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“¿Un hidalgo morisco? Eso Sancho, sobre el que hay tantas sospechas como estudios”.

Es lógico, sería lógico, que D. Quijote se molestara si le hiciéramos alguna pregunta respecto a la limpieza de su sangre. Cervantes quiso a su héroe libre de toda duda sobre su origen en aquella España tridentina que oficialmente había cerrado las puertas a todas las corrientes librepensadoras que habían ido tomando forma desde la Baja Edad Media y que llegaron a alcanzar una notable difusión antes de que la monarquía de los Habsburgo se alinease total y definitivamente con la ortodoxia de Trento. La doctrina del nacional/catolicismo –tan denostada en nuestros días por Juan Goytisolo- es una de esas lacras que los sufridos españoles hemos vivido a lo largo de la Historia hasta el momento presente, aunque ya se trate ahora de una fórmula de baja intensidad y más latente que activa.

El morisco era Cervantes. No por lo que cuenta Márquez Villanueva, que seguramente tiene razón. Cervantes es morisco por convencimiento, por vivencias, por ideología.

Pero no nos dejemos engañar. La España del S. XVI está inmersa en un conflicto cultural, religioso y político que aún hoy no hemos resuelto, sólo que ya el conflicto no sólo es español sino universal. Las dos “leyes”, como se diría entonces, la cristiana y la islámica, combaten de forma incesante para definir sus áreas de influencia. Braudel ha escrito páginas trascendentales sobre este conflicto eterno y a él habrán de remitirse siempre los interesados.

Pero la España del S. XVI, la de Cervantes, tiene una peculiaridad que la hace diferente de su contexto europeo y magrebí o mediterráneo en general: la coexistencia, sobre el mismo territorio de las dos leyes a lo largo de más de ocho siglos. Y aunque la fecha oficial de 1492 parece proclamar el triunfo definitivo de una ley sobre la otra, lo cierto es que hasta los decretos de expulsión de los moriscos a principios del S. XVII, una importante población musulmana vive repartida por la geografía peninsular haciendo casi imposible desenmarañar la intrincada interconexión que se crea entre ambas comunidades.

Cervantes, aunque sus orígenes familiares hubiera que buscarlos entre las raíces conversas, jamás jugó la carta de la duda. Él era, y se sentía, un caballero cristiano, español y al servicio del imperio. Otra cosa es que fuera tonto y no fuera capaz de ver los valores positivos de la cultura de “los otros”.

La crítica literaria recurre con frecuencia a la cautividad en Argel, seguramente decisiva, para explicar la “morofilia” de Cervantes, pero lo cierto es que, igual que había una corriente intelectual, política y religiosa antimora, que finalmente se impuso, en el país existía también otra en sentido opuesto. Desgraciadamente poco estudiada hasta hoy.

El hecho fundamental –tantas veces pasado por alto- de que Cervantes atribuya a un autor arábigo –aunque español- la autoría de su majestuosa obra, debería hacernos reflexionar.

En definitiva, lo que está en juego es la confrontación de dos modelos culturales/sociales/políticos y su capacidad, o no, para convivir y compartir territorio.

Cervantes opta claramente por el modelo de libertad. ¿Pero es la libertad el modelo por excelencia al que aspiraran todas las culturas? ¿Es el modelo ideal de las dos “leyes” que conoce y comparte Cervantes?

El concepto de jurídico de libertad y de derecho a la libertad, tal como lo conocemos hoy, no está definido aún en la época de Cervantes. Diríamos que estaba “en construcción”. Por eso cuando D. Quijote le explica a Sancho que la libertad es el don más preciado, ese concepto está adornado de un contenido deliciosamente poético y literario. Más que a un derecho individual o social plasmado en leyes democráticamente asumidas, D. Quijote evoca ese concepto como una suerte de emoción que proviene del polvo de las estrellas o de la bruma marítima sobre el puente de una galera. La libertad para D. Quijote/Cervantes es, sobre todo, sentirse libre, sin dueño frente al que humillarse ni rendir cuentas. Su Rocinante es la gran galera que atraviesa los océanos terrestres de La Mancha y su sentimiento de libertad se lo procura su deseo y su capacidad, real o fingida, de “desfacer tuertos” y alcanzar la justa fama que por ello le corresponde.

Seguro que la Regencia de Argel, donde la fortuna personal dependía más de la ambición y de la determinación por conseguirla que de los dictados imperiales, le inspiró a Cervantes gran parte de estos sentimientos.

Pero el trato que da Cervantes a sus moriscos en el Quijote no es producto del recuerdo de su cautividad. Tuvo que improvisar un discurso de alabanza a los decretos de expulsión –el profesor Sola habla de una “interpolación”- que puso en boca de Ricote, pero en cada línea se respira un cariño y un respeto por esa otra parte de España con la que se ha convivido, mezclado, aprendido, sufrido y amado.

Arriesga Cervantes en su defensa de los moriscos, no sólo por el drama humano y social que supone la expulsión de una población cercana al medio millón de almas y por el parecer contrario de gran parte de la sociedad española –los moriscos no estaban solos el día de su despedida- sino porque introduce, por boca de Ricote, el gran drama filosófico del momento: la libertad de conciencia:

“…yo sé cierto que la Ricota mi hija y mi mujer son católicas cristianas, y aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, y ruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo de servir”. (DQ, II 54).

¿Había libertad en la España de Cervantes para pedirle a Dios cómo se le debía de servir? ¿Bajo qué ley? Los censores de la Inquisición debieron pensar, con toda la razón literaria del mundo, que esto no lo decía Cervantes sino un morisco expulsado de lo que, con toda la razón histórica del mundo, pensaba que era su patria, su casa.

Arturo Lorenzo

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