultaríamos muy extraños, muy oscuros; ellos lo leyeron con la conciencia completamente tranquila, como el libro más divertido de todos, un libro que casi les hizo morir de risa.” F. Nietzsche, Genealogía de la moral.
La cita que cito abre el libro de Jean Canavaggio cuya imagen de portada (Picasso) ilustra este escrito, Don Quijote, del libro al mito. El trabajo de este autor, premio Goncourt 1986 precisamente por una biografía sobre Cervantes, con una erudición y rigor apabullante, se adentra en el proceloso mundo de la fama de D. Quijote. Ningún otro héroe/antihéroe literario ha conseguido la doble performance de ser el más universal de los héroes literarios al mismo tiempo que su nombre de ficción eclipsaba el nombre de pila de su autor. Hasta en China, como profetizó medio en broma su autor, todos saben quién es D. Quijote. Pero no les pregunten quién lo escribió. ¿Virtud o defecto del autor?
Desde estas líneas, a lo largo ya de unos meses, hemos defendido que con el Quijote lo que hay que hacer es leerlo, paso a paso, como reza este blog. Pero también hemos avanzado la idea de que detrás de este libro no podía haber más que un hombre extraordinario. Como hombre y como escritor.
Canavaggio nos invita a un viaje sin precedentes por la fama del libro y del héroe, pero, sutilmente, sin atosigar al lector ni imponerle su criterio, desemboca en conclusiones similares. El estudio de Canavaggio nos permite ir descubriendo país por país, época tras época, cómo el Quijote ha ido penetrando todas las sociedades y todas las corrientes culturales, desde las primeras traducciones y masivas ediciones hasta las más modernas manifestaciones en todos los medios y soportes posibles. Desde las imitaciones o influencias literarias hasta las producciones operísticas, cinematográficas o de “music hall”, pasando por el grabado, la pintura, el tapiz o los simples objetos de recuerdo, como un plato con el Caballero de la Triste Figura como soporte para la sopa. La proverbial historia de los molinos, por ejemplo, ha dado la vuelta al mundo, y prácticamente podríamos asegurar que no hay niño en él que no sepa reconocer y nombrar a su desafortunado protagonista.
Cervantes asumió un serio riesgo al presentar a su héroe en tantas ocasiones como un mero bufón, construido sólo para hacer reír. Lo dijimos hace meses en la presentación de este blog, que hay que acercarse al Quijote sin miedo, descubriendo que se trata también de un libro de risa, para reírse. Pero el matiz está en ese “también”.

image Yo creo que si preguntáramos a jóvenes del mundo entero, que hayan seguido unos estudios elementales y medios de forma regular, que qué saben del Quijote, ganaría por goleada la historia de los molinos, quizá algunos mencionaran la de los galeotes saldada a pedradas contra los protagonistas, la de los corderos, la de los batanes, la de los pellejos de vino, el retablo de Maese Pedro, Clavileño… Algo siempre queda. Depende del profesor que se haya tenido. Pero si preguntáramos algo más, algo así como qué significa todo eso, porqué le pasan estas cosas al héroe, es posible que nos sorprendiesen las respuestas por su unanimidad. Quiere esto decir que detrás de todos los desaguisados que sufre el pobre D. Quijote palpita algo que vagamente se puede llamar ideal. ¿Qué ideal? Lo dice el protagonista: “…desfacer tuertos”. Deshacer entuertos, diríamos hoy.
Tras la lógica encadenada de epopeya risible que asume el caballero andante, hay también, ese “también” al que nos referíamos antes, otra lógica que el público, aunque sea ese juvenil que asiste sumariamente a clase como ejercicio diario ante el pelotón de fusilamiento para que éste hoy tampoco dispare, es capaz de entrever, aceptar e incluso identificarse con ella. Es la lógica del bien. El caballero asume todos los riesgos posibles e imaginarios porque sirve a un ideal, el de hacer el bien. Y frente a ese ideal, hasta las almas más perversas, de vez en cuando, sucumben.
Cervantes vive en una época de una turbulencia inusitada. No sólo por la guerra o las guerras, que ni siquiera se dan en la tierra donde él pone a sus personajes. La turbulencia está, sobre todo, en el pensamiento y en la manera de acomodar éste a la vida. O mejor dicho, en la manera en cómo el pensamiento tiene que construirse para explicar las formas de vida que, aunque tarden en consolidarse, caminan por la Europa de la época de forma imparable. Cervantes es un humanista por formación y la cultura del barroco que se expande ante él le ofrece sólo la retórica de una vuelta atrás, a los tiempos del dogma frente a la razón, a los tiempos de la sumisión frente a los de la libertad individual y colectiva que él tanto ansiaba.
Cervantes no es un filósofo, ni un crítico, ni un teórico, aunque en sus obras encontremos todo eso y mucho más. Cervantes es un narrador, lleno de poesía, eso sí, y lo que hace es darle al mundo la herramienta que él mejor conoce después de una enorme experiencia de vida. Le da la novela moderna, con los infinitos puntos de vista con que, desde él, cualquier narrador aborda la narración. Aparte de la lengua, sobre la que convendrá hablar en otra ocasión, Cervantes libra al mundo un artefacto moderno que, por un lado liquida para siempre la poética heredada desde la antigüedad clásica, y por otro funda el camino no sólo de cómo se puede narrar, sino también de las cosas que interesan que sean narradas. Cervantes sabe que se pueden decir verdades con mentiras, y al revés. Cosa impensable no sólo en la Grecia clásica, sino también en la Italia del Renacimiento. Y también sabe que no siempre hay que escribir en un tono “elevado”, sino que pone la voz que corresponde a cada uno de sus protagonistas. Y como nada humano le es ajeno sabe escribir sobre lo sublime y lo miserable. Es decir, escribe sobre el hombre al margen de los dogmas. Está, indudablemente, más cerca del empirismo sajón que de la doctrina de las academias literarias y de la Santa Madre Iglesia. Por eso, quizá, su inmediato éxito entre el público y la intelectualidad ingleses.
Cannavaggio, sobre el que volveremos, expone en su enciclopédico libro (otro Quijote sobre el Quijote) la inagotable trascendencia de la obra de Cervantes sobre el pensamiento occidental hasta en sus más remotos confines. Quizá de lo más divertido del libro sea la influencia e interpretaciones que salieron de la escuela de Freud y sus chicos, pero destaca que la gran genialidad de Cervantes es que nos pone muy difícil pensar que D. Quijote no haya existido en realidad. Que la suya no sea, simplemente, la biografía de un loco real, tan real como el Quijote que todos llevamos dentro.

Arturo Lorenzo

Milán, octubre de 2015

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