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Desde la biblioteca del Instituto Cervantes de Milán os presentamos una novela que encuentra el Quijote y, como siempre, os invitamos a visitarnos personal o virtualmente

Don Quijote en los Cárpatos de Mercedes Monmany

MONMANY-PORTADA

 

Confieso que lo primero que me sorprendió, al repasar el índice de este libro –ya antes de empezar a leerlo–, fueron dos ausencias. Para que se me entienda bien, copio a continuación los epígrafes de los distintos apartados de Don Quijote en los Cárpatos: «Pequeño atlas francés»; «Anglosajones: De Londres a California»; «El mosaico centroeuropeo y la Europa del Este»; «Rusia, el gigante inabarcable»; «Alemania, antes y después de 1989»; «Fuera y dentro de Israel»; y por último, «Islas, exilios y soledades», una especie de recolector diminuto de algo de lo que no entra en las rúbricas anteriores, por ejemplo, la literatura neerlandesa, y en ella, claro está, Hugo Claus. Por cierto, que en España se ignora olímpicamente que Claus es el autor de la mejor adaptación teatral que se haya hecho de La Celestina fuera de nuestras fronteras: él la tituló De Spaanse Hoer, o lo que es lo mismo, La puta española. Escribí «algo de lo que no entra en las rúbricas anteriores» porque, entretanto, también debe estar claro para los lectores cuáles son las ausencias que me sorprendieron: la de los italianos, donde Mercedes Monmany es una autoridad indiscutible, y la de los españoles, portugueses e iberoamericanos, que también han sido objeto sostenido de su atención crítica. Pienso, por ejemplo, en todo lo que ha escrito sobre Alvaro Mutis, sin ir más lejos. Supongo, pues, que todo ese material ha sido reservado para un nuevo libro dedicado tan sólo a ellos, y la verdad es que lo espero con impaciencia. Lo espero con impaciencia porque Don Quijote en los Cárpatos es un luminoso ejemplo de lo que son capaces de conseguir la inteligencia lectora y la curiosidad bibliómana. A uno, que es persona de muy pocas lecturas, a veces muy raras, y de muchas no-lecturas, a veces muy discriminatorias, un panorama como el que le abre este libro es toda una invitación a leer sin discriminaciones, a leer sin anteojeras. Envidia me da ese ansia enciclopédica de leer andándose todos los caminos del ancho y ajeno mundo de la Literatura en otros idiomas que sólo nos son accesibles por los atajos, a veces intransitables trochas, de la traducción. El libro de Mercedes Monmany contagia el ansia de leer, pero también es una impagable polea de transmisión. Gracias a su fino instinto para las relaciones (ya Goethe lo dijo: «Las relaciones lo son todo. Las relaciones son la vida»), este acopio de reseñas nos permite acceder a un universo de lecturas que de otro modo tal vez nos estaría vedado por puro y simple desconocimiento. Una joya como «Daniel Pennac, en la Biblioteca», merece ser ejercicio obligatorio de estudio en las clases de Literatura. Permítaseme una larga cita de este artículo, pues ahí se dice del modo más claro lo que uno sólo sabría balbucear: «La lectura ni amansa, ni evade, ni siquiera redime. Como mucho, a la larga, eleva. Es decir, eleva por encima de la mayoría no lectora. Y también, oh desviación, da placer. Sobre todo, el mayor y más olvidado de los placeres: el no programado, el imprevisible. Barthes, famoso lector que al acostarse siempre dividía su tiempo de lectura entre un libro de lengua y carga muy literaria, junto a una novela policíaca (sustituida también por cualquier novelón inglés anticuado o, simplemente, por Zola), lo llamaba imprevisión: en la lectura, continuamente, las cartas nunca están echadas, siempre hay un juego todavía». Como en todo libro que se lee con gusto, las erratas no causan tanto enojo que molesten la lectura. Pero alguna sí. Desconcierta mucho ver, por ejemplo, 1980 como el año en que Maupassant publica Bola de sebo. Pero…, peccata minuta. Don Quijoteen los Cárpatos es un libro de consulta inestimable, y al que sólo le falta, como a un buen águila heráldica de esa Centroeuropa que Mercedes Monmany tanto estima, la segunda cabeza.

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