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Fernando Arrabal

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Un esclavo llamado Cervantes

«Miguel de Cervantes bautizado fue en la iglesia parroquial Santa María la Mayor de Alcalá de Henares, el 9 de octubre de 1547. Días antes había nacido, en la festividad de San Miguel —el 29 de septiembre—, en el número dos de la calle de la Imagen. Calle situada en la yema del barrio donde los judíos conversos de la ciudad vivían.

Nació Cervantes en casa de dos plantas: baja y principal. Ocupaba un total de casi trescientos metros cuadrados. Poseía pequeño patio con pozo y estaba arrimada a la espalda del hospital de la Misericordia. Hospital donde había sido enfermero voluntario Ignacio de Loyola. En París, el fundador redactó, precisamente el año del nacimiento de Cervantes, la Constitución de la Compañía de Jesús, pauta y guía de jesuitas. (…)

En la calle de la Imagen, Miguelito Cervantes gimoteaba en su cunita, pero hubiera llorado a moco tendido si con su cabecita de recién nacido hubiera alcanzado a comprender el desastre que se abatía sobre los conversos judíos españoles tras la proclamación del Estatuto de Toledo. La ternura era violencia, la fama infamia, el encanto crueldad, el crimen purificación y el amor alegoría del tiempo y de la muerte».

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Unesclavo llamado Cervantes

 

Tomado de Un esclavo llamado Cervantes, Madrid, Espasa Calpe, 1996, pp.21-30.

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FERNANDO ARRABAL 24 ABR 1995

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Un esclavo llamado Cervantes

A doña Leonor de Cortinas, madre del autor del Quijote, le hubiera venido al pelo en 1579, como suple ausencias de su hijo, el Premio Cervantes de literatura, a tocateja. Con los millones del premio, un real sobre otro, hubiera podido- pagar ¡al fin! el rescate de, 500 escudos de oro exigido por el Bey de Argel para liberar a su esclavo Miguel de Cervantes. Quinientos escudos de oro valían 200.000 maravedís o 5.882 reales, es decir, tarín barín, la exacta doblonada que, por pura coincidencia, en millones de pesetas se lleva el premiado hoy.Culturales intendentes a toros pasados dan faroles y subsidios a quien ya nada necesita. Si hoy, además de consecuentes con la tradición de galardonar a acomodados famosos, dieran soga a su cometido poniéndose en solfa, premiarían a Corín Tellado o Walt Disney y, a título póstumo, a J. Mallorquí, el celebérrimo autor de El Coyote. Pero no hay que pedir peras al olmo ni sal a lo desaborido.

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