Etiquetas

, , , ,

“DONDE SE CUENTA LA INDUSTRIA QUE SANCHO
TUVO PARA ENCANTAR A LA SEÑORA DULCINEA,
Y DE OTROS SUCESOS TAN RIDÍCULOS
COMO VERDADEROS”


—Anda, hijo —replicó don Quijote—, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo! Ten memoria, y no se te pase de ella cómo te recibe: si muda las colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada, si acaso la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está en pie, mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle, aunque no esté desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus acciones y movimientos, porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que, entre los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete otra mejor ventura que la mía, y vuélvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando en esta amarga soledad en que me dejas.

(Pasaje de: Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha., edición de Florencio Sevilla Arroyo, parte II capítulo 10)

Notas:
El texto de Miguel de Cervantes está en formato normal y en cursiva los comentarios.

[61] Son dos versos famosos de un romance de Bernardo del Carpio.
[62] será buscar… en Salamanca: «será imposible encontrarla».
[63] Los romanos tenían por costumbre señalar los días felices con una piedra blanca, y los aciagos con una negra.
[64] Antiguamente, en las paredes de las universidades se escribían con pintura roja (almagre) los nombres de los que habían ganado una cátedra, precedidos de un vítor («señal de victoria»).
[65] Siguiendo las exageraciones anteriores, Sancho habla de un brocado con más de diez labores (altos), cuando el máximo eran tres.
[66] Aunque antes Sancho había dicho que las hacaneas eran remendadas, ahora asegura que son de una blancura resplandeciente (como el ampo de la nieve); era este, efectivamente, el color más apreciado.
[67] Esta era la ruta que, tal como se anuncia en el último capítulo de la Primera parte, tenía prevista Cervantes para sus personajes. La aparición en 1614 del Quijote apócrifo le obligó a alterarla, como enseguida veremos. Las fiestas que se celebraban en Zaragoza eran en honor de san Jorge, patrón de Aragón.

Comentario del capítulo:

Maravilloso ¿no?, este pasaje en el que don Quijote, enamorado, dispensa sus consejos a Sancho para que se comporte bien al encontrar la luz del sol de hermosura de su señora Dulcinea, dama de sus pensamientos. Quiere nuestro caballero de la Triste Figura que su escudero le cuente con el más mínimo detalle todo lo que vea y suceda. Está seguro de poder leer los sentimientos de su amada en cada una de sus reacciones al enterarse de que su caballero está cerca y quiere verla. En este capítulo estamos cambiando de género, Cervantes nos cuenta ahora una aventura en la que Sancho podría ser el Leporello de un extraño don Juan que no quiere engañar a las mujeres, más bien las respeta y las ama siguiendo los usos y costumbres de la caballería andante. Por un momento se prescinde de los largos diálogos entre don Quijote y Sancho Panza, aquí se describe lo que pasa, el guión se compone de acción aunque Sancho siga regalándonos sus sabrosos refranes.
En el capítulo anterior vimos a nuestro Sancho temeroso de que su amo descubriera que nunca había visto a Dulcinea, también lo vimos convencer a don Quijote para que le esperara en el bosque junto al gran Toboso y que le mandara a él volver a la ciudad y hablar de su parte a su señora, pidiéndola fuese servida de dejarse ver de su cautivo caballero y se dignase de echarle su bendición, para que pudiese esperar por ella felicísimos sucesos de todos sus acometimientos y dificultosas empresas.
Ante esta petición de Don Quijote de examinar todo al detalle, Sancho lo tranquiliza, lo hará como siempre con refranes que el caballero califica de a pelo con lo que tratamos cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo, y se aleja hacia el Toboso. 
Apenas se aleja de su vista, baja del Rucio, se sienta para reflexionar sobre la situación en un interesante soliloquio. Concluye que aunque «Mensajero sois, amigo,/ no merecéis culpa, non» [61], la gente manchega no va aceptar que nadie le tome el pelo, sobre todo si este mensajero ha venido para sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas. Entonces concibe un nuevo plan basado en el hecho que para él su amo es un loco de atar aunque reconozca que tampoco él se queda corto, pues lo sirve y lo sigue:
Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las más veces toma unas cosas por otras y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, como se pareció cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora Dulcinea.
Sancho, sosegado, se detiene hasta la tarde para que sea creíble su historia y mientras se preparaba a subir en el Rucio, ve llegar desde el Toboso a tres labradoras montadas en sus pollinas, se precipita para anunciar a su amo, la gran noticia. Don Quijote que está lánguido por penas amorosas le pregunta inmediatamente:
—¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca o con negra [63]?
Le responde Sancho, con refranes obviamente, que las noticias son muy buenas, que Dulcinea está llegando con dos doncellas suyas para venir a verlo.
—¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? —dijo don Quijote—. Mira no me engañes ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas.
Entonces el escudero hace una descripción faraónica de una princesa vestida suntuosamente y hermosa como la luz del sol. Don Quijote ve solo a tres labradoras montadas en sus borricos y no entiende nada. Sancho insiste y se precipita para rendir homenaje a la dama de su amo que, vista la situación  no puede más que arrodillarse también él ante la que debería ser su señora Dulcinea del Toboso.
A esta sazón ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora. Como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios. Las labradoras estaban asimismo atónitas, viendo aquellos dos hombres tan diferentes hincados de rodillas, que no dejaban pasar adelante a su compañera.
Entonces, enfadadas exigen que les dejen ir y para describir la bonita escena que sigue dejamos de nuevo hablar a Cervantes:
Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea, cuando, picando a su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio a correr por el prado adelante. Y como la borrica sentía la punta del aguijón, que le fatigaba más de lo ordinario, comenzó a dar corcovos, de manera que dio con la señora Dulcinea en tierra; lo cual visto por don Quijote, acudió a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, que también vino a la barriga de la pollina. Acomodada, pues, la albarda, y quiriendo don Quijote levantar a su encantada señora en los brazos sobre la jumenta, la señora, levantándose del suelo, le quitó de aquel trabajo, porque haciéndose algún tanto atrás, tomó una corridica y, puestas ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio con su cuerpo, más ligero que un halcón, sobre la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera hombre; y entonces dijo Sancho:
—¡Vive Roque que es la señora, nuestra ama, más ligera que un acotán y que puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mejicano! El arzón trasero de la silla pasó de un salto y sin espuelas hace correr la hacanea como una cebra. Y no le van en zaga sus doncellas, que todas corren como el viento.
Y así era la verdad, porque en viéndose a caballo Dulcinea, todas picaron tras ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de más de media legua.
En cuanto las pierde de vista don Quijote se queja a Sancho de las malicias de los encantadores que han convertido su hermosa señora en fea aldeana. Hasta su olor a ajo crudo es insoportable. El socarrón de Sancho que disimula su risa, maldice también a golpe de refranes a estos encantadores aunque él la fealdad no la había visto como tampoco había percibido ningún olor desagradable.
Finalmente, después de otras muchas razones que entre los dos pasaron, volvieron a subir en sus bestias y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudad cada año suelen hacerse [67].

.

Anuncios