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Contra todo pronóstico, Cervantes aprendió a ser libre mientras fue cautivo. Las cosas están bien documentadas, pero no siempre bien comprendidas o bien interpretadas. El hecho central y, por supuesto, convenientemente soslayado por la crítica tradicional, de que Cervantes decida atribuir la autoría de su obra maestra a un moro, Cidi Hamete Benengeli, debería hacernos reflexionar.
Desde la prepotente Europa que nace con la República Francesa y vuela a lomos del nacional romanticismo hasta las revoluciones obreras del siglo XX y la consiguiente creación del Estado de Bienestar, parece lógico que los europeos nos sintamos el centro del mundo. Aún hoy, a pesar de los nubarrones en el horizonte, somos, o creemos ser, la fortaleza inexpugnable en la que se mantiene el fuego sagrado de los Derechos Humanos.
Pero en 1500 no era así. Un hecho externo, el descubrimiento de América, y otro interno, la división de la iglesia cristiana, alumbraron el camino de lo contemporáneo, donde definitivamente el Norte dominaría al Sur para siempre, o hasta hoy.
Los europeos, acostumbrados desde hace varias generaciones al ejercicio de la libertad individual y colectiva hemos olvidado, injustamente, lo difícil que era ser libre en la Europa de la segunda mitad del S. XVI. Y, sin embargo, Cervantes descubre qué significa ser libre durante su cautiverio en Argel.
La historiografía y la crítica literaria clásicas han pasado muy por encima de lo que se cocía al otro lado del Mediterráneo en los años de Cervantes, este señor que inaugura el modo de relatar moderno. ¿De qué manera le afectaría un cautiverio entre los 28 y los 33 años?
Entre hagiógrafos, críticos, escatológicos y comentaristas varios que se han aproximado a la obra y vida de Cervantes, existe un texto clarificador del Doctor Emilio Sola que nos pone en la pista de lo que pasaba en Argel: “La libertad del cuerpo o la libertad en esta vida; significaba poder comer mejor, medrar económicamente, permisividad sexual, la posibilidad de tener varias esposas y hasta algún bardaj (esclavo sexual, dicho en breve), ascender en la escala social en un grupo humano cosmopolita en el que un llegado de fuera podía detentar cotas importantes de poder, incluso si era de origen humilde. Realmente era tentador. Habría que hacer un esfuerzo de imaginación para para conseguir aproximarse y comprender una tal sociedad…”
No hemos hecho el esfuerzo de imaginación que reclama el Doctor Sola. ¿Pero qué sociedad es ésta que se vale del esfuerzo y el mérito para acceder a los puestos de poder? ¿No se parece más a la nuestra de hoy que a la europea de 1500? ¿Dónde estaba la Europa del Sur en el 1500? En manos de la iglesia tridentina en alianza con las coronas europeas donde el único valor reconocible era todavía la pertenencia a un estamento social determinado y con la obligación de presentar, especialmente en España, actas de cristiano viejo. Para la inmensa mayoría de la cultura popular que a través de sus tantos escritos describe Bajtín, en la España del XVI sólo había dos salidas: largarse a América, cosa que intentó en vano D. Miguel, o “darse al enemigo” de Berbería, como subraya con insistencia el bravo capitán de Bugía que rindió la plaza y por lo que Felipe II le hizo ajusticiar.
Debería llamarnos a reflexión el hecho de que tantísimos puestos de responsabilidad de la Regencia argelina al servicio del Imperio turco estuvieran en la época ocupados por europeos/cristianos/renegados. Conviene aclarar que la mayoría de esos europeos al servicio del turco eran europeos del Sur, es decir, pobres.
Cervantes no renegó de su fe, ni cejó en su empeño de escapar de su cautiverio, ni tenemos constancia de que se hiciera bardaj, a pesar de las malintencionadas opiniones de algunos críticos. Volvió a su nación y a su ley y actuó en consecuencia con sus principios, por mucho que sus escritos destilen una crítica amarga, irónica y, a veces, feroz contra la sociedad y el poder de su tiempo. Pero Cervantes había experimentado durante cinco años la pujanza de una sociedad mucho más libre, abierta y dinámica que la que a él le acogió, en la que todas las cartas estaban repartidas antes de nacer y con escaso margen de medro personal, como él mismo tuvo ocasión de sufrir en su propia trayectoria.
La carcasa ideológica que atenazaba la vida intelectual de la época, con una iglesia todopoderosa e inquisitorial, no debió ser para Cervantes ni sombra del paraíso soñado. Por eso prueba con las Américas. Quizá allí, en un mundo bárbaro y lejano se pueda cumplir, como en Argel, el sueño de que la capacidad, el mérito y el esfuerzo conduzcan a la fortuna.
Tampoco lo consiguió. Y de su amargo fracaso sacó fuerzas por la única vía posible: la creación literaria. Y desde la literatura le hizo proclamar a D. Quijote la divisa de los tiempos modernos que él contribuyó a abrir, que el bien más preciado del hombre es la libertad.

Milán, junio de 2015.
(artículo publicado en el SUR del martes 30.06.2015)

Arturo Lorenzo

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